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La indignación permanente

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Jaime Burgos

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TECNOLOGÍA

Hay una escena que se repite todos los días en Colombia, en México, en cualquier ciudad con wifi decente y gente con algo que perder. Alguien publica algo. Alguien más lo saca de contexto. Y en cuestión de horas, una persona real —con familia, con historia, con mañanas malas y tardes donde no es su mejor versión— se convierte en el personaje de un circo que nadie organizó, pero todos alimentan.

Lo curioso no es que pase. Lo curioso es que a nadie le parece extraño que pase todos los días. Existe un concepto que los académicos llaman la «era de la indignación permanente», que suena a título de congreso aburrido, pero describe algo bastante concreto: vivimos irritados de fondo. No como reacción puntual ante una injusticia clara, sino como estado de reposo. La indignación ya no es una respuesta; es el clima. Y ese clima tiene dueños.

Las plataformas digitales —Facebook, TikTok, X, la que sea— descubrieron hace años que el contenido que provoca reacciones morales intensas genera aproximadamente un 20% más de interacción que el contenido neutro. Eso no es un dato de psicología social; eso es una decisión de producto. Alguien, en alguna sala de reuniones con sillas ergonómicas y café de especialidad, eligió que la indignación rindiera más que la calma. Y desde entonces, los algoritmos empujan hacia arriba lo que nos enciende, porque lo que nos enciende nos retiene.El resultado es una economía curiosa: la atención como moneda, el escándalo como materia prima.

Lo que los sociólogos llaman «cancelación» responde a algo mucho más viejo que internet. La necesidad de pertenecer a un grupo, de señalar quién está adentro y quién afuera, de purificar la tribu expulsando al transgresor. Eso existe desde que los humanos vivimos en grupos pequeños y teníamos que decidir quién se quedaba alrededor del fuego.Pero hay una diferencia brutal: antes, el expulsado podía irse a otra aldea. Hoy, la aldea es global y tiene buscador.

La «muerte digital» —la destrucción de la reputación, a veces del empleo, a veces de relaciones de años— activa en el cerebro las mismas zonas que procesan el dolor físico. No es metáfora. La corteza cingulada anterior, que regula cómo sentimos el rechazo social, no distingue entre que te golpeen y que te excluyan. Por eso la cancelación aterroriza de una manera que no se explica solo con la razón: es terror primario, de los de abajo, de los que no razonan.Y ese terror hace algo previsible: calla.

Elisabeth Noelle-Neumann describió en los años setenta la «espiral del silencio»: la gente que percibe su opinión como minoritaria tiende a callar, lo que hace que la opinión mayoritaria parezca más dominante de lo que es, lo que calla a más gente. Un círculo que se autoalimenta. Hoy esa espiral gira más rápido porque los algoritmos magnifican las voces extremas y ocultan la ambigüedad. En Twitter, se estima que el 10% de los usuarios produce el 80% del contenido. Esa minoría ruidosa se convierte en el clima, y el resto aprende a no hablar.

Hay algo que se pierde en todo esto que no está en los titulares: el matiz.La arquitectura de las plataformas es intrínsecamente hostil a la complejidad. Un hilo de 280 caracteres no cabe una idea que tenga aristas. Lo que sí cabe es una posición, un bando, una frase que funciona como señal de tribu. Y cuando todo se organiza en dicotomías —el bueno y el malo, la víctima y el verdugo, nosotros y ellos— la realidad se vuelve incomprensible porque la realidad no viene en dos colores.

A esto los investigadores le llaman «colapso de contexto»: las palabras viajan sin el suelo donde nacieron. Lo que se dijo en confianza, en otro momento, en otra vida del que habló, aparece como evidencia en un juicio público que nadie convocó, pero todos atienden. El pasado se vuelve permanente, y el presente no alcanza para redimirlo.

Hannah Arendt, que sabía de totalitarismos más concretos que los digitales, escribió que el perdón es lo único que nos permite actuar de nuevo en el mundo. Sin perdón, quedamos atrapados para siempre en las consecuencias de lo que hicimos. Una sociedad que no perdona no es una sociedad más justa; es una sociedad paralizada, donde nadie arriesga nada porque cualquier error puede ser definitivo.

La ironía de fondo es que todo esto ocurre en nombre de la conexión.Las plataformas se venden como espacios de comunidad, de encuentro, de dar voz a los que no la tenían. Y en parte es cierto: la digitalización democratizó quién puede hablar. El problema es que democratizó el micrófono sin democratizar la escucha, ni el contexto, ni la deliberación. La asamblea sin orden del día. El juicio sin proceso.

Y mientras tanto, el agotamiento se acumula. Los psicólogos llaman «fatiga por compasión» al estado en que el sistema nervioso, expuesto a una escala antinatural de tragedias y escándalos, simplemente se apaga. No por maldad, sino por supervivencia. El resultado es la deshumanización tranquila: los demás se vuelven avatares, funciones ideológicas, munición para el argumento de hoy.Eso no es frialdad; es agotamiento con buenas intenciones al principio.

Nada de lo anterior significa que la indignación sea siempre falsa o siempre inútil. Hay injusticias reales que sin la presión digital habrían sido silenciadas. Hay poderosos que habrían dormido tranquilos si no hubiera existido la viralidad de una denuncia. La indignación tiene una raíz legítima: la palabra viene del latín indignari, que es exactamente reclamar la dignidad vulnerada. Eso no es poca cosa.El problema no es la indignación. El problema es cuándo la indignación deja de ser una respuesta a algo concreto y se convierte en el producto que alguien más vende.Cuando eso ocurre, ya no somos ciudadanos indignados. Somos el inventario.

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