Hay una edad —nadie firma el contrato, nadie lo anuncia con trompetas— en la que uno deja de necesitar ganarle discusiones al espejo. A mí me llegó una tarde cualquiera, tropezando con el mismo cable del router que llevo esquivando hace tres años, y en vez de maldecir me reí. Me reí de verdad, con esa risa que sale del estómago y no del orgullo. Ahí entendí que algo se había acomodado por dentro sin pedirme permiso.
Los que estudian esto con batas blancas y revistas indexadas le ponen nombres elegantes. Hablan de “efecto de positividad”, de mecanismos maduros de defensa, de integración del yo. Erik Erikson, que dedicó media vida a mapear las etapas por las que pasamos los humanos, decía que después de los cincuenta uno navega entre la integridad y la desesperación, y que quien logra reírse de sus propias grietas ya ganó buena parte de esa batalla. George Vaillant, que siguió durante décadas a un grupo de hombres para ver cómo envejecían por dentro, encontró algo parecido: la negación y la proyección son de jóvenes asustados; el humor y la sublimación son de gente que ya hizo las paces con sus fantasmas.
Yo no necesito el estudio longitudinal para saberlo. Me basta con mirar a mis amigos de generación, los que ya pasamos el medio siglo o estamos tocando la puerta. Antes competíamos por quién tenía la vida más impecable en las fotos. Ahora competimos por quién cuenta mejor su último papelón: la vez que se le olvidó el nombre de un compañero de veinte años, la vez que confundió el nombre de la exnovia con el de la actual —eso sí, con el corazón en la boca—, la vez que se quedó dormido en pleno teatro roncando como motosierra. Ya no escondemos las costuras. Las exhibimos con orgullo de veterano.
Y no es resignación, que quede claro. Es otra cosa, más parecida a la libertad. Sociológicamente hablando —y perdón por la palabra grande, prometo no volver a usarla— esto ocurre porque la sociedad deja de exigirnos que seamos los mejores del salón. Uno ya no está peleando el ascenso, ya no necesita demostrarle nada al tipo que se sienta al lado en la reunión. Ese aflojón es incómodo al principio, como quitarse una faja después de un asado, pero después se vuelve la sensación más rica del mundo.
García Márquez se burlaba sin piedad de sus propios olvidos en sus últimos años, y ahí, en esa burla, había algo de ternura y algo de estrategia: reírse antes de que la vida se ría de uno. Fontanarrosa, el Negro, hizo de eso una religión en sus cuentos: tipos de mediana edad destartalados que ya no tenían nada que ocultar y por eso mismo eran los más honestos de la literatura argentina. Y Casciari, que le puso wifi a esa misma tradición, entendió que la gracia de hoy tiene un componente de manada: reírse de la vejez prematura acompañado sabe distinto a reírse solo. Es la diferencia entre confesarse y hacer catarsis grupal.
Camus, con su Sísifo empujando la piedra cuesta arriba para siempre, decía que era feliz precisamente porque entendía el chiste cósmico del que era protagonista. A los cincuenta uno empieza a entender su propio chiste. Se ve empujando la misma piedra —la dieta, la próstata, la memoria que falla justo cuando más se necesita— y en vez de indignarse, sonríe. No porque haya dejado de importarle, sino porque ya aceptó que la piedra no se va a quedar quieta nunca y que el drama de subirla mil veces es, en el fondo, una comedia bien armada.
Kundera decía que la risa es una forma de conocimiento, y tenía toda la razón del mundo. Cuando uno se resbala en la calle y en vez de fingir que no pasó nada suelta una carcajada, no está evadiendo el dolor del golpe. Está reconociendo, ahí mismo, en el pavimento, que su existencia tiene la levedad de una comedia de errores y no el peso de una tragedia griega. Joan Didion, más fría y más quirúrgica, hablaba de disecar quién es uno con el bisturí de la ironía. A mí me gusta más la imagen del espejo roto: uno se mira en pedazos y, en vez de intentar pegarlos para que quede la misma foto de antes, arma un collage nuevo. Uno más honesto. Uno con menos maquillaje.
Los psiquiatras, que ven esto desde el consultorio, dicen que quien es capaz de burlarse de sus propios lapsus sin caer en la angustia hipocondríaca está ejerciendo una función mental de las buenas. Yo lo traduzco distinto: el que se ríe de sus achaques dejó de tenerles miedo. Y el que le deja de tener miedo a algo, empieza a mandar sobre eso, no al revés.
Lo curioso —y aquí es donde me pongo necio, como buen colombiano de mediana edad— es que esto no es un lujo garantizado. Hace falta un entorno que aguante la broma, gente cerca que no confunda la autoironía con debilidad ni la use en contra de uno cuando conviene. La soledad no elegida no se ríe de nada; rumia. Y hay culturas, hay familias, hay oficinas enteras donde mostrar la costura sigue siendo un pecado. Ahí el chiste no prende. Ahí uno sigue actuando la obra de la perfección aunque ya nadie compre boleta.
Con mis hijas he aprendido la versión más pura del asunto. Ellas se ríen de mis manías con una libertad que a los treinta jamás les hubiera permitido, y yo, en vez de defenderme, aplaudo. Porque esa risa compartida es el idioma más honesto que tenemos en la casa. No hay pose que sobreviva a una hija imitando cómo uno busca las gafas que tiene puestas.
Así que ahí queda la pregunta servida, para el café o para el chat familiar: ¿esa risa que ahora nos permitimos sobre nuestras propias ruinas construye puente entre generaciones, o termina siendo la cortina de humo perfecta para no hablar en serio de lo que de verdad duele con los años? Yo no tengo la respuesta cerrada. Tengo, eso sí, cada vez más ganas de reírme mientras la busco













