A esa hora la ciudad suena distinto. Dos o tres pitos lejanos. Algún gato ronronea mientras un perro ladra. Por la ventana se cuela la luz del parqueadero y la del algún cuarto en el edificio de enfrente donde un niño somnoliento lucha con su madre para alistarse para el colegio.
Camino a oscuras. Anoche di muchas vueltas en mi cama. El insomnio es parte de mi rutina cada día. El viejo reloj marca las cinco. Por costumbre me levanto a esa hora a prepararme un tinto en la cafetera espresso que me regaló mi hermana Martha. Mecánicamente desocupo el café gastado del día anterior. Lleno la medida exacta de agua y la enciendo. Espero recostado. No siento frío. Las bajas temperatura son un invento de los solos.
La máquina suena. El aroma inunda la cocina. Busco mi pocillo. Lo sirvo hasta la mitad y dejo el resto para acompañar mi desayuno. Llevo un mes luchando por tomarlo sin azúcar. No me gusta. Me sabe amargo. Fuerte. Grueso. No lo disfruto. Decido que hoy mismo voy hasta el D1 a comprar algo de dulce.
Me siento en la silla que me acompaña hace años. Miro por la ventana. Mi mente está tranquila. El arrume de cajas con mis libros está enfrente mío. En los últimos tres años he repetido ese ritual más de seis veces y lo único que ha servido es para espantar un poco el polvo. Lo raro es que pocas veces vuelvo a alguno. Todo lo contrario a las personas que he amado. Las pienso, las repaso, las retorno en medio del café. Quiero creer que están bien, aunque no sepa. Que sonríen y en algún momento me recuerdan. Se enciende una moto. El vecino del tercero saca a su perro a mear. Está en pijama (él vecino, no el perro). Empieza a clarear (el día, no el vecino y menos el perro)
Miro un poco el celular. María le ha dado like a mis historias. Tenemos una amistad rara. En mis recuerdos de hace dos años sale alguna frase que escribí pensando en Lala y un texto de Guadalupe Nettel en “Después del invierno” que me encanta: “La quiero de una manera que no me deja alternativa: o asumo ese amor o la pierdo y me quedo por el resto de mis días reinventándola con otros nombres, otros rostros, otras latitudes, cambiando misterio por «sabiduría».”
Ya no queda más café. Los pitos suenan. Las luces se apagan, pero el sol se ve a lo lejos. El invierno se ha ido. Oro.













