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Argentina reza de rodillas frente a un arco

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Flore Manfrendi

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DEPORTES

Hay países que tienen una religión de Estado y países que tienen una religión de tribuna. Argentina es de las segundas, y lo raro es que a nadie allá le hace falta explicarlo. Uno llega a Buenos Aires, pide un café con medialunas y a los cinco minutos ya está escuchando a alguien discutir con la vehemencia de un teólogo si Independiente merece o no ser sociedad anónima. No hablan de fútbol. Hablan de otra cosa que se disfraza de fútbol, y esa otra cosa tiene nombre: el aguante.

Vale la pena remontarse un poco, porque la historia explica el fanatismo mejor que cualquier estadística. A finales de los años veinte, la revista El Gráfico —bajo la pluma de un tipo con el seudónimo perfecto para la mitología, Ricardo Lorenzo, “Borocotó”— inventó una idea que todavía respira: el fútbol inglés era disciplina, pase largo, orden. El fútbol argentino, en cambio, nació torcido, gambeteado, hecho de picardía. Nació en el potrero, ese terreno baldío donde los pibes se apretujaban sin maestro que los organizara y donde la única manera de no perder la pelota era hacerse mañoso. De ahí salió el “estilo criollo”, esa fe en la habilidad individual que todavía hoy hace que un hincha prefiera un jugador con gambeta antes que uno con estadísticas.

Y ese potrero, sin quererlo, terminó fabricando también una manera de ser hombre. El sociólogo Eduardo Archetti lo vio con una claridad envidiable: si el polo era la élite montada y el tango era el llanto confesado del compadrito en el arrabal, el fútbol —junto con el boxeo— era el territorio del cuerpo popular, del choque, del colectivo. El tango lloraba puertas adentro. El fútbol se plantaba en la cancha y no corría. Esa frase, “no correr”, es clave para entender todo lo que viene después.

Cuando el club es más sagrado que la plata

Argentina tiene algo que a esta altura del capitalismo global suena casi utópico: clubes que siguen siendo de los socios. River tiene más de 350 mil, Boca pasa los 280 mil, y hasta un club chico como Deportivo Riestra tiene su millar de fieles pagando cuota todos los meses. No son accionistas. Son gente que paga por el privilegio de sentir que el club le pertenece, aunque nunca vaya a ver un balance.

Por eso la pelea que el gobierno de Javier Milei viene dando para meter las Sociedades Anónimas Deportivas no es solo una discusión económica. Es una pelea por el alma del asunto. El Estado dice, con razón técnica, que muchos clubes están ahogados en deudas y necesitan capital privado para respirar. La AFA de Chiqui Tapia responde con un no rotundo y amenaza con dejar afuera de la pelota a cualquiera que se pase de bando. Y detrás de ese pulso institucional hay una convicción más honda, casi religiosa: entregarle el club a un fondo de inversión es como venderle el altar a un comerciante. Las victorias y las derrotas, dicen los hinchas, son de ellos. No son de nadie más.

El cuerpo como bandera

Ahora bien, no hay que idealizar nada de esto, porque la cultura del aguante tiene un lado que no cabe en la nostalgia bonita del potrero. Aguante es una moral corporal: pararse frente al que te ataca, no salir corriendo, pelear si hace falta. En las tribunas populares el cuerpo legítimo no es el del gimnasio, ese que para ellos es puro maquillaje. El cuerpo que vale es el curtido en el trabajo, en el alcohol barato, en la cicatriz visible. Ahí no hay simulacro. Hay historia escrita en la piel.

