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Del six pack al soporte lumbar

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Manolo Zota

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Manologos

Hubo una época en la que uno iba al gimnasio para verse bien sin camisa. Hoy uno va para poder ponerse la camisa sin hacer un ruido raro con el hombro. Ese pequeño cambio resume bastante bien la evolución.

A los veinte, el gimnasio era vanidad, conquista, testosterona y una fe irresponsable en que hacer bíceps podía resolver casi cualquier problema sentimental. Uno entrenaba pecho porque quería que alguien lo mirara. Hacía abdominales porque se aproximaba diciembre. Y trabajaba pierna únicamente cuando algún entrenador lograba despertar en uno un mínimo sentido de culpa.

Después de los cincuenta, el gimnasio es otra cosa. Ya no es construcción. Es mantenimiento preventivo. Uno no entra pensando: “quiero ponerme enorme”. Entra pensando: “quiero seguir bajándome solo del carro dentro de diez años”.Eso cambia muchísimo la motivación.

El joven llega, deja el bolso tirado, carga una barra con un peso que viola varias leyes de la física y empieza. Uno no. Uno llega y calienta. Y calienta en serio. Mover hombros. Rotar cuello. Activar cadera. Caminar un poquito. Estirar no sé qué músculo cuyo nombre uno aprendió recientemente porque comenzó a doler. A los veinte el calentamiento duraba cinco minutos y parecía una pérdida de tiempo. Después de los cincuenta puede durar tanto que, cuando termina, uno considera seriamente irse para la casa. “Listo. Ya hice bastante.”

El gimnasio moderno está lleno de muchachos que parecen diseñados por computadora. Audífonos gigantes, botellas de dos litros, camisetas sin mangas y una capacidad preocupante para cargar objetos que deberían moverse con montacargas. Uno, en cambio, está buscando la máquina que tenga respaldo.Eso también es madurez. Ya no se pregunta: ¿Cuál trabaja más músculo? Ahora: ¿Esta máquina molesta la espalda? Prioridades.Hay además una diferencia generacional que me fascina. Los jóvenes entrenan grabándose. Todo ejercicio viene acompañado de un teléfono apoyado en el piso, una botella, una pesa o algún dispositivo especialmente diseñado para documentar el sufrimiento. Hacen una repetición. Miran la cámara. Hacen otra. Revisan el ángulo.

Uno antes iba al gimnasio a entrenar. Ahora también hay que producir contenido. Yo llevo media hora tratando de hacer una serie y aparentemente estoy invadiendo el plano de siete influencers. Perdón. No sabía que esto era un estudio de televisión con mancuernas

A cierta edad, además, uno desarrolla una relación diferente con el espejo. A los veinte uno lo buscaba. A los cincuenta negocia con él. Hay días en que uno se mira y piensa: “Vamos bien.” Hay otros en que la iluminación del gimnasio comete actos de violencia psicológica. Porque esos espejos muestran cosas que uno no recuerda haber autorizado. Uno entra sintiéndose razonablemente atlético y una luz cenital mal puesta revela pliegues, sombras y una geografía corporal que no aparecía en el folleto.

Otra diferencia entre entrenar joven y hacerlo ahora es que uno aprende que el objetivo ya no es verse perfecto. Es seguir funcionando. A los veinte entrenábamos para levantar más peso. Ahora entrenamos para levantarnos nosotros. Sin apoyarnos demasiado. Sin hacer “uff”. Sin quedarnos un segundo quietos a mitad del movimiento calculando si algo se rompió. Ese es el verdadero récord personal después de cierta edad.También cambia la conversación del gimnasio. Antes uno preguntaba: ¿Cuánto levantas?Ahora: ¿Qué te pasó en el hombro? Manguito. Ah, yo rodilla. Menisco. Mi espalda. Y de repente el área de pesas parece una convención ortopédica con música electrónica.

Todo el mundo tiene algo. El codo. La rodilla. La cervical. La lumbar. El manguito rotador, que uno pasó cuarenta años ignorando hasta que decidió presentarse formalmente. Y cada persona tiene una teoría. A mí me funcionó hielo. A mí calor. Estira. No estires. Fortalece. Descansa. Toma colágeno.Uno entra al gimnasio y sale con más recomendaciones médicas que repeticiones.

El tema de los suplementos también merece estudio. A los veinte uno se tomaba cualquier batido que prometiera músculos y preguntaba después qué tenía. Hoy uno lee la etiqueta como contrato hipotecario. Azúcar. Sodio. Proteína. Carbohidratos. Ingredientes impronunciables. Fecha de vencimiento. Procedencia. Y al final piensa: “Mejor me como un huevo.”La vejez trae prudencia. Y gases.Otra gran diferencia está en la recuperación. Cuando era joven podía entrenar duro, salir, trasnochar y volver al día siguiente.

Ahora uno hace sentadillas