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El primer amor

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Manolo Zota

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Manologos

Con la edad uno aprende a dosificar. A discutir menos. A gastar mejor la energía. A no alterarse por cualquier cosa. A entender, por fin, que no todo merece el mismo nivel de drama. Eso aplica para casi todo. Menos para un hincha. En mi caso para uno de Millonarios.

Porque ser hincha no madura. No evoluciona. No se corrige. Apenas envejece con uno. Y ese es el detalle más humillante: mientras la vida le va enseñando a uno a relativizar casi todo, el fútbol sigue encontrando la manera de volverlo un completo irresponsable emocional. Un adulto funcional, sí, pero apenas rueda la pelota, también un ser primitivo que le grita al televisor como si estuviera rindiendo indagatoria.

Lo grave no es amar un equipo. Lo grave es la forma. Porque el hincha no quiere a su club como una persona equilibrada quiere algo en la vida. No. Lo quiere como se quieren las malas decisiones: con intensidad, con antecedentes y sin haber aprendido nada de experiencias anteriores. Uno debería curarse. De verdad debería. Después de tantos partidos horribles, tantos “este año sí”, tantos papelones, tantas noches dañadas por once hombres que ni saben que uno existe, lo mínimo sería desarrollar una defensa emocional. Una distancia. Un poco de dignidad afectiva. Pero no. El hincha insiste.

Ahí radica todo: el hincha es un especialista en reincidir. Una persona que convierte la esperanza en hábito y la decepción en rutina, sin que eso le impida volver a creer el domingo siguiente. Lo tumban, se levanta. Lo ilusionan, cae. Lo traicionan, vuelve. Más que amor, eso ya parece una membresía en el dolor. Y, sin embargo, uno sigue. Sigue organizando la agenda según el partido. Sigue dañándose el humor por un resultado. Sigue haciendo cuentas absurdas en la tabla como si dependiera de eso una reforma constitucional. Sigue convencido de que si se sienta en el mismo puesto, si usa la misma camiseta o si no mira el penalti, algo podría salir mejor. El hincha no es racional. El hincha es supersticioso con argumentos.

Ese es otro hallazgo triste que trae la edad: de joven uno gritaba por impulso; de grande también, pero con análisis táctico. Ya no solo se sufre: ahora se sufre con diagnóstico. Uno no dice “qué partido tan malo”, sino “el problema es que el equipo parte largo, no hay retroceso, y la banda izquierda es una zona de duelo psicológico”. O sea, la misma locura, pero con vocabulario técnico.

Lo más absurdo es que nada de esto sirve. El equipo no mejora porque uno se amargue. El árbitro no corrige porque uno lo insulte. El delantero no define mejor porque uno se pare del sofá. No hay ninguna relación lógica entre nuestro sufrimiento y el resultado final. Y aun así actuamos como si cargar con esa angustia fuera parte del contrato moral de ser hincha.

Como si sufrir fuera una prueba de lealtad. Y tal vez lo es. Porque en el fondo el equipo no es solo el equipo. Ahí está la trampa. Millonarios no se queda en la cancha. Semezcla con la memoria, con la infancia, con la casa, con una versión de uno mismo que aprendió demasiado temprano a emocionarse por colores, por escudos y por domingos que podían salir bien o salir horriblemente mal.

Por eso no se suelta. Porque uno no deja de ser hincha del mismo modo en que no deja de ser quien fue a los diez años. Lo puede disimular. Lo puede racionalizar. Lo puede insultar incluso. Pero ahí sigue.

Así que no, la edad no cura ser hincha. La edad lo único que hace es volver más ridículo el espectáculo: un señor que ya debería estar por encima de ciertas cosas, respirando hondo por un tiro libre en la mitad de la cancha, negociando su paz mental con un partido que probablemente le devolverá muy poco y le quitará bastante.

Pero también, siendo honestos, qué bueno que todavía exista algo capaz de hacer eso. Qué bueno que todavía haya algo que nos saque de la compostura, que nos devuelva la fe sin garantías, que nos vuelva absurdos, intensos, desmedidos. Porque quizá en ese pequeño desorden del alma está la prueba de que no todo en uno se ha vuelto prudente, calculado y frío.

Hay amores que la edad vuelve más sensatos. Y hay otros, como este, que simplemente se niegan a envejecer.

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