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¿Y qué es la ultraderecha?

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Jaime Burgos

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En Colombia se usa la palabra “ultraderecha” como si fuera un insulto de WhatsApp, sin saber muy bien qué significa, y esa imprecisión le hace un favor enorme precisamente a quienes más deberían ser escrutados.Entonces: ¿qué es, exactamente, la ultraderecha?

El politólogo holandés Cas Mudde —el académico más citado del mundo en este tema, con la paciencia de quien lleva décadas explicando lo mismo— la define por tres ejes: nativismo, autoritarismo y populismo. El nativismo es la idea de que el país le pertenece a “los de aquí” y que cualquier elemento extraño —el inmigrante, la minoría, la agenda internacional— es una amenaza al cuerpo nacional. El autoritarismo es la convicción de que el orden vale más que las libertades individuales, especialmente las de los que molestan. Y el populismo es el relato del pueblo virtuoso —trabajador, honrado, sufrido— enfrentado a una élite corrupta que lo traiciona sistemáticamente.

Pero Mudde hace una distinción que la mayoría de los comentaristas ignoran porque arruina la comodidad de los extremos: no toda la ultraderecha es lo mismo. Hay una diferencia entre la derecha radical populista —que acepta las reglas del juego democrático aunque quiera reescribirlas desde adentro— y la extrema derecha tradicional, que preferiría que el juego no existiera. La primera gana elecciones. La segunda, históricamente, prefirió los golpes de Estado.Con esa brújula en mano, miremos a los protagonistas.

Javier Milei es, de los tres, el más ideológicamente consistente. Y eso, paradójicamente, lo hace el más fácil de entender y el más difícil de debatir. Su doctrina tiene nombre propio: paleolibertarismo, una corriente formulada por Murray Rothbard y Hans-Hermann Hoppe que mezcla el libre mercado más radical —sin banco central, sin Estado de bienestar, sin regulación que se interponga entre el individuo y el mercado— con un conservadurismo cultural férreo. La familia nuclear. La iglesia. Las jerarquías naturales. La idea de que esas instituciones son el único dique real contra la expansión estatal, porque le dan al individuo identidad y redes de apoyo que no dependen del gobierno.

Lo que hizo Milei en Argentina fue tomar ese marco teórico y convertirlo en una performance de la crisis. El país llevaba décadas de inflación acumulada, de peronismo cíclico, de promesas rotas. Milei llegó con una motosierra literal en los mitines y un lenguaje que no pedía perdón por nada. Su pueblo no era étnico ni romántico —no apelaba a “los argentinos de pura cepa”— sino abstractamente moral: el ciudadano que trabaja y sufre frente a “la casta” que parasita. Ganó con el 56% de los votos. La academia lo llama populismo de crisis. En la calle simplemente lo llaman Javier.

Donald Trump es más difícil de encajar en una sola categoría porque en el fondo Trump no es ideológico: es temperamental. Lo que el trumpismo construyó —el MAGA, el Make America Great Again— fue un nacionalismo proteccionista que rompió con décadas de ortodoxia librecambista republicana. En su discurso de investidura de 2017 habló de la “carnicería estadounidense” —American carnage— con la retórica de alguien describiendo una catástrofe que solo él puede detener. Comprar americano, contratar americano, desconfiar de los acuerdos multilaterales, hostigar a la prensa, cuestionar los contrapesos judiciales.

Lo que Trump entendió antes que nadie —antes que sus propios asesores, que la mayoría de los analistas, que el Partido Republicano institucional— fue que había una clase media blanca, desindustrializada, humillada por la globalización, que no se sentía representada por nadie y que estaba dispuesta a votar por alguien que al menos tuviera la descortesía de decir lo que pensaba. La crueldad no era un defecto del mensaje. Era el mensaje.

Nayib Bukele es el caso más inquietante de los tres, precisamente porque es el más difícil de rechazar desde el lugar común. Llegó al poder en El Salvador en 2019 con el 53% de los votos, expulsado previamente del izquierdista FMLN por sus métodos confrontativos. No venía de la derecha por convicción doctrinaria. Venía del pragmatismo puro.

Lo que construyó después es lo que los politólogos llaman autoritarismo electoral: un régimen que mantiene la forma democrática —las elecciones, el voto popular, la retórica del mandato ciudadano— mientras desmantela metódicamente el contenido. El 9 de febrero de 2020 ocupó la Asamblea Legislativa con tropas del Ejército para forzar la aprobación de un crédito de seguridad. Después cooptó la Sala de lo Constitucional y el Ministerio Público. El índice de independencia judicial de El Salvador pasó de 0,58 en 2019 a 0,02 en 2024. No es una caída. Es una ejecución.

Y sin embargo: los índices de criminalidad bajaron de manera espectacular. Las maras, que durante décadas hicieron de El Salvador uno de los países más violentos del mundo, fueron aplastadas bajo un régimen de excepción renovado sistemáticamente, con más de setenta mil personas detenidas en condiciones que las organizaciones de derechos humanos documentan con horror. Bukele llama “ratas que defienden a otras ratas” a quienes señalan esos abusos. Y su popularidad no ha bajado.El miedo al crimen, bien administrado electoralmente, puede ser más potente que cualquier constitución.

