No sé si lo mío es ingenuidad o bobada, pero en medio de todas mis divagaciones, desconciertos y farragos he terminado por creer que el odio no existe, sino que se trata de historias mal contadas, de un individualismo acérrimo, áspero y mal disimulado al que se le ven las uñas de los pies.
No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas que todos cargamos algún dolor, alguna cicatriz que no ha sanado, que no ha sellado, que no ha curado, que necesitamos estrellar contra la cabeza de alguien, contra la fragilidad de alguien, contra la bondad de alguien que tuvo la mala suerte de cruzarse en nuestro camino. Es como esas peleas de parejas que en realidad son con las exparejas. O con los papás, o con la vida. Es también un poco como dice Hanna Arendt en su “Banalidad del mal” que eso que llamamos odio es el resultado de un relato incompleto, deformado o manipulado. Es decir, las personas odian porque interpretan la realidad a través de una narrativa que simplifica, exagera o deshumaniza.
El odio rara vez nace de un golpe, de una palabra mal dicha, de un grito o una amenaza. Antes hubo una conversación, un rumor, una versión de los hechos repetida hasta parecer verdad. El odio es un cuento mal echado, pero no basta con contarlo mal. Hace falta que alguien deje de hacer preguntas, que renuncie a pensar, que acepte la comodidad de una explicación sencilla para un mundo complejo. Si la historia se contara desde todos los ángulos, con las dudas, las contradicciones y los silencios incluidos, probablemente el odio perdería gran parte de su combustible. No odiamos tanto a las personas como a las historias que nos contamos sobre ellas.
Por eso, odiar no es fácil. Se necesitan muchos argumentos, muchas pruebas, muchas explicaciones, muchos adjetivos y diptongos y así como no es lo mismo un café aromatizado que una taza mal lavada, algo va de individualismo, la intolerancia, el egoísmo, el miedo, el ego, la soberbia, la arrogancia, al odio.
Todo lo queremos a nuestra medida, a nuestro tamaño porque nos da física pereza escuchar al otro, entender al otro, saber del otro, la extrañeidad, la otredad, la ajenidad, la alteridad, la otritud, la desemejanza, el desespejo. El individualismo ha inflado tanto el ego que una opinión distinta parece una ofensa y eso que llamamos odio aparece cuando confundimos el derecho a disentir con la obligación de pensar lo mismo. El infierno de lo igual que dice Byun Chul Han.
Odiar a los blancos a los negros, a los indios, a los gays, a las lesbianas, a los ateos, a los religiosos, a la derecha, a la izquierda, a los hirvientes, a los tibios, al poder y al no poder,en fin, a los otros y distintos, no es más que miedo, físico culillo de preguntar, de saber, de oír, de mirar, de entender, de comprender, de aceptar.
Tal vez es mi ingenuidad. O mi bobada.














