Siempre creo que soy pedacitos de los demás, una especie de vitral inagotable que se va armando cada día cuando el universo me da la oportunidad de ser tocado por los otros. Que sea ola no me hace dueño del mar y que sea playa no quiere decir que tenga los pies bien puestos en la tierra…
A veces me pierdo en mi misma mismidad, pero siempre encuentro el camino de regreso en mis otros. En sus ojos, en su cara, en sus manos, en su risa. En tus ojos, en tu cara, en tus manos, en tu risa, en tu sexo. Aprendo, sé, confronto, distingo, niego, afirmo, siento, pienso, imagino, recuerdo, olvido, dudo, creo, deseo, temo, espero, amo, sufro, disfruto, sueño, intuyo, comprendo, acepto, cambio, construyo. Mis rasguños son intentos frustrados de los otros.
Anattā es uno de los conceptos centrales del budismo y suele traducirse como “no-yo”, “no-ser” o “ausencia de un yo permanente”. La idea básica es que aquello que llamamos “yo” no es una entidad fija, eterna e independiente, sino un proceso cambiante compuesto por múltiples factores físicos y mentales.
Por eso, los otros son espejo y son reflejo y por eso la soledad tiene ese color ocre y opaco que aburre y decepciona. Mi solitud, en cambio es el momento de mirarme, de cuidarme en mi lugar seguro, de reflejarme en los demás en plena libertad, de chapotear en mis propios charcos, de ser el otro de los otros y el demás de los demás. Soy y existo con los otros. Soy y existo en los otros. Todo soy en el sentido en que nada me pertenece- como decía Andrés Caicedo- en el sentido en que nadie me pertenece, digo yo.
Mis otros son inmoribles -o por lo menos eso quiero- porque aspiro a vivir en su recuerdo, en su corazón o en sus nostalgias porque como dice Borges “el mayor defecto del olvido es que a veces incluye a la memoria”. La nostridad es un encuentro y no un lugar. Son dos estrellas titilantes que se tocan y se estrellan, que se abrazan y se aman, que se rompen y se cosen. Mi vida está hecha de encuentros. Soy, en buena medida, las conversaciones que he tenido, los abrazos que recibo, las personas que he amado y aquellas que me han dejado huella. O cicatriz.
Al final no soy más que trozos de momentos, migajas de recuerdos que he ido construyendo a cada día, pedacitos de inmoribles que moriremos algún día.












