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Nuestra nueva espiritualidad

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Juliana Rodríguez

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Nadie le manda a uno una carta cuando cumple cincuenta diciendo “a partir de aquí las reglas cambian”. Uno se entera solo, casi siempre a las malas: se muere un amigo del colegio que todavía tenía deudas con el banco y con la vida, o un examen de rutina sale con una palabra que antes solo aparecía en las noticias de otros. Ahí, entre los cincuenta y los sesenta, sin ceremonia ni discurso, arranca una revisión de cuentas que no tiene nada que ver con la pensión.

Julián tiene cincuenta y cuatro años y dejó de ir a misa hace veinte, pero desde el año pasado camina todas las mañanas por el mismo sendero y, sin que nadie se lo enseñara, empezó a darle gracias al cerro. No sabe muy bien a quién le habla. Tampoco le importa. Marcela, cincuenta y ocho, no reza el rosario de su mamá, pero antes de dormir le cuenta el día a su papá, que murió hace tres años. Ninguno de los dos volvió a la religión de la infancia. Los dos, sin embargo, encontraron una forma de hablar con lo que no se ve.

La generación que cree pero no pertenece

Este tramo de la vida, entre los cincuenta y los sesenta, es el momento exacto en que muchos empiezan a separar dos cosas que antes venían pegadas: la fe y la institución. Se sigue creyendo en algo —en el universo, en la energía, en una fuerza que ordena lo que pasa—, pero ya no se necesita que ese algo tenga cura, templo ni horario de domingo. Es una fe que se practica en la cocina, en la caminata, en el silencio de la noche, sin testigos ni feligresía.

Y no es un vacío ni una crisis. Es, más bien, el síntoma de una generación que llegó a la mitad exacta de su vida con las herramientas para elegir en vez de heredar. La generación de los cincuenta a los sesenta creció obedeciendo mandatos religiosos que le impusieron de niña, pero llega a la vejez con la autonomía suficiente para decidir en qué cree y en qué no. Ese cambio, lejos de dejar a la gente sin brújula, la deja con una brújula propia, hecha a la medida.

El cuerpo empieza a mandar razón

Hay una teoría que explica bien lo que le pasa a alguien de cincuenta y pico cuando empieza a mirar distinto la vida. Dice que envejecer bien no es seguir corriendo detrás de las metas de la juventud con menos gasolina, sino cambiar completamente el mapa: dejar de ver el mundo desde el ombligo propio y empezar a verlo como parte de algo más grande. El tiempo deja de sentirse como una sucesión de citas y pendientes y empieza a sentirse continuo, como un río que no se puede cortar en pedazos. El miedo a morir, en vez de crecer, se va aflojando. Y en lugar de necesitar explicarlo todo con la cabeza, aparece una calma frente a lo que no tiene explicación.

Otra teoría, de las que más se ha citado en psicología del desarrollo, plantea que la primera mitad de la vida se gasta armando un personaje: el que triunfa en el trabajo, el que cría bien a los hijos, el que queda bien con todo el mundo. Y que la segunda mitad exige, literalmente, lo contrario: soltar ese personaje poco a poco y conectarse con algo más hondo, algo que no depende de lo que piensen los demás. El problema es que a esta generación nadie le enseñó a hacer ese tránsito. No hubo colegio para eso. Cada quien tuvo que inventárselo con lo que tenía a la mano.

Hacer las paces con la propia historia

Existe también una teoría muy conocida sobre las etapas de la vida que ubica justo en esta franja —los cincuenta, los sesenta— la pelea decisiva entre dos caminos: aceptar la propia biografía tal cual fue, con sus aciertos y sus vergüenzas, o quedarse atrapado en el arrepentimiento. Cuando gana la aceptación, aparece algo parecido a la sabiduría: una tranquilidad que no depende de tener todas las respuestas. Cuando gana lo otro, queda el miedo puro, la sensación de que el tiempo se acabó sin haber vivido de verdad.

Y hay una tercera teoría, nacida de una de las experiencias más duras que un ser humano puede atravesar, que sostiene que el sentido de la vida se construye por tres caminos distintos: lo que uno deja al mundo con su trabajo o su ejemplo, lo que uno recibe y disfruta —un atardecer, una risa, el amor de alguien—, y la manera en que uno enfrenta el dolor que no se puede evitar. Este último camino es, quizás, el que más se afina justo en esta década. Hay algo entre los cincuenta y los sesenta que enseña a sufrir con menos ruido y menos drama.

El miedo que aprieta el pecho

Detrás de toda esta búsqueda hay, casi siempre, un miedo concreto: el miedo a morir. Un miedo que no se queda solo en la cabeza, sino que aprieta el pecho, enfría las manos, produce dolores raros que ningún examen explica del todo. Entre los cincuenta y los sesenta ese miedo suele aparecer con más fuerza que nunca, justo cuando empiezan a fallar amigos, hermanos, compañeros de toda la vida.

Existe un enfoque terapéutico, apoyado en filosofía clásica, que propone algo simple y a la vez muy potente para bajarle el volumen a ese miedo: recordar que el estado de no existir después de morir es exactamente igual al estado de no existir antes de nacer. Ese vacío ya se habitó una vez, durante millones de años, sin dolor ni frío ni soledad. Donde está la muerte, uno ya no está. Donde uno está, la muerte todavía no ha llegado.

Volver a formar parte de todo

Hay otra corriente de pensamiento, más antigua, que ofrece un consuelo distinto: la idea de que todo lo que existe —el universo, la naturaleza, cada persona— es en realidad una sola sustancia. Desde ahí, la muerte deja de sentirse como un castigo o un final abrupto y empieza a sentirse como un regreso: volver a ser parte de la inmensidad de la que uno nunca salió del todo. Una filosofía contemplativa muy practicada hoy llega a un lugar parecido por otro camino, sin promesas de otra vida, apenas con el entrenamiento diario de aceptar que todo cambia, incluido uno mismo, y que aferrarse a lo que ya pasó solo agranda el sufrimiento.

Frente a esa misma etapa de la vida existen, además, dos posturas clásicas y opuestas: una que mira hacia atrás con melancolía, lamentando los caminos que no se tomaron, y otra que insiste en que la vejez no se vive añorando el pasado sino haciendo planes concretos para el tiempo que queda, aunque sea apenas un año, un mes o un solo día.

Entre los cincuenta y los sesenta, en últimas, no se trata de cambiar un dogma por otro. Se trata de encontrar, cada quien a su manera —una caminata al amanecer, una conversación con un muerto, diez minutos de silencio antes de dormir—, el punto exacto donde el miedo baja el volumen y por fin se puede mirar el atardecer sin la urgencia de que dure para siempre.

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