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La masturbación después de los 50

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Juliana Rodríguez

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Hay una conversación que no ocurrió. No en el consultorio del médico, no en la sobremesa familiar, no en ese taller de bienestar al que fue un martes por la tarde porque le quedaba cerca de la oficina. Nadie le habló del cuerpo propio como territorio de placer después de los cincuenta. Nadie le explicó que la mano —esa mano que ya sabe coser botones, calmar fiebres y despedir muertos— también puede ser medicina.

La sexología lleva años diciéndolo con datos. El Health Professionals Follow-up Study siguió a casi treinta y dos mil hombres durante dieciocho años y encontró que quienes eyaculaban veintiún veces o más al mes tenían un veinte por ciento menos de riesgo de desarrollar cáncer de próstata que quienes lo hacían entre cuatro y siete veces. No es una recomendación, aclaran los urólogos con prudencia académica. Es una asociación estadística. Pero es una asociación que dice algo sobre lo que le conviene al cuerpo cuando se le escucha.

Con las mujeres la historia es parecida, aunque con distintos protagonistas hormonales. El Instituto Kinsey, junto con una firma de tecnología erótica, reclutó hace poco a sesenta y seis mujeres de entre cuarenta y sesenta y nueve años que sufrían los síntomas clásicos de la perimenopausia: insomnio, calores, fatiga, esa niebla mental que hace que uno busque la palabra justa y encuentre un hueco. Las participantes se masturbaron tres o cuatro veces por semana durante varias semanas. Al final del estudio, el cincuenta y uno por ciento reportó que sus síntomas eran leves o habían desaparecido. Al inicio del estudio, solo el tres por ciento dijo que su médico le había mencionado alguna vez la masturbación como alternativa terapéutica.Tres por ciento.El resto llevó años con síntomas manejables que nadie le dijo cómo manejar. Y no es que la información no existiera. Es que hay conversaciones que la medicina todavía no sabe tener.

El cuerpo que envejece cambia, claro que cambia. Aproximadamente el treinta y cuatro por ciento de las mujeres entre cincuenta y siete y cincuenta y nueve años experimenta sequedad vaginal con molestias físicas evidentes. En los hombres, la testosterona baja despacio, con cierta discreción, y un día se descubre que la erección ya no llega sola sino que hay que convocarla, que el cuerpo pide más tiempo y menos urgencia, que el período refractario se mide en horas y no en minutos. Estos cambios no son el cierre de nada. Son, si se quiere verlos así, una renegociación de términos.

Lo que la investigación también muestra es que quienes mantienen una vida erótica activa después de los cincuenta preservan mejor sus funciones cognitivas. Estudios publicados en Age and Ageing encontraron que los hombres sexualmente activos conservaban mejor la memoria inmediata y diferida. Otra investigación de la Universidad de Rostock, publicada en PLOS One, ratificó que el autoerotismo en la edad madura actúa como factor protector contra el deterioro cognitivo global. No es magia: es flujo sanguíneo cerebral, es plasticidad neuronal, es oxitocina que amortigua el cortisol, son endorfinas que el orgasmo libera con una generosidad que no distingue edades.

El tabú tiene nombres concretos. Se llama “viejo verde” cuando es un hombre mayor que todavía desea. Se llama “viuda alegre” cuando es una mujer que decide volver a vivir después de un duelo. Se llama silencio institucional en las residencias de adultos mayores, donde los cuartos están diseñados como si la privacidad fuera un lujo innecesario pasada cierta edad. Se llama incomodidad de los hijos adultos que prefieren no imaginar ciertas cosas sobre sus padres, como si los padres hubieran llegado al mundo ya viejos, ya sin cuerpo.

Algunos países ya lo están diciendo en voz alta. Australia lanzó una campaña de salud pública que recomendaba explícitamente la masturbación entre adultos mayores y detallaba sus beneficios cardiovasculares e inmunológicos. España pasó un anuncio televisivo donde una mujer mayor de sesenta años aparecía en su cama, sin drama, sin vergüenza. La reacción fue predecible: escándalo, restricciones en YouTube, debates sobre el gasto público. Como si mostrar que el deseo no tiene fecha de vencimiento fuera un acto subversivo.

Quizás hace falta que lo sea, mientras el cuerpo de cincuenta, de sesenta, de setenta años siga siendo tratado como algo que debe disculparse por seguir queriendo. Mientras la conversación que no ocurrió en el consultorio siga sin ocurrir.El cuerpo sabe lo que necesita. A veces solo falta que alguien le dé permiso de pedirlo

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