Hay una estadística que debería incomodar a más de uno: en Colombia, el 19% de los estudiantes universitarios varones ha tomado sildenafilo. No hombres de sesenta años con el colesterol disparado y una relación de pareja que pende de un hilo. Muchachos de veinte. Con la testosterona intacta, los vasos sanguíneos impecables y —esto es clave— sin ninguna razón médica para necesitarla.Eso no es un dato de salud pública. Es un espejo.
La historia del sildenafilo empieza, como tantas cosas buenas de la medicina, por un accidente. A finales de los ochenta, los laboratorios de Pfizer en Sandwich —un pueblo inglés con nombre de sándwich— estaban buscando un medicamento para la angina de pecho. Querían dilatar las arterias coronarias, bajar la presión, salvar corazones. El compuesto UK-92,480 era prometedor en papel. En los ensayos clínicos, sin embargo, resultó mediocre para el corazón. Lo que nadie anticipó fue el informe de los voluntarios masculinos: una y otra vez, con una consistencia que no podía ignorarse, los hombres reportaban erecciones.
El 27 de marzo de 1998, la FDA aprobó el Viagra. En doce meses, Pfizer había facturado más de mil millones de dólares. No porque inventaran un deseo que no existía, sino porque encontraron el idioma químico para una angustia que sí existía —y que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. Bob Dole, el senador republicano de Kansas, apareció en televisión hablando de “problemas de erección”. Pelé hizo lo mismo. La disfunción eréctil dejó de ser un secreto de consultorio para convertirse en conversación de sobremesa.
Lo que el fármaco hace, en términos estrictamente biológicos, es modesto en su concepto y elegante en su ejecución. Cuando hay estimulación sexual, el organismo libera óxido nítrico. Ese óxido activa una cadena química que relaja el músculo liso de los vasos del pene, permitiendo el flujo de sangre que produce la erección. Normalmente, una enzima llamada PDE5 interrumpe esa cadena. El sildenafilo bloquea esa enzima. Solo eso. No fabrica el deseo, no dispara la libido, no funciona en el vacío. Sin estimulación, no pasa nada.Es un facilitador, no un motor.
Y ahí está, precisamente, el malentendido que viajó de las droguerías de barrio a los grupos de WhatsApp universitarios de toda Colombia.
En 2013, la patente de Pfizer venció. Los genéricos inundaron el mercado. El precio se desplomó. El acceso se democratizó —y con el acceso, llegó también el abuso. Hoy, el INVIMA ha emitido más de 128 alertas sanitarias sobre productos que se venden como “suplementos naturales” o “energizantes masculinos” en droguerías de barrio, pero que contienen sildenafilo no declarado. Más de 300 productos identificados. Muchos en Rappi. Algunos en WhatsApp. Comprados sin receta, consumidos sin contexto.
El problema no es el fármaco. El problema es la ficción que lo rodea.Un hombre de 55 años con hipertensión arterial que compra uno de esos suplementos “naturales” creyendo que no tiene contraindicaciones, y que además está tomando nitratos para la angina, puede sufrir una caída de presión que lo mate. No es hipérbole. Es farmacología. El sildenafilo más nitratos produce una hipotensión que puede ser fulminante. Y nadie le advirtió nada porque nadie estaba ahí para hacerlo.
El uso en adultos mayores —que es, en rigor, la población para la que fue diseñado— revela otra complejidad. A los 65 años, el cuerpo metaboliza el sildenafilo de manera diferente. El área bajo la curva plasmática puede ser hasta 90% mayor que en un hombre joven, lo que significa que el efecto dura más, pero también que el margen de error se estrecha. La dosis estándar de 50 mg en un joven puede equivaler, en términos de exposición real, a algo considerablemente más alto en un hombre mayor. De ahí que los médicos con criterio empiecen con 25 mg en pacientes mayores de 65 años.
Pero hay algo más: La disfunción eréctil en un hombre de más de 50 años raramente es el problema: casi siempre es el síntoma. Las arterias del pene son más delgadas que las coronarias, y se obstruyen antes. La DE, en muchos casos, es la primera señal de una enfermedad cardiovascular que todavía no se ha manifestado de otra forma. Tratar la erección sin evaluar el corazón es como silenciar la alarma de incendios en lugar de buscar el humo.
Lo paradójico —y esto sí que sorprende— es que estudios recientes en la Universidad de Copenhague sugieren que el sildenafilo podría mejorar el rendimiento muscular en adultos mayores, y que su uso regular se asocia con menor riesgo de desarrollar Alzheimer. Los mecanismos hipotéticos incluyen mejor flujo sanguíneo cerebral y modulación de proteínas amiloide y tau. Los investigadores son cautelosos —como deben serlo— pero la dirección de la evidencia es, cuando menos, intrigante.
¿Y las mujeres? Aquí la historia se vuelve más honesta en sus límites.La Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología revisó los ensayos de sildenafilo tópico al 3.6% para el trastorno de excitación sexual femenina, y su conclusión fue clara: la evidencia es de baja calidad. El flujo sanguíneo local aumenta. Pero eso no siempre se traduce en satisfacción sexual subjetiva. El deseo femenino es considerablemente más complejo que la hidráulica, y ninguna crema lo resuelve sola.
Donde sí hay datos más sólidos es en mujeres que usan antidepresivos ISRS y experimentan disfunción sexual como efecto secundario. En ese contexto específico, dosis bajas de sildenafilo han mostrado resultados prometedores. No es un afrodisíaco. Es una herramienta clínica puntual, usada fuera de su indicación formal, en un contexto donde los beneficios justifican el riesgo.
Colombia consume. Eso está documentado. El grupo terapéutico genitourinario —donde vive el sildenafilo— registró ventas por 947 mil millones de pesos en 2023. El canal comercial lo domina la automedicación. En Bogotá, donde apenas el 15.6% de los adultos mayores no toma ningún medicamento, la polifarmacia es la norma, y nadie —o casi nadie— está revisando que el sildenafilo no interactúe con el ritonavir del paciente con VIH (que puede multiplicar por 11 los niveles del fármaco en sangre), o con el cannabis que el mismo hombre compró en el mismo lugar.
El INVIMA tiene normas. La Resolución 1896 de 2023 regula la publicidad de estos medicamentos. La Ley 2055 de 2020 y la Política de Envejecimiento 2022-2031 reconocen la sexualidad como un derecho de los adultos mayores. El papel aguanta todo.
La droguería de la esquina, sin embargo, sigue vendiendo sin receta. Y el muchacho de 22 años sigue comprando porque escuchó en algún podcast que “le da más aguante”, sin saber que lo que puede estar construyendo es una dependencia psicológica hacia un fármaco que no necesita —y una desconfianza creciente hacia su propia respuesta natural.
La pastilla azul no es el villano de esta historia. Tampoco es el héroe que algunos quieren que sea.Es un medicamento extraordinariamente bien diseñado, con un mecanismo elegante, un perfil de seguridad robusto cuando se usa correctamente, y un potencial terapéutico que todavía no hemos terminado de entender. Lo que sí es cierto es que Colombia —como buena parte del mundo— se lo tomó sin leer las instrucciones. Y las instrucciones, en este caso, incluyen un médico.