Ahora: ¿qué tienen en común estos tres con Abelardo de la Espriella?Mucho más de lo que De la Espriella admitiría en público, y probablemente más de lo que él mismo ha sistematizado.Lo primero es el estilo. Los tres —Milei, Trump, Bukele— entendieron que en la política contemporánea la forma es el fondo. Que la coherencia ideológica importa menos que la autenticidad percibida. Que decir lo que “nadie se atreve a decir” es, en sí mismo, un programa político. De la Espriella opera exactamente en esa frecuencia: la confrontación directa, la masculinidad exacerbada como señal de seriedad, la ridiculización de las agendas progresistas como mecanismo de distinción. Su movimiento no vende un plan de gobierno detallado. Vende actitud. Y en el mercado de la indignación, la actitud cotiza alto.

Lo segundo es el enemigo. Milei tiene a “la casta”. Trump tiene a las “élites globalistas”. Bukele tiene a las pandillas y a sus supuestos defensores. De la Espriella tiene al establecimiento político tradicional, al progresismo del gobierno Petro y a lo que él llama, con ese tono que mezcla el micrófono de abogado con el de predicador, la destrucción del “país milagro”. El enemigo no necesita ser preciso. Necesita ser visceral.

Lo tercero —y esto es lo que más debería llamar la atención— es la relación con las instituciones. Los tres líderes internacionales llegaron al poder con discursos antisistema y una vez dentro usaron las instituciones para consolidarse, no para fortalecerlas. Bukele con el Ejército en el Congreso. Trump con el cuestionamiento sistemático a la justicia. Milei con una guerra declarada contra el banco central y el Estado en todas sus formas. De la Espriella todavía no ha llegado al poder, lo cual significa que todavía estamos en la fase del discurso. Pero el patrón del discurso es reconocible.

Y aquí es donde Laureano Gómez entra, no como fantasma sino como espejo.El “Monstruo” —apodo que sus adversarios le pusieron y que él usó como medalla— era un político de una ferocidad retórica que pocos en la historia colombiana han igualado. Educado por los jesuitas, formado en el neotomismo más duro, convencido de que la política era un combate espiritual contra las fuerzas del mal secular —el liberalismo, la masonería, el comunismo, los judíos, todo mezclado en una misma “conjura”—, Gómez no debatía: aniquilaba. Llamaba “microbio” a Lleras Restrepo. Se mofaba de la sordera de sus propios copartidarios. Atacó a Gabriel Turbay en 1946 porque, según él, no corría por sus venas “ni una sola gota de sangre colombiana”. Era de origen sirio-libanés.

En 1928, en el Teatro Municipal de Bogotá, expuso su tesis racial con la serenidad de quien está leyendo un diagnóstico médico: Colombia estaba condenada al atraso por su mezcla de “españoles fanáticos, indios salvajes y negros primitivos”. La historiografía lo compara directamente con lo que Hitler estaba escribiendo por esa misma época en el Mein Kampf. No es una comparación exagerada. Es una comparación documental.

¿En qué se parece eso a De la Espriella, a Trump, a Bukele, a Milei?En la estructura profunda del argumento, no en el contenido literal. Gómez también tenía su pueblo —la Colombia católica, blanca, hispánica, ordenada— y sus enemigos —los liberales, los masones, los comunistas, los extranjeros—. También usaba la humillación como herramienta política. También construía su autoridad sobre la premisa de que él, y solo él, veía con claridad lo que los demás preferían no ver.

La diferencia es que Gómez tenía una doctrina coherente, por perturbadora que fuera. El corporativismo que diseñó para la constitución de 1953 —un Senado de gremios, no de ciudadanos; una educación controlada por la Iglesia; la libertad religiosa reducida al ámbito privado— era un proyecto político articulado, con referencias filosóficas, con una lógica interna. Era monstruoso, pero era consistente.Lo que la nueva ultraderecha colombiana tiene, en cambio, es más performance que doctrina. Más viralidad que programa. Más rabia que sistema.Eso no la hace menos peligrosa. A veces la hace más.

Porque Laureano Gómez, con toda su ferocidad, tardó décadas en llegar al poder y fue derrocado por sus propios aliados antes de consumar su proyecto. Los nuevos tienen TikTok, tienen audiencias fragmentadas, tienen el colapso de la confianza institucional como combustible permanente, y tienen el ejemplo de Bukele para demostrar que todo esto, efectivamente, puede funcionar.

El espejo entre Gómez y De la Espriella no es perfecto. Nunca lo es. Pero cuando alguien llega a la política colombiana hablando de restaurar el orden, ridiculizando a sus adversarios con la crueldad de quien sabe que eso entretiene, y construyendo su identidad política sobre la indignación más que sobre las ideas, vale la pena mirar qué hay detrás del vidrio.

A veces lo que se ve no es nuevo. Solo lleva distinta corbata

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