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Cannabis con corbata

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Juliana Rodríguez

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Hay una escena que resume mejor que cualquier cifra lo que le pasó a este país con el cannabis. Un señor de Cundinamarca, de esos que todavía se persignan cuando pasan frente a una iglesia, hoy le paga la universidad a su hija con lo que le deja un invernadero de plantas que hace quince años lo hubieran metido preso. Nadie se lo esperaba, ni siquiera él. Y sin embargo ahí está: Colombia, con sus doce horas de sol parejito los 365 días del año, convertida en uno de los países más codiciados del planeta para cultivar algo que durante medio siglo fue sinónimo de guerra, de estigma y de titulares oscuros.

La historia, contada así, suena a milagro. No lo es. Es el resultado de una apuesta regulatoria que empezó tímida en 2016 y que en octubre de 2025 dio el salto que nadie terminaba de creerse posible: el Decreto 1138 le abrió la puerta a la flor seca de cannabis como producto terminado, sin necesidad de convertirla en aceite, en cápsula ni en nada que suene a laboratorio. Flor tal cual, lista para el paciente. Eso, que parece un detalle técnico, es en realidad un cambio de paradigma. El mercado mundial de flor seca mueve más de la mitad del dinero que circula en el cannabis medicinal global, y Colombia, hasta hace poco, se había quedado por fuera de esa fiesta por puro tecnicismo normativo.

De la sospecha a la fórmula magistral

Conviene detenerse un momento en lo que realmente hace esta planta, porque el saber popular suele confundir todo con todo. El cannabis tiene dos protagonistas químicos, THC y CBD, que son casi opuestos en carácter. El THC es el que altera la percepción, el que produce esa sensación de estar flotando; actúa sobre receptores del cerebro y por eso es también un analgésico potente, útil para el dolor crónico y las náuseas. El CBD, en cambio, no marea a nadie. Es el hermano juicioso de la familia: antiinflamatorio, ansiolítico, y el gran protagonista del tratamiento de epilepsias infantiles que antes no tenían respuesta médica posible.

Pero la ciencia reciente insiste en algo más sutil: ni el THC ni el CBD actúan solos. Los terpenos, esas moléculas responsables del aroma, participan también en el llamado “efecto séquito”, una especie de trabajo en equipo químico donde el todo resulta más eficaz que la suma de las partes. El mirceno relaja, el limoneno anima, el pineno despeja la memoria. Quien haya fumado marihuana alguna vez sin saber nada de esto, sin querer, ya había hecho el experimento.

Cundinamarca, el nuevo hub que nadie vio venir

Los números, cuando se los deja hablar, cuentan una historia curiosa. Cundinamarca concentra casi una cuarta parte de las licencias de fabricación del país, no Antioquia ni Valle del Cauca, como cualquiera hubiera apostado. La cercanía con Bogotá, con sus laboratorios y sus centros de investigación, terminó pesando más que la tradición agroindustrial de otras regiones. Hoy existen más de 57.000 hectáreas cultivadas legalmente y más de 3.000 licencias otorgadas, aunque aquí viene la letra pequeña que casi nadie cuenta: de esas 3.000, apenas una fracción mínima ha logrado completar el trámite completo ante el Invima para vender de verdad.

Ese cuello de botella burocrático explica buena parte de la frustración del sector. Un cultivador puede tener la licencia, la tierra y hasta el comprador en Alemania esperando, y aun así quedarse atascado en un papeleo que no termina nunca. El nuevo decreto trató de resolver algo de eso con una medida que tiene sabor a justicia social: durante dos años, solo los pequeños y medianos cultivadores registrados podrán abastecer el mercado nacional de flor medicinal. Una manera de decirles a los grandes conglomerados que esta vez esperen su turno.

