Hay una edad en la que uno ya debería tener ciertos aprendizajes claros. Que el cuerpo no perdona. Que el azúcar cobra. Que una mala almohada puede arruinar una semana. Y que después de los cincuenta hay una regla casi universal en la amistad masculina: amigo que se cuadra, amigo que se pierde.
No siempre, claro. Hay excepciones. Seres evolucionados, organizados, emocionalmente funcionales, capaces de tener pareja y amigos al mismo tiempo. Pero son pocos. Casi una especie protegida. Lo normal es otra cosa. Uno tiene un amigo. De años. De esos con los que uno ha sobrevivido trabajos, matrimonios, separaciones, deudas, malas decisiones, partidos horribles y almuerzos que empezaron a las doce y terminaron hablando de la próstata a las cinco. Un amigo sólido. Hasta que consigue novia. Y entonces desaparece. No de golpe. Eso sería demasiado evidente. Primero empieza a cancelar cosas. “Hoy no puedo, hermano.” Luego aparece el plural. “Tenemos un compromiso.” Ahí empieza el problema. Porque antes era una persona. Ahora es una unidad administrativa. Ya no dice “voy”. Dice “vamos”. Ya no dice “me gusta”. Dice “nos encanta”. Ya no dice “yo puedo”. Dice “déjame mirar”.
¿Mirar qué? El calendario diplomático de la nueva república sentimental. Y uno entiende. Claro que entiende. A cierta edad encontrar pareja no es poca cosa. Después de los cincuenta ya nadie está saliendo simplemente a ver qué pasa. Uno llega con antecedentes, mañas, rutinas, hijos, ex, horarios, medicamentos, formas específicas de doblar las toallas y una relación demasiado seria con su lado de la cama. Conseguir alguien dispuesto a convivir con todo ese inventario merece celebración. Pero tampoco había que abandonar a la OTAN.
Porque eso es lo que pasa. El amigo enamorado entra en una especie de burbuja hormonal tardía y empieza a comportarse como si hubiera descubierto el amor. A los 63. Uno quisiera recordarle discretamente que la humanidad ya había trabajado bastante el tema. Pero no. Él está fascinado.
Manda fotos. Habla de ella. Cuenta lo que dijo ella. Lo que piensa ella. Lo que cocina ella.
Lo que no come ella. El viaje que quiere hacer ella. Y uno escucha con cariño porque para eso son los amigos. Pero llega un momento en que dan ganas de preguntar: ¿Y tú cómo estás? Porque ya no aparece. Antes uno lo llamaba un jueves: ¿Una cerveza? Voy. Ahora: ¿Una cerveza? Silencio. Tres horas después: Déjame cuadrar y te digo. “Déjame cuadrar” es el cementerio de la amistad adulta.
Lo más hermoso es que todos hacemos exactamente lo mismo cuando nos toca. Uno critica al amigo desaparecido hasta el día en que conoce a alguien y empieza a contestar los mensajes del grupo dos días después con un “perdón, estaba desconectado”. Desconectado. Sí, claro. El amor tiene una curiosa capacidad de dañar el WiFi.
También ocurre otra transformación fascinante: el hombre que llevaba quince años negándose a hacer cualquier plan empieza súbitamente a descubrir actividades. Brunch. Ferias.Escapadas
de fin de semana. Clases de cocina. Mercados orgánicos. Caminatas ecológicas. Uno le propuso durante diez años ir a conocer un pueblo y nunca podía. Aparece novia y a las dos semanas está tomándose una foto frente a una cascada con sombrero de explorador. Eso sí duele. No porque uno quiera ir con él a la cascada. Sino por principios. Y entonces llegan las excusas de alto nivel: “Es que tenemos poco tiempo juntos.”
Hermano, nosotros también. A esta edad nadie sabe cuánto tiempo tiene nadie. No conviertas la amistad en una suscripción que puedes reactivar cuando termine la relación.
Porque ahí viene la segunda parte del fenómeno. Un día, meses o años después, suena el teléfono. Es él. ¿Qué haces? Uno ya sabe. Algo pasó. La novia terminó. Hubo crisis. Se enfrió la cosa. “Estamos dándonos un tiempo”, frase que después de los cincuenta tiene la misma credibilidad que “el cheque está en camino”.
Y entonces el amigo vuelve. Como hijo pródigo, pero con barba. Quiere cerveza. Quiere hablar. Quiere reencontrarse con “los de siempre”. Y nosotros, que somos unos idiotas sentimentales, lo recibimos. Porque para eso están los amigos. Para aguantarle a uno las malas épocas, las buenas, las novias, las separaciones y esa irritante costumbre masculina de desaparecer cada vez que encuentra una relación que parece prometedora.
Pero quizá la lección no sea dejar de enamorarse. Sería bastante triste. Tal vez sea entender que después de cierta edad uno no debería necesitar borrar una parte de su vida para empezar otra. Una pareja no tendría que reemplazar a los amigos. Ni los amigos competir con la pareja. El afecto no debería funcionar como parqueadero: para que entre uno no toca sacar al otro.
Además, los amigos viejos tienen una ventaja que una relación nueva todavía no puede ofrecer. Tienen archivo. Saben quién eras antes de reinventarte. Conocen tus versiones anteriores.
Te vieron sin filtro, sin éxito, sin plata, sin pelo y probablemente sin dignidad. Y aun así siguen ahí. Eso debería valer algo.
Así que la próxima vez que un amigo de más de cincuenta anuncie: “Les tengo una noticia: estoy saliendo con alguien”, felicítenlo. Abrácenlo. Deséenle toda la felicidad del mundo. Y antes de que se vaya, pídanle una foto. Porque probablemente no lo vuelvan a ver en seis meses.



