Carlos sabía que la tercera foto era la clave. María también. Carlos no sabía que María sabía y María también lo ignoraba.
Se habían encontrado en una app de citas a la que llegaron con desgano y luego de ser empujados por algún amigo cariñoso que buscaba arreglarles lo que consideraba estaba dañado. Ambos sabían que esa era la excusa porque en el fondo les gustaba la adrenalina de ver gente igual a ellos, con caras de necesitados, con ganas de conocer alguien bonito, que les regalaran un like para darle un cariñito a la autoestima.
Podían vivir solos, tenían su vida de alguna manera resuelta, eran bonitos, atractivos, inteligentes, viajados, cultos y buenas personas. En fin, cualquier persona quisiera estar con ellos, por lo que Bumble o Tinder no eran más que un atajo, un camino fácil.
Nadie se los dijo, pero luego de un tiempo se dieron cuenta que más que magia, había algo de truco: El perfil algo genérico, una biografía que dijera algo sin decir mucho, filtros ajustados por edad, por intereses, por territorio, pero, sobre todo, las fotos. La primera foto era publicidad, la segunda, estrategia y la tercera era la persona real. Siguieron el manual al pie de letra.
Durante semanas jugaron a analizar los perfiles de otros, a ver y descartar, a encontrarse con conocidos como quien se encuentra a la hermana saliendo de un motel, a leer lo de siempre: “ si quieres sexo casual acá no es”, “quiero alguien sencillo y amable”, “soy de derecha”, “me gusta bailar”, “no hombres inestables que no sepan lo que quieren”, “mis causas son el voluntariado y los animales”, “el mundo sería mejor si tuvieran a Dios como el centro de sus vidas”. Y las fotos. Lo habían convertido en religión, casi en un dogma. Pasaban rápidamente de la primera a la segunda y de la segunda a la tercera.
Hasta que el universo hizo lo suyo. Una mañana se encontraron sin buscarse como Horacio Olivera y la Maga en la Rayuela de Cortázar. Tal vez fue un sábado temprano mientras ella se tomaba un té después de tender la cama, arreglar la casa y vestirse como quien va a una cita de trabajo. Tal vez fue ese sábado mientras el volvía del gimnasio, tomaba algún refresco y se sentaba a escuchar la música de Lerner.
Sabían que un “ me gusta” podía no significar nada, pero que bien trabajado, con las palabras y el interés adecuado podía convertirse en casi todo. Como los insomnios. Se hablaron, tímidamente al principio y luego, de a poquitos se fueron tomando confianza, se contaron cositas, se escudaron en emojis de caritas hasta que por fin se pasaron al whastapp.
Tres charlas bastaron para verse. Ella estaba al fondo del café. Había llegado un poco antes, no por cumplida sino por desconfiada. Sabía que debía pedir algo sencillo que le permitiera huir si el hechizo no duraba más allá de diez minutos. El la vio de lejos a pesar de su miopía. Ella lo vio de cerca a pesar de su presbicia. Era de los feos no tan feos. Se miraron, se tantearon, se auscultaron, se escanearon, se descifraron, se sospecharon, se intuyeron, se habitaron, se quedaron.
Al segundo café, ella lo admitió:
—La verdad… nunca miré tus fotos.
El quedó desconcertado.
—Entonces ¿por qué me escribiste?
—Porque escribiste “No sé bailar”. La gente que admite eso suele ser interesante.
El pensó unos segundos.
—Era mentira
—No bailas, lo sé,porque el que baila no tiene la obligación de inventarse teorías
– Cómo así que teorías
-Sí, como la de la tercera foto.Entonces… ¿cuál era mi tercera foto?
Carlos tardó en responder.
—La que desapareció cuando te vi porque después de eso ya no volví a mirar la pantalla…
Se despidieron en un semáforo.Ella tomó un taxi. El se fue caminando.
La ciudad estaba llena de personas mirando sus teléfonos. Carlos guardó el suyo en el bolsillo. Por primera vez sintió que la mujer que buscaba no estaba dentro del teléfono sino que iba en ese taxi..












