Hay una frase que se repite mucho y que, de tanto repetirse, corre el riesgo de volverse un adorno de nevera: “hay que amarse a uno mismo”. Suena bonito. Lo difícil es practicarlo.Porque amarse no es admirarse frente al espejo ni convencerse de que uno es extraordinario. Eso es publicidad. El amor propio es otra cosa. Es una forma de lealtad. Una decisión silenciosa de no abandonarse.
A los veinte años uno busca que lo quieran. A los treinta busca que lo aprueben. A los cuarenta intenta demostrar algo. Pero después de cierta edad aparece una pregunta más incómoda: ¿yo me elegiría a mí mismo? ¿Me sentaría a conversar conmigo una tarde entera? ¿Tendría paciencia con mis defectos? ¿Me trataría con la misma comprensión que les ofrezco a otros?No siempre la respuesta es agradable.
Muchos hemos sido generosos con el mundo y despiadados con nosotros mismos. Perdonamos errores ajenos que jamás nos perdonaríamos. Comprendemos las heridas de los demás mientras escondemos las propias como si fueran una vergüenza. Nos exigimos una perfección que nunca le pediríamos a un amigo.Por eso amarse requiere valor.
Valor para aceptar que la vida no salió exactamente como la imaginábamos. Valor para mirar las cicatrices sin convertirlas en identidad. Valor para reconocer que algunas derrotas no nos hicieron menos valiosos y que algunos éxitos tampoco nos hicieron mejores. Valor para dejar de compararnos con personas que viven una existencia editada para las redes sociales y empezar a habitar la única vida que realmente nos pertenece.
Hay una serenidad especial que llega cuando uno deja de pelear consigo mismo. No es resignación. Es reconciliación. Es entender que somos una mezcla imperfecta de aciertos y torpezas, de luces y sombras, de valentías y cobardías. Exactamente como todos los seres humanos que han pasado por este planeta.
Tal vez el amor propio no sea una emoción. Tal vez sea una práctica. Algo parecido a regar una planta. No ocurre una vez y para siempre. Hay que volver a hacerlo cada día. Con paciencia. Con ternura. Con disciplina.
Y quizás esa sea la tarea secreta de esta semana: hablarse con un poco más de amabilidad. No porque seamos especiales. Sino porque después de tantos años caminando juntos, uno merece convertirse en un buen compañero de sí mismo.












