Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los atardescentes cargábamos la culpa como quien carga una maleta de esas con ruedas dañadas: pesada, incómoda y arrastrándola por todas partes aunque nadie la hubiera pedido prestada. Culpa por llegar tarde a una cena familiar. Culpa por decir que no. Culpa por decir que sí y