Esa lógica no se queda en la tribuna. Se filtra hasta la cancha misma, con jugadores que fingen fajarse, que alargan el partido, que entran con los tapones de punta para que la hinchada sepa que están dispuestos a sangrar por la camiseta. Y se filtra, sobre todo, hacia arriba: las barras bravas dejaron de ser hace rato un grupo de muchachos con bombos y banderas. Son estructuras casi militares, con un jefe que autoriza hasta el cántico que se canta un domingo, y con negocios que van del estacionamiento del estadio al cobro de un porcentaje —hasta el treinta por ciento, dicen algunas denuncias— sobre el pase de un jugador. La política, además, las usa como músculo de calle desde hace décadas, del gobierno militar a los gobiernos democráticos, sin distinción de bandera. Ahí el romanticismo del potrero se termina y empieza otra cosa, más parecida al crimen organizado que al folclore.

Lo que se canta cuando ya no quedan palabras propias

Lo más hermoso —y lo más perturbador, hay que decirlo— es el cancionero. Empezó como coplas cortas dedicadas a un arquero en los años veinte y terminó siendo una maquinaria capaz de robarle la melodía a Gilda, a Creedence Clearwater Revival o a un jingle de propaganda militar y convertirla en himno de cien mil gargantas. Ahí hay un talento verbal enorme, una capacidad de resignificar cualquier canción ajena que ningún manual de marketing podría enseñar. Pero al lado de esa creatividad conviven versos cargados de racismo y de homofobia, insultos que convierten al rival en algo menos que humano. Es la misma masa la que inventa la belleza y la que inventa el veneno, y no hay manera fácil de separar una cosa de la otra.

Los que escribieron esa pasión

La literatura argentina no le dio la espalda a nada de esto, y ese es quizás el detalle que más envidia le da a uno como lector. Roberto Arlt, con su ojo de cronista callejero, ya retrataba en las Aguafuertes porteñas a esas masas que escapaban de la oficina hacia el estadio los domingos. Cortázar, en cambio, desconfiaba del fútbol —prefería el knock-out del boxeo, esa épica solitaria del cuento corto frente a la novela que gana por puntos— aunque nunca pudo evitar confesarse hincha de Banfield ni colar guiños futboleros en Rayuela.

Borges y Bioy Casares, escondidos bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq, se rieron de todo el asunto con un cuento genial, “Esse est percipi”, donde un club le confiesa al protagonista que los estadios ya son ruinas y que los partidos que la gente cree ver son puro invento de locutores. Sesenta años antes de la televisión hipermediatizada, ya habían entendido que el hincha termina aplaudiendo una ficción.

Y luego está Fontanarrosa, con ese cuento perfecto, “19 de diciembre de 1971”, donde unos muchachos secuestran a un viejo cardíaco porque creen que su presencia en la tribuna es garantía de triunfo, y el pobre hombre muere de la emoción justo después de ganar el clásico. Nadie llora en el cuento. Todos lo envidian, porque morirse así, feliz y con la gloria en las manos, es la mejor muerte que un hincha puede pedir.

Eduardo Sacheri, ya en otro registro, usó el fútbol como trampa narrativa en La pregunta de sus ojos: el asesino que la Justicia no logra atrapar termina delatándose porque no puede resistirse a firmar sus cartas con nombres de viejos jugadores de Racing. Uno puede cambiar de cara, de nombre, hasta de Dios. Del club, no.

Al final, un refugio

Con todo lo turbio que tiene —la extorsión, el racismo cantado a los gritos, la connivencia política, la violencia que ya se cobró vidas, el fútbol argentino sigue funcionando como lo que las instituciones tradicionales dejaron de ser: un lugar donde todavía se puede pertenecer a algo sin que nadie te pida explicaciones. Mientras la escuela pública se vaciaba y el trabajo formal se hacía cada vez más escaso, la cancha quedó como el último territorio donde un tipo cualquiera puede sentirse parte de una historia más grande que su propia vida.

Uno podría pensar que exageran. Que es solo un juego. Pero basta ver a un hincha de sesenta años llorando por un gol como si fuera la primera vez, o escuchar a un pibe de barrio cantarle el himno de su club con la misma devoción que otros le cantan a un santo, para entender que ahí no se está jugando nada. Se está creyendo.

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