Hay países que tienen una religión de Estado y países que tienen una religión de tribuna. Argentina es de las segundas, y lo raro es que a nadie allá le hace falta explicarlo. Uno llega a Buenos Aires, pide un café con medialunas y a los cinco minutos ya está escuchando a alguien discutir con
Hay una edad —nadie firma el contrato, nadie lo anuncia con trompetas— en la que uno deja de necesitar ganarle discusiones al espejo. A mí me llegó una tarde cualquiera, tropezando con el mismo cable del router que llevo esquivando hace tres años, y en vez de maldecir me reí. Me reí de verdad, con[…..]







