Marcela tenía la costumbre de cerrar todas las pestañas del computador antes de pensar.
No era una metáfora. Literalmente cerraba ventanas. Noticias abiertas desde las siete de la mañana, videos que no terminó de ver, artículos sobre inteligencia artificial, una receta de berenjenas que probablemente jamás cocinaría y dos pestañas eternas: vuelos baratos y apartamentos en Lisboa, como si en cualquier momento fuera a levantarse, meter cuatro libros en una maleta y desaparecer elegantemente del mapa.
Tenía cincuenta y nueve años, dirigía reuniones por Zoom con una autoridad tranquila y podía detectar una estafa digital antes que su sobrino de veintidós, que todavía creía que usar palabras como “bro” era una personalidad.
No pertenecía a esa caricatura de gente adulta peleando con el WiFi. Había aprendido tecnología cuando la tecnología todavía venía con manuales absurdos y sonidos de módem que parecían una ballena asmática atrapada dentro de la pared. Sobrevivió al beeper, al Messenger, a Facebook cuando aún servía para encontrar amigos y no teorías conspirativas sobre el gluten.Por eso le daba risa cuando alguien le hablaba de “adaptarse a los cambios” como si ella hubiera llegado caminando desde el siglo XIX.
A las ocho de la noche apagó la cámara de la última reunión y el apartamento quedó en silencio. Un silencio limpio. Afuera llovía apenas lo suficiente para que Bogotá pareciera una película independiente de bajo presupuesto.
Pidió comida por una aplicación. Sushi. Hace veinte años habría jurado que jamás comería pescado crudo. Hace diez juró que jamás pagaría una suscripción mensual para escuchar música. La vida estaba llena de cosas que uno termina haciendo mientras critica.
Puso a sonar a Dire Straits desde el celular conectado a un parlante diminuto que sonaba mejor que el viejo equipo de sonido que una vez necesitó media sala y tres amigos para moverlo.
Mientras esperaba el domicilio, abrió una carpeta digital con fotos viejas que había escaneado durante pandemia. Ahí estaba ella a los treinta, fumando en un bar de Medellín con una camisa negra y una mirada peligrosamente convencida de todo. Ahí estaba Eduardo, su exmarido, cargando un computador portátil que parecía una nevera pequeña. Ahí estaban las vacaciones en Santa Marta donde todos salieron quemados y felices.Amplió una foto.Qué extraña era la nostalgia cuando no venía acompañada de ganas de regresar.
Le escribió a Eduardo por WhatsApp.
“No encontré el cable del escáner. Seguro te lo robaste en el divorcio.”
Él respondió tres minutos después.
“Me quedé con tu dignidad y con dos cargadores Nokia. El resto es tuyo.”
Marcela soltó una carcajada sola en la cocina.
Eso era lo raro de ciertas relaciones cuando ya no necesitaban ganar ninguna discusión. Se volvían soportables. Incluso queribles. Como canciones antiguas que uno antes juzgaba cursis y ahora entiende porque ya le pasó algo parecido.
Sonó el timbre.El domiciliario le entregó la bolsa mientras miraba el celular al mismo tiempo. Dos generaciones distintas atrapadas en exactamente la misma adicción luminosa.
—Que tengas buena noche —dijo él sin levantar mucho la vista.
—Eso intento desde 1987 —respondió ella.
El muchacho sonrió por educación, aunque claramente no entendió.
Marcela cenó viendo una entrevista en YouTube sobre músicos viejos que seguían tocando sin nostalgia épica. Le gustaba eso. La gente que seguía haciendo cosas sin convertir cada arruga en una conferencia motivacional.
A las once le llegó una notificación de una aplicación de inteligencia artificial que estaba probando para el trabajo.
“¿Necesitas ayuda para organizar tu vida?”
Marcela miró el mensaje un momento.Después escribió:“No. Apenas estoy logrando desorganizarla a mi manera.”La aplicación respondió con opciones de productividad.
Ella cerró el portátil.
Fue hasta el balcón con una copa de vino y el celular en la mano. Contestó un par de mensajes, puso un emoji incorrecto en el grupo familiar y buscó una canción que no oía desde hacía años. Sonó Bowie. Luego Cerati. Luego un bolero inesperado que el algoritmo entendió mejor que muchos hombres.
Bogotá seguía encendida abajo. Motos. Ventanas azules. Gente pidiendo comida, terminando trabajos, peleando por chat, enamorándose por videollamada, viendo series para no pensar demasiado.
Marcela apoyó los brazos en la baranda.Pensó que quizá el verdadero lujo de esta edad no era la tranquilidad. Era otra cosa.La posibilidad de dejar de actuar.No tener que demostrar que uno es moderno ni auténtico ni interesante ni zen. Poder usar inteligencia artificial en la mañana, vinilos en la tarde y libretas de papel en la noche sin sentir que debía elegir un bando.
Como si después de tantos años por fin hubiera entendido algo mínimo pero útil: que la identidad no era una foto fija. Era más bien una conversación larga. A veces contradictoria. A veces brillante. A veces ridícula.Y curiosamente, eso también daba una especie de paz.
Adentro, el celular vibró otra vez sobre la mesa.Marcela lo dejó sonar un poco antes de entrar.Solo para recordar que todavía podía hacerlo.












