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Eres

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La canción llegó un martes a las 10:47 de la noche, sin aviso, como llegan las cosas que uno creía haber archivado.Eres, de Café Tacvba. Spotify la catalogó como “rock en español, clásico alternativo”. El algoritmo tiene esa tendencia a nombrar con adjetivos lo que para algunas personas fue, en un momento concreto e irrecuperable, algo más parecido a una promesa que ninguno de los dos había hecho en voz alta pero que flotaba ahí, entre los dos, cada vez que sonaba.

Teresa no lloró. A los 58 años  ya sabía que las lágrimas son un recurso que se administra.  Dejó de hacer lo que estaba haciendo —que era básicamente nada, la versión adulta del aburrimiento que ya no se llama así sino “descanso”— y se quedó escuchando esa voz que enumeraba todo lo que alguien era para otro: el dolor de cabeza, el mole, la taza sin asa. Pensó en Rodrigo. No con urgencia ni con pena. Con esa familiaridad rara que tienen los recuerdos que ya no duelen, pero tampoco desaparecen del todo: como una palabra que uno sabe que existe, pero no le sale, y vive justo ahí, en el borde.

 

Rodrigo estaba en Medellín, en el escritorio de su apartamento de El Poblado, mirando una propuesta de consultoría que llevaba tres horas sin avanzar, cuando su teléfono puso la misma canción. La reconoció en los primeros cuatro segundos —tiene ese tipo de memoria para la música, precisa e inútil, la misma que le falla completamente con las fechas que importan—. La dejó sonar. Se recostó en la silla. Se sirvió un aguardiente que no había planeado.

Eres. La habían escuchado por primera vez en una fiesta en Chapinero en el 95, en un apartamento donde cabían más personas de las que debían caber y la música sonaba desde un equipo que pertenecía a alguien que nadie conocía bien. Teresa había dicho que la letra era demasiado. Él había dicho que eso era exactamente el punto. Habían discutido sobre eso con la energía desproporcionada que uno invierte a los veintitantos en conversaciones que en realidad son otra cosa.

Llevaban cuatro años sin hablar. No por una razón que se pudiera contar en una cena con amigos y generar consenso sobre quién tenía la culpa. Se habían ido apagando como se apaga una conversación cuando los dos interlocutores empiezan a responder con monosílabos: sin que nadie decida nada, pero sabiéndolo igual.

 

Fue Teresa quien escribió primero, lo cual todavía le parece improbable cuando lo reconstruye.

Spotify me acaba de poner “Eres”. Que conste que no fui yo.

 

Borró el mensaje. Lo reescribió casi igual. Lo mandó antes de pensarlo mejor, que es probablemente la única condición bajo la cual uno manda ciertos mensajes.

 

Rodrigo lo vio pasada la medianoche y se rio solo, en el apartamento vacío, de una manera que hacía tiempo no le pasaba: esa risa corta y verdadera que no está actuando para nadie. Respondió sin deliberar demasiado.

A mí también. A las 10:47.

Teresa leyó la hora y algo no le cuadró, no en sentido místico —ella desconfía profundamente de los signos del universo, los considera una forma de autoengaño con buena narrativa— sino en sentido estrictamente práctico: Rodrigo nunca había registrado ese tipo de detalle. El hombre que llegó tarde a su propio cumpleaños tres años seguidos recordaba el minuto exacto de una recomendación de Spotify. No era una señal. Era simplemente un dato que no sabía dónde poner.

Se escribieron esa noche con la precaución de dos personas que saben que el terreno tiene memoria. Hablaron de cosas laterales —el aguardiente, el frío de cada ciudad, una serie que ninguno había terminado de ver— y en algún momento llegaron, sin transición evidente, a la canción.

Sigues creyendo que la letra es demasiado —escribió Rodrigo. No era una pregunta.

Sigo creyendo que nadie es el caldo de la sopa de alguien más —respondió Teresa—. A los 58 años eso me parece más cierto que nunca.

O más necesario que nunca. Depende del día.

Teresa se quedó mirando eso un momento. Era la clase de cosa que Rodrigo decía cuando estaba siendo honesto en lugar de tener razón, que no era siempre lo mismo. Respondió más tarde de lo normal, después de haber ido a la cocina a buscar agua que no necesitaba.

—Puede ser. Hoy no sé en qué día estoy.

Eso era más de lo que había planeado decir. Pero ya estaba mandado.

Se vieron tres semanas después en Bogotá, en un café de la Séptima que ninguno eligió con demasiada intención. Rodrigo llegó diez minutos tarde. Teresa llegó antes de lo que pensaba llegar, que es su forma de compensar una historia sin nombrarlo.El abrazo tuvo la duración exacta: ni el segundo de más que habría sido una declaración, ni el segundo de menos que habría sido una mentira.

Pidieron café. Hablaron. Hubo un momento incómodo —tenía que haberlo— cuando Rodrigo mencionó de pasada a alguien sin nombre propio, con la vaguedad calibrada de quien decide cuánto cuenta, y Teresa no preguntó. Siguieron en otra dirección con una fluidez que podía ser madurez o podía ser cobardía, y era probablemente las dos en proporciones que ninguno iba a calcular esa tarde.

En algún momento Teresa hizo la pregunta que no había planeado hacer.

—¿Tú alguna vez fuiste todo eso para alguien? El caldo, la taza, todo el inventario.

Rodrigo sostuvo la pregunta un momento antes de responderla. Afuera pasaba un bus con una publicidad que ninguno de los dos registró.

—Intenté serlo —dijo—. No sé si lo fui.

—Yo tampoco sé si lo intenté —dijo Teresa.

No era una confesión dramática. Era algo más difícil que eso: un diagnóstico hecho en voz baja, con la serenidad de quien ya no necesita defenderse, pero todavía necesita entender. La diferencia entre los treinta y los cincuenta y ocho no es que duela menos, sino que uno ya no necesita que el otro le diga que no es culpa suya.

Pagaron. Salieron. El frío de Bogotá no tenía ninguna intención poética esa tarde, pero ellos lo iban a recordar igual.

Rodrigo dijo que volvería pronto. Teresa dijo que avisara. Los dos sabían que eso podía significar varias cosas y eligieron, de mutuo acuerdo tácito, no precisar cuál.

Esa noche Teresa puso la canción otra vez, sola en el apartamento, con el volumen un poco más alto que de costumbre.La escuchó entera.Siguió creyendo que la letra era demasiado.

Pero esa noche le pareció que demasiado no era necesariamente lo mismo que mentira. Y eso, a los 58 años, era una revisión suficientemente importante como para no decírsela a nadie todavía.

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