Hay una escena que se repite en cualquier parte del mundo y que dice más sobre el estado del alma contemporánea que mil estudios académicos. Alguien hace un chiste. Alguien más lo toma como un agravio personal. Lo que debía durar tres segundos —el tiempo justo de una carcajada— termina en un proceso de cancelación de tres semanas. Y al final, nadie ríe. Todos tienen razón.
Lo que le está pasando a la humanidad no es trivial y tampoco es nuevo, aunque ahora se vea con una nitidez que asusta. La capacidad de reírse de las propias contradicciones —esa gracia tan específicamente humana, tan inseparable de la inteligencia— está en franca retirada. Y en su lugar ha quedado algo que se parece mucho a la crispación permanente: una sociedad que convierte cualquier fricción cotidiana en un conflicto moral de proporciones bíblicas.
Los sociólogos tienen sus teorías. Los psicólogos, las suyas. Todos dicen algo cierto. Pero ninguno captura del todo esa sensación de entrar a las redes sociales y encontrarse con que el planeta entero está furioso antes del desayuno.
El ser humano es el único animal que ríe. También es el único que llora por películas, hace fila para un concierto o escribe poemas a alguien que no lo quiere. Todo eso forma parte del mismo paquete: somos seres culturales, no biológicos en el sentido estricto. Y dentro de ese paquete, el humor cumple una función que va mucho más allá del entretenimiento.
Reírse de verdad — de esas veces que da vergüenza ajena— activa el timo, que es la glándula donde maduran los linfocitos T, las células que le dan forma concreta al sistema inmune. Mientras eso ocurre, el cortisol cae, las endorfinas suben y el corazón hace exactamente lo que debería hacer. El cuerpo, en síntesis, agradece. Harvey Mindess —un psicoterapeuta que dedicó años a estudiar esto— sostenía que la risa libera al individuo de nueve ataduras del aparato psíquico, entre ellas la seriedad, el egoísmo y la moralidad. Que ríe bien, piensa mejor.La pregunta es qué pasó. En algún punto del camino, esa capacidad empezó a encogerse.El mundo que se aceleró demasiado
La modernidad tardía funciona bajo una lógica de aceleración permanente: hay que producir más, consumir más, actualizarse más, opinar más rápido sobre más cosas. Y esa velocidad tiene un costo que nadie paga en efectivo pero todos pagan igual: la pérdida de “resonancia”, la capacidad de entrar en una relación genuinamente afectiva con el mundo.
Sin resonancia, el entorno deja de ser un lugar donde habitar y se convierte en una amenaza que gestionar. Todo lo que llega de afuera —una broma, una crítica, una mirada de más en el metro— es procesado como una agresión potencial. El radar cognitivo no se apaga nunca. Y un radar encendido las veinticuatro horas no tiene espacio para el humor, que exige exactamente lo contrario: distancia, ligereza, capacidad de ver el absurdo sin necesidad de resolverlo.
A eso súmele lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han llama la “sociedad paliativa”. Vivimos en una época con una fobia profunda al dolor, a la incomodidad, a cualquier forma de negatividad que enturbie la superficie. El imperativo es la positividad. La existencia debe ser lisa, optimizada, presentable. Y en ese mundo sin asperezas, el humor —que necesita contradicción, que se nutre de la imperfección humana— no tiene tierra fértil donde crecer.
Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, en su análisis sobre la transformación de la mente contemporánea, identificaron algo que incomoda pero que también ilumina. A las nuevas generaciones se les enseñaron, de manera más o menos sistemática, tres premisas que resultaron ser un desastre para su resiliencia: que son frágiles y que cualquier cosa que no los destruya los debilita de todas formas; que deben confiar ciegamente en sus emociones como guía de lo que es verdad; y que el mundo está dividido entre personas buenas y malas, sin demasiado espacio en el medio.
Con esas tres convicciones instaladas desde temprano, el humor se vuelve un campo minado. La ironía —que siempre opera en la zona gris, que dice una cosa y quiere decir otra, que depende de que el otro sea capaz de tolerar la ambigüedad— se convierte en algo peligroso. Las universidades se llenaron de “espacios seguros”. Las redes sociales, de tribunales.
El resultado es un individuo que interpreta como amenaza lo que antes habría interpretado como juego. Un individuo exhausto de gestionar sus propias emociones y las ajenas antes de decir cualquier cosa en cualquier contexto.
Habría que ser ingenuo para no ver que hay actores que se benefician de todo esto. Los algoritmos de las plataformas digitales no fueron diseñados para el bienestar colectivo. Fueron diseñados para maximizar el tiempo de pantalla. Y hace mucho que quedó demostrado que pocas emociones mantienen a la gente pegada a una pantalla con tanta eficiencia como la rabia moral.
La periodista francesa Caroline Fourest lo describió con claridad: internet dejó de ser un espacio de libertad para convertirse en un tribunal de inquisición donde los linchamientos son anónimos y las condenas se ejecutan antes de que nadie haya verificado nada. La indignación es el producto. El usuario, la materia prima.
Esto no quiere decir que toda protesta sea artificial ni que detrás de cada ofensa haya una victimización calculada. Lucía Lijtmaer tiene razón cuando advierte que la denuncia sistemática del “ofendidito” funciona muchas veces como coartada de quienes quieren seguir riéndose de los mismos de siempre sin que nadie los cuestione. El humor que apunta hacia abajo —hacia los que ya tienen menos, los que ya cargan con más— no es subversivo. Es cobardía disfrazada de ingenio.
La diferencia entre los dos tipos de risa —la que iguala y la que humilla— no es siempre obvia, pero tampoco es tan difícil de distinguir si uno está dispuesto a mirar con honestidad. El humor legítimo apunta hacia el poder, hacia las contradicciones de la especie, hacia uno mismo. La burla apunta hacia el de abajo y llama a eso valentía.
Lo que se pierde cuando no reímos
Hay algo que no suele aparecer en los análisis académicos sobre este tema, quizás por obvio. Cuando una sociedad pierde la capacidad de reírse de sí misma, también pierde algo en sus conversaciones privadas, en sus amistades, en sus almuerzos de domingo. El humor en los vínculos cercanos no es un lujo ni un accesorio. Es la forma en que la gente recuerda que comparte la misma condición precaria, que nadie es tan importante como cree ni tan terrible como parece.
Sin eso, queda la seriedad. Y la seriedad, cuando no está templada por la ironía, puede volverse insoportable. Puede volverse dogmática. Puede empezar a verse a sí misma como una virtud cuando en realidad es solo rigidez.
Una democracia que necesita dirimir sus disputas cómicas en los tribunales tiene un problema mucho más grave que el humor de mal gusto. Tiene un problema de confianza. Y la confianza, como la risa, no se decreta. Se practica. Se cultiva. O se pierde, despacio, sin que nadie lo note hasta que ya es tarde.













