Para dar continuidad y coherencia a este maravilloso ejercicio de rescatar la memoria personal, quiero dedicar estas letras a uno de los episodios más hermosos de mi vida: una disciplina que se convirtió, con el tiempo, en una inseparable compañera que me escolta tanto en los momentos cotidianos como en los más cruciales: la música. Ella no es para mí un pasatiempo; es un apéndice de mi alma y la socia de mi existencia. Sin pretensiones de experto ni de intérprete, este arte se transformó en la extensión natural de mis vivencias más profundas.
Mis primeros recuerdos se anclan en los inicios de la década del 60 cuando, reunido en la sala de la casa con mis hermanos en torno a la radiola familiar, escuchaba en viejos vinilos los clásicos cuentos infantiles: El soldadito de plomo, Mambrú se fue a la guerra y otros tantos. Mi mente recreaba y se transportaba a escenarios inimaginados. Crecí en las mañanas de domingo, cuando mi padre solía retirarse a leer acompañado por alguna ópera o zarzuela, mientras yo le preguntaba por las historias de Madame Butterfly. Toda esa afinidad creció y se alimentó cuando con mi hermano, mi compañero de cuarto, sintonizamos emisoras como la Voz de América, desde Estados Unidos, y Radio Progreso («La onda de la alegría»), desde La Habana; todo esto gracias a un radio Zenith de onda transoceánica, de tubos, heredado de mi abuela. Ya para ese entonces, año 1962, empezaba a inquietarme el son cubano.
A mi padre, a quien realmente debo la afinidad musical, le gustaba ser un gran anfitrión. Con regularidad invitaba a casa a un grupo de amigos intelectuales para compartir grandes veladas. Contaba con un exquisito y selecto grupo de ellos y, obviamente, la música amenizaba las noches de bohemia. En aquellas jornadas fui nombrado disc-jockey oficial. En un tornamesa New Yorker descubrí el peso emocional del bolero, la elegancia y el estilo conversacional de los crooners como Frank Sinatra y Tony Bennett y el sabor y cadencia de nuestro ritmo caribeño escuchando Pachito E’ché o Carmen de Bolívar de Lucho Bermúdez. Entre el humo de las charlas y el brillo del acetato, mi oído se educó en la más exquisita bohemia.
Mi hermano Lucho (hoy autodenominado Keshavananda, o simplemente Kesha), mi compañero de cuarto, tuvo la suerte de ser enviado por mis padres a los Estados Unidos en busca de un mejor destino. Para mi fortuna, y después de dos años de intentarlo y de extrañar el terruño, regresó con guitarra eléctrica, amplificador, tocadiscos portátil y una sobrecarga de música de toda la Nueva Ola, marcada por el grupo que nos hacía vibrar en ese momento: Los Beatles. Fueron largas noches de profundo aprendizaje y total escucha de las mejores canciones de los “Cuatro de Liverpool”, gracias a unos cuantos LP que trajo también bajo el brazo; heredé, prácticamente por ósmosis, toda la buena onda de la «beatlemanía».
En el ocaso de los 60, la onda del rock hizo mella. Nadie podría desconocer la influencia de Woodstock: tres días de música, paz y amor por donde desfilaron Joplin, Hendrix, Santana, Cocker, Havens, Crosby, Stills, Nash & Young. El mundo musical cambió vertiginosamente y la cultura hippie nos impregnó en todo sentido: en nuestra manera de ver la vida, de enfrentarla, en la forma de vestir y en la de entender el arte. Indiscutiblemente, esa época nos marcó; ya no volvimos a ser los mismos después de ese estallido de libertad.
Ya en los 70, cambié la sala de la casa por las luces de la discoteca: nace la música disco. Con ella vino un movimiento que nos concentró en lugares emblemáticos como La Fuente Azul, La Luna, Keops Club, Discovery, Unicornio y una de las mejores: la 98 Inn. Mis dotes de bailarín se manifestaron ante la pegajosa música de Saturday Night Fever y los Bee Gees, Donna Summer, Earth, Wind & Fire, Kool & the Gang y Boney M. ¿Quién podía resistirse a una nueva manera de vivir la noche? Una nueva cultura que, al igual que la hippie, marcó una tendencia en todos los aspectos, no solo musicales; mi apariencia guardaba rezagos del viejo Village de Nueva York. Qué época; las mejores noches y las mejores madrugadas.
En los 80, la dirección musical tomó un rumbo variado, más latinoamericano. La samba, el bossa nova y la canción social de protesta se pronunciaron de manera inequívoca. Buarque, Maria Bethânia, Gil, Costa, Caetano Veloso y Elis Regina me acompañaron en veladas de bohemia. Me deleité con la canción social cuando cualquier excusa era buena para debatir; allí estuvieron Sosa, Serrat, Cortez, Cabral, Gieco y Yupanqui, junto a los locales Ana y Jaime, Pablus Gallinazus y Norman y Darío. Encontré en la trova de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés el mapa definitivo de mi historia. Guardo mis mejores recuerdos al recorrer La Habana(2014) y comprobar que, a través de las letras de sus canciones, Yolanda —Una mujer con sombrero— recorre la ciudad de las columnas en el breve espacio en que no estás. Y que, cuanto gané, cuanto perdí, solamente importa si ella me faltara alguna vez al cumplir una cita con ángeles, Ojalá… Quien fuera un bello unicornio. Ahí está, te dejo una canción.
Hoy, al repasar estas décadas, entiendo que mi memoria no está hecha de fechas, sino de acordes y melodías que siguen vibrando en mi presente. La música ha sido la brújula que me permitió navegar desde la nostalgia de los boleros de mi padre hasta el grito de libertad de mi propia juventud. En mi hoy, cada nota sigue siendo un refugio y una renovación; no escucho la música como quien visita un museo, sino como quien respira un aire nuevo cada mañana. Sigo descubriendo matices en los viejos acetatos y dejando que las nuevas armonías me sorprendan, porque mi oído permanece tan curioso como en los días del viejo radio Zenith.
No soy solo quien recuerda; soy un hombre que habita el hoy a través de la suma de cada vinilo que hice girar y de cada letra que me ayudó a entender el mundo. La música es mi lenguaje presente, el pulso que marca mi marcha. Por eso, con la gratitud de quien ha encontrado su ritmo definitivo, puedo asegurar que, sin importar la melodía que la vida me proponga, mi alma siempre estará lista y dispuesta para seguir… al son que me toquen.
P.D. El de la foto es mi hermano Kesha (antes Lucho)