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Gabriel Romero

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Capítulo del libro de Intermedio Editores: “Confesiones de un hincha” de  Gabriel Romero Campos, Gallo

He dejado de ir al estadio desde hace muchos años. Es un riesgo por la presencia de las barras bravas, que en el último de los casos son hinchas. Hay otra razón más poderosa: el fútbol que se ve es muy precario. Difícilmente se observan jugadores talentosos, y los que se destacan suelen marcharse a Argentina, Brasil, Europa o Estados Unidos.

Cuando la televisión le permite a uno ver torneos como la Liga Premier o la Champions es cuando uno advierte que aquí estamos en la Edad de Piedra. El de aquí es un fútbol lento, deshilvanado, en el que se acude a la fricción y a la fuerza. La técnica de la mayor parte de los jugadores deja mucho que desear. Delanteros que patean o centran mal. Que, en el con- trol, la pelota les rebota. No hay un solo equipo que salga jugando desde atrás como ocurre en las ligas europeas e inclusive brasileras y argentinas.

Aquí no han llegado los cambios del fútbol de hoy, del fútbol de posición y posesión. Aquí se sigue jugando al azar, a lo que salga. Si un equipo no encuentra espacio, no lo busca. Opta por el pelotazo largo. Difícilmente uno halla un equipo que sostenga la pelota y elabore hasta hallar cami- nos de gol.

Quedé asombrado con un trino del técnico y exarquero venezolano Rafael Dudamel, director técnico del Deportivo Pereira. Dudamel había recibido críticas por el pobre nivel del equipo, y su respuesta fue: «El que quiera ver cien pases por partido, que compre Directv para ver al City. Nosotros debemos mejorar con la pelota, pero en este contexto, tenemos que ser pragmáticos». Esto lo expresa un hombre de élite en el fútbol colombiano como Dudamel, que no solo acepta las limitaciones, sino que no da luces de que se pueda cambiar.

No hay, creo, en el directivo, en los entrenadores, en los jugadores, una conciencia de que el fútbol que jugamos aquí es pobre y sin posibilidad de mejora. Es la resignación de quedarse a mitad de camino. Hace bastantes años los directivos se enfocaron en producir jugadores para los mercados extranjeros en detrimento del desarrollo de los equipos.

Todo esto repercute en la Selección Colombia, que tiene una forma de jugar muy similar a lo que vemos aquí. Después de la salida de Pékerman, no hemos encontrado un entrenador que sea respetado por los jugadores o un técnico que tenga una idea y la pueda desarrollar. El portugués Carlos Queiroz fue una gran oportunidad que tuvo el fútbol de evolucionar y ubicarse en el nivel de las élites, y la perdimos. O Queiroz no supo comunicar o la mayor parte de los jugadores no quiso aceptar sus altas exigencias. Nunca sabremos con certeza qué ocurrió, pero lo cierto es que Colombia no fue al Mundial de Catar.

Hoy, después de un inicio promisorio de Lorenzo, han regresado los nubarrones y las dudas. No hay en Colombia un proyecto a largo plazo, liderado por directivos en coordinación con entrenadores y jugadores. La manera como está concebido el fútbol aquí me lleva a esta comparación. Colombia es como ese jugador hábil que en un contragolpe toma la pelota, elude a dos rivales y se acerca al área rival. Tiene un compañero a cada lado. Cada uno está libre, pero el jugador, que tiene un adversario enfrente, elige eludirlo también y tratar de hacer lo mismo con el arquero. Elige la jugada imposible, y el zaguero lo despoja de la pelota. No trascendemos. No tenemos la mente para ganar títulos, para pensar en colectivo. El yo, llevado a su máxima expresión.

Cuando tuve la oportunidad de cubrir fútbol como periodista, me encontré con la siguiente realidad. El directivo solo tiene en su mente el dinero, no una idea de trabajo. El entrenador sobrevive por dinero y no tiene la manera de trabajar a largo plazo, pues se le exigen resultados inmediatos. El futbolista juega, principalmente, por dinero y tiene la cabeza puesta en otro país. El futbolista colombiano tiene el cuerpo en una can- cha del país, pero el alma está en Brasil, Argentina o Europa.

El único que ama y se entrega perdidamente a su equipo es el hincha. El hincha raso, no el de las barras bravas, que tiene intereses económicos. No hay ética en el fútbol. No hay en directivos, técnicos y jugadores, salvo raras excepciones, un sentido del deber ser. No hay una conciencia de respeto al hincha que saca dinero de su bolsillo para ver a su equipo. No hay un conciencia de que jugadores y técnicos son ejemplos para la sociedad. No hay respeto por el hincha. El dinero es el todo. La música que toca el fútbol colombiano es burda, tosca, sin valores, un bafle estridente y malsonante.

Hace falta que en Colombia surja un grupo de líderes que piensen el fútbol. Pensar el fútbol es lo que no hemos hecho a lo largo de nuestra historia. Tal vez, Maturana se acercó a una idea revolucionaria, nos impulsó a llegar a las élites del fútbol mundial, pero su presencia se fue diluyendo, y hasta se terminó haciendo una caricatura de algo que él no dijo. Pues jamás dijo: «Perder es ganar un poco». Fue una frase que le acomodó el humorista Guillermo Díaz Salamanca. Aquí, que somos una sociedad destructiva, no vimos con profundidad la propuesta de Maturana. No hubo nadie que continuara el camino y la perfeccionara.

De manera que no hemos pensado nuestro fútbol. No nos hemos preguntado qué fútbol hemos jugado, qué fútbol jugamos, qué fútbol queremos jugar, qué tipo de jugadores tenemos y qué tipo de jugadores podemos producir, cómo producir más dinero en beneficio de la Selección y de los equipos sin que unos pocos se apropien de todo y no dejen evolucionar. Vivimos el día a día de lo impensado.

 

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