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La historia de radio La Colifata

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Era un día cualquiera de 1991, de esos que no prometen nada especial, cuando Alfredo Olivera, un psicólogo joven y medio soñador, caminaba por los jardines del Hospital Borda en Buenos Aires. El Borda, para los que no lo conocen, es un lugar grande, viejo, lleno de historias y de silencios, donde viven personas que la sociedad a veces prefiere olvidar. Alfredo no era de esos. Él quería escuchar, y más que eso, quería que los demás escucharan. Así que tomó un grabador, de esos que usaban los periodistas de antes, y empezó a pasarlo entre los pacientes. “Hablen lo que quieran”, les dijo. Y hablaron.

Al principio, nadie sabía bien qué iba a salir de ahí. Eran voces temblorosas, otras seguras, algunas llenas de poemas, otras de recuerdos rotos. Alfredo grababa todo y lo llevaba a radios chiquitas, comunitarias, como SOS de San Andrés. “Pongan esto al aire”, pedía. Y lo ponían. Eran pedacitos de dos minutos, como susurros que se colaban entre las canciones y los anuncios. La gente, desde sus casas, empezó a oírlos. Y pasó algo raro, algo lindo: quisieron responder. Llamaban, mandaban mensajes, votaban por el nombre de esa columna rara que nacía. Entre más de 40 ideas, ganó “La Colifata”. En lunfardo, “colifato” es un loco querible, alguien que te saca una sonrisa aunque no lo entiendas del todo. Y así quedó.

Con el tiempo, la cosa creció. Un señor llamado Américo, un oyente con manos inquietas, les regaló un transmisor casero, de esos que parecen sacados de una película de guerra. Lo subían a un árbol cada sábado, porque la señal apenas llegaba a 200 metros. Páez, un interno que cuidaba las llaves de la terraza, se volvió cómplice: abría la puerta y dejaba que pusieran la antena. Mario “Galletita” salía a caminar con una radio portátil, levantando la mano para decir “sí, se escucha”, o agitando los brazos cuando la señal se perdía. Así, entre risas y locuras, La Colifata empezó a sonar más lejos.

No era solo una radio. Era un puente. Los que estaban adentro del Borda, muchas veces olvidados, de pronto tenían un micrófono, un lugar. Hablaban de amor, de política, de la vida misma. Afuera, la gente dejaba de verlos como “los locos” y empezaba a verlos como personas. Hasta Manu Chao, ese músico rebelde, se enamoró de la idea y grabó discos con ellos . En el 2009, grabó Viva La Colifata , un álbum en el que los internos no solo hablaron, sino que escribieron y cantaron, regresando la radio a un espectáculo global. Francis Ford Coppola los metió como extras en una película. Y un día, hasta la Organización Panamericana de la Salud dijo: “Oigan, esto es único en el mundo”.

Hoy, más de 30 años después, La Colifata sigue viva. Tiene su frecuencia, la 100.3 FM, y una antena que ya no necesita árboles para sonar fuerte. Sigue siendo un refugio, un grito suave, un rincón donde la locura no asusta, sino que abraza. Es la prueba de que, a veces, lo que parece roto solo necesita que alguien lo escuche para empezar a sanar.

 

 

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