El empleo que todavía no llega, pero viene en camino

Ahora mismo la industria genera unos 2.000 empleos directos, una cifra que suena modesta comparada con las promesas que se hicieron cuando todo esto empezó. Pero las proyecciones para 2030 hablan de más de 44.000 puestos de trabajo, muchos de ellos en zonas rurales que durante décadas solo conocieron el cannabis desde el lado ilegal del negocio. La inversión extranjera, cercana a los 292 millones de dólares y con Canadá como principal socio, ha sido el motor que financió invernaderos, tecnología y ese know-how que Colombia no tenía cuando arrancó la carrera.

Y en el terreno científico, universidades como la Nacional, el Rosario o la CES ya trabajan de la mano con empresas privadas, algo que hace una década hubiera sonado casi herético en un país donde el cannabis todavía se asociaba con carteles y no con patentes. El Ministerio de Ciencia destinó miles de millones de pesos para financiar esas alianzas, apostando a que el conocimiento propio, y no la tecnología importada, sea lo que finalmente distinga a Colombia de sus competidores.

Alemania, Brasil, Israel: el mundo empieza a tocar la puerta

Las exportaciones colombianas ya llegan a mercados que exigen certificaciones casi imposibles de conseguir, como el alemán, que pide buenas prácticas europeas antes de dejar entrar un solo gramo. Israel, con su tradición de investigación farmacéutica seria, también ha aceptado la flor colombiana como insumo de calidad. Y Brasil, el gigante vecino, se perfila como el socio más prometedor en volumen, sobre todo después de que su Supremo Tribunal despenalizara la posesión personal este mismo año, un gesto que probablemente abrirá todavía más el apetito brasileño por fórmulas magistrales hechas en Colombia.

Para 2025 se calculan ingresos por exportación superiores a los 23,5 millones de dólares, una cifra que a algunos les parecerá tímida. El verdadero número que ilusiona a los empresarios del sector es otro: 1.733 millones de dólares proyectados para 2030, según estudios de ProColombia y Analdex. Si eso se cumple, el cannabis superaría a las flores cortadas, ese símbolo tan colombiano de San Valentín en Estados Unidos, como segundo sector no minero-energético en exportaciones.

El obstáculo que nadie resuelve con decretos

Hay un problema, sin embargo, que ningún decreto ha logrado destrabar del todo: los bancos. Como el cannabis sigue siendo ilegal a nivel federal en Estados Unidos, buena parte de la banca colombiana con corresponsalía internacional le tiene pavor a mover un solo peso relacionado con esta industria, no vaya a ser que Washington les cierre alguna puerta. El resultado es una economía que todavía funciona demasiado en efectivo para el gusto de cualquier empresario serio, algo casi anacrónico en un sector que se vende a sí mismo como de vanguardia científica.

A eso se suma el estigma médico. Muchos profesionales de la salud en Colombia todavía no terminan de entender bien qué es el sistema endocannabinoide, ese entramado biológico que el cannabis activa, y por eso prefieren no recetarlo. La educación médica continua avanza, pero despacio, casi al ritmo de una generación de doctores formada bajo la lógica de que esta planta era sinónimo de peligro y no de tratamiento.

Uruguay, el hermano que llegó primero

En la comparación regional, Uruguay sigue siendo el pionero indiscutido, con 45 toneladas exportadas hacia Suiza y República Checa en 2025. Pero su modelo apunta más al consumo adulto y al cáñamo, mientras Colombia decidió jugarse todo a la carta farmacéutica, apostando por el valor agregado antes que por el volumen bruto. Son caminos distintos hacia un mismo destino: convertir una planta históricamente perseguida en una fuente legítima de bienestar y de plata.

Queda por verse si Colombia logra resolver lo de la banca, lo de la burocracia y lo del estigma médico antes de que otros países, con menos sol pero más agilidad institucional, le quiten el paso. Por ahora, mientras los abogados discuten decretos y los científicos afinan fórmulas, en las tierras altas de Cundinamarca las plantas siguen creciendo bajo ese sol que no le cuesta un peso a nadie, ese que durante años estuvo ahí sin que nadie supiera aprovecharlo del todo.

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