A mi edad dejé de enamorarme de las virtudes. Hoy he descubierto el lado sexy de las cicatrices, de las suturas y remiendos, de los cosidos con hilo grueso, del corazón blandito y aplanchado, porque nadie llega limpio al amor atardescente. Todos traemos historias de rupturas, de duelos, de hijos, de enfermedades, de decepciones y de un puñado de sueños incumplidos. Por eso – y mirándome al espejo- prefiero a las personas rotas que a las impecables. Que, a las límpidas, a las inmaculadas, a las perfectas, o a las puras e intachables. Me reconozco como un ser roto y machacado, abollado y aporreado. Pero en pie.
He sido amado y lo bendigo. Pero hoy esas personas ya no están. Un día tomaron la decisión de irse a buscar su propia vida. Nos prometimos amarnos para siempre, pero no contamos con que el desamor se nos colara. O el miedo. O la rabia. Dos buenas personas no hacen necesariamente una buena pareja.
Los raspones alejaron la poquedad y la escasez y por eso hoy prefiero el descubrimiento a la conquista porque no quiero demostrar que merezco ser amado. Ni contar historias, ni convencer a nadie, ni ser querido por derribo y por cansancio. No tengo estrategias para seducir, ni personajes inventados. Lo que hay es lo que hay. Ni un poquito más. Tampoco menos.
Tal vez ese amor atardescente que quiero, llegará en una charla de café, en una mirada sostenida, en una fila para reclamar medicamentos, en una consulta médica, en una charla de Facebook o Tik Tok o en una silla azul de Transmilenio. No es un amor de vencidos ni entregados. Al contrario. Es un amor sin tregua que sabe que un día de más es un día de menos, un amor de gente que se sabe, que se entiende, que se acepta, un amor que tiene claro que no es el primero pero que puede ser el último, el mejor, el definitivo, el para siempre. Un amor para el final.
Un amor al que le baste descubrir que los dos prefieren el café sin azúcar, que ambos lloran con la misma canción o que recuerdan el mismo olor de las pomarrosas de hace años. El amor maduro no nace de las grandes coincidencias, sino de esos pequeños detalles que hacen pensar que es lo que siempre se ha esperado. Un amor que no le tiene miedo a explorarse, a tocarse, a besarse, porque lo que perdimos en elasticidad lo ganamos en sabiduría. Podemos menos, pero sabemos más.
Amar es urgente, por eso si no es de ida y vuelta no me sirve, si no es compartido no me sirve, si no es con ganas no me sirve. No me conformo con poco, me conformo con todo, porque si no es recíproco es mejor irse y solo quiero estar donde soy amado. No quiero a nadie que se muera por mí, pero sí sentir que se está agravando. Pido todo porque todo estoy dispuesto a dar. Sé que amarme a mí es muy jodido, pero no imposible. Soy tal vez un omellette para que el que se necesitan muchos huevos.Y ganas.
Un amor que no admite mentiras ni estrategias ni jueguitos de silencio en el whastapp, un amor que siempre dice lo que siente, un amor que no quiere entrar por las ventanas porque siempre está dispuesto a mirar, desordenar, tocar, jugar, reír y llorar, con todo lo que eso signifique. Un amor que resiste un no como respuesta sin excusas de por medio. Un amor que llega cuando alguno de los dos se queda un instante más de lo preciso, un amor que acepta los silencios sin excusas, un amor sin contestaciones automáticas. Un amor que escucha más, pero adivina un poco menos. En fin, un amor que muera cada noche y renazca en las mañanas.













