Que sea transparente no quiere decir que no tenga mi letra chiquita, porque algo va de ser un tipo sombrío a otro que dé sombra.Y es que tal vez durante mucho tiempo fui entrenado parala escasez, para la poquedad, para la insuficiencia, como si alguien hubiera escrito en la pared invisible de mi infancia, que la felicidad debía usarse con moderación, a cuenta gotas, igual que las camisas nuevas, el vino caro o la vajilla buena que se guarda para las visitas importantes. Durante años viví administrando los afectos, los sueños y hasta la alegría temiendo, de pronto, que el universo me fuera a cortar el crédito emocional de un momento a otro y que me quedara sin nada, cuando en realidad era eso lo que ya tenía. Nada.
Y, sin embargo, un buen día mientras caminaba por calles húmedas, en medio de cafés tibios y domingos con olor a lluvia bogotana, fui descubriendo algo extraño: la verdadera pobreza no siempre estaba en mis bolsillos sino tal vez en la manera de mirar la vida.
Fue en ese momento que decidí botar tanta mierda acumulada, tanta costra amontonada, tanta pústula hedionda y maloliente. Me rompí sí, pero entonces, tal vez por suerte o por un soplo divino, recogí mis pedacitos y me volví un vitral por el que entra la luz en todos sus colores y por eso. Tal vez el amor no sea más que fragmentos de luz buscando otros fragmentos, espejos rotos que al juntarse reflejan algo más hermoso que la perfección de este caos hermoso que llamamos existencia, una alquimia silenciosa que transforma el plomo en oro tibio. Una danza entre herida y sanación.
Conocí la abundancia, que no es más que aceptar la vida como viene y hoy puedo ser trompeta en una biblioteca o silencio en una algarabía. Cada día me dedico a tejer una nueva alegría que me ayude a navegar. Aprendí a recibir porque corté de un tajo mi brazo limosnero y cuando se me acaban los grandes motivos me aferro a los pequeños detalles. No acepto menos de lo que doy no porque sea una transacción, sino porque creo que la vida, como la bicicleta, es puro equilibrio. No necesito un mundo perfecto. Tal vez un simple barquito de papel o tan solo un pequeño refugio donde pueda sonreír de vez en cuando. Mi abundancia quizá consista en volver a mirar árboles o la sonrisa de las personas con las que tropiezo en Transmilenio o los perros callejeros que se mean en los árboles de un parque. Me burlo de mi mismo, desayuno en paz, como despacio e intento soñar más de lo que duermo.
Mi atardescencia no es un puerto sino una manera simple de viajar. Ya poco me importa ser planeta y estrella mucho menos, porque descubrí mi propia vía láctea.











