Hay una mujer en Bogotá —ejecutiva, madre de dos hijos universitarios, con una vida que desde afuera parece completamente resuelta— que lleva más de veinte años contando cada caloría que entra a su cuerpo. No lo llama trastorno. Lo llama disciplina. Y hay un hombre en Medellín —gerente, cincuenta y dos años, separado hace tres—
Querida mía En momentos de renovación siempre quieres llenar la jarra de nuevo sin limpiarla tú, tierra privilegiada y hermosa en tu temperamento, te pareces a la renuncia: conformista, olvidadiza, perezosa, cobarde, indiferente entre la malicia y la desidia construiste tu casa, y por esos terrenos fue por donde te atrapó la lengua[…..]






