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El triángulo de oro

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Gabriel Lievano

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Relatos de Koco

Recorrer por la memoria lo que fue la infancia, la niñez y la adolescencia en los años 60-70 no sería igual si no miramos la convivencia con el vecindario del Polo. Considerado en la época como uno de los  sitios más estratégicos del norte de Bogotá, nuestro barrio colindaba con otros igualmente tradicionales y emblemáticos. ¿Cuáles eran esas fronteras?

Para entender aquellas fronteras de la época, inicié mi recuerdo por el oriente. Al salir por la calle 85, me encontraba con dos muy queridos y recordados vecinos que, a pesar de tener denominaciones urbanísticas distintas, se sentían como parte de nosotros: Los Álamos y Los Pinos. Resulta imposible olvidar los buenos “picaditos” de fútbol los sábados en la mañana; allí nos congregábamos y, tras mezclarnos, conformábamos los equipos contrincantes del momento. Si algo tuvo El Polo, fue grandes futbolistas. En contraste, los edificios que hoy existen en la 85 con paralela no eran en ese entonces siquiera proyectos. De hecho, pasar por ese lote camino a la Autopista Norte revestía el riesgo de enfrentar a una jauría de perros que celosamente cuidaban el sitio. Cruzar la autopista, por el contrario, no era tan peligroso. Como el parque automotor era reducido, atravesarla se convertía más bien en una diversión; de hecho, no olvido haber salido alguna vez a ese punto para ver pasar la llegada de la Vuelta a Colombia en bicicleta.

Por otro lado, el barrio Antiguo Country, habitado por familias muy cachacas, emblemáticas y que rayaban en la alta alcurnia, era tan solo mi paso obligado hacia la terminal del “Municipal”, el transporte que me llevaba al colegio. Asimismo, esta ruta me conectaba con el teatro Almirante, el Chiquito y el bulevar de la época donde nos dábamos cita para recorrerlo y, eventualmente, conocer niñas: la emblemática carrera 15. Al avanzar por ella en sentido sur, llegaba a El Lago y a todo lo que allí ocurría, como La Vinería, el Teatro El Lago, Ranch Burger, Beer House y el coffee shop.

Posteriormente, al tomar la calle 87 y subir por ella, me topaba con el parque del caño, hoy rebautizado glamurosamente como el parque del Virrey. Este trayecto era mi camino obligado cuando, en vacaciones, me unía a un buen grupo de amigos en plan de excursión hacia los montes de La Calera.

Por el costado norte, teníamos la vía férrea —que aún se conserva— como centro de mucha actividad. Solía colocar monedas o tapas de gaseosa sobre el riel para esperar ansioso a que, sobre las 5:30 p. m., el autoferro(una especie de tren moderno de la época) pasara y las aplastara. Seguramente debo tener guardada en algún lado mi colección de monedas y tapas aplastadas. Obviamente, no podría faltar en este relato el párroco del barrio, quien organizaba peregrinaciones en tren hacia la Virgen de Chiquinquirá.

Por su parte, los terrenos que circundaban la carrilera eran montículos y potreros silvestres. Aquel era el terreno ideal para jugar a los “policías y ladrones”, o para hacer navegar modelos a escala en los grandes charcos que se formaban durante el invierno. Una vez cruzado el potrero, accedía a los barrios Patria y San Martín, este último con una propuesta arquitectónica bastante aventurada. Atravesar estos sectores me permitía entrar directamente a la avenida Suba y a la Escuela Militar. Aledaño al barrio Patria, divisaba a los vecinos de La Castellana que, al igual que El Polo, eran un gran referente en la zona. Nadie podría decir que no se emocionaba con los espectaculares partidos de fútbol con balón de cuero y de béisbol con pelota tesa que jugábamos contra ellos en las canchas de la capilla del Polo; aunque, claro, más de un partido terminó en pelea.

Finalmente, por el costado sur, al salir o entrar por la carrera 24, no puedo dejar de mencionar la parada obligada de los más viejos en la tienda de doña Teresa —tema de un próximo relato— para refrescar el gaznate con una fría, una “amarga” o “agria”, como solía decirse. Contiguo a este negocio se alzaban los depósitos de Eternit, rodeados por un gran muro de ladrillo que el 9 de febrero de 1967 por poco sucumbe ante un fuerte temblor. Justo al lado estaba la calle 80 en construcción, por donde transitaban las rutas de transporte urbano, incluido el desaparecido trolebús, operado por dos cuerdas ancladas a las líneas eléctricas.

Tras cruzar la 80, aparecía el barrio Santa Sofía y su emblemático teatro Junín, el cual frecuentaba asiduamente con mis amigos, ya que era el único del sector donde proyectaban dos películas seguidas. Contiguo al teatro se encontraba la casa del sastre ecuatoriano, a donde llevaba nuestra ropa en desuso y en buen estado a cambio de unas monedas para mis necesidades, o como parte de pago de algún arreglo de sastrería.

Hacia el sector suroriental, se ubicaba el barrio San Felipe —hoy un reconocido circuito artístico—, donde habitaban los eternos rivales. Ellos, al mejor estilo de un club de la pelea, eran los contrincantes de Nano Moreno, nuestro defensor, famoso por su clinch de derecha a la mandíbula. ¡Qué peleadera! Sin embargo, no puedo olvidar que allí mismo funcionaba la famosísima Gallera San Miguel, sitio tradicional al que acudía la más encopetada estirpe política bogotana, así como el emblemático restaurante Los Tres Alegres Compadres.

Evocar aquellos tiempos en El Polo ha sido comprobar que la felicidad no dependía de grandes lujos, sino de la libertad de correr por sus potreros, de la complicidad de los amigos y, por supuesto, de tener la suerte de no ser alcanzado por los perros de la autopista. Hoy, cuando paso por esas mismas calles —ya sin trenes, sin canchas de tierra y con más carros de los que mi mente infantil habría podido imaginar—, no puedo evitar sonreír con un toque de orgullo. Fuimos los reyes de un norte de Bogotá que ya no existe, sobrevivientes del temblor del 67 y coleccionistas profesionales de tapas aplastadas. Y aunque el barrio haya cambiado y nosotros tengamos algunas canas de más, me queda el consuelo de saber que, si la nostalgia se pone muy pesada, siempre podré emular al gran Nano Moreno y meterle un buen clinch de derecha para quitármela de encima.

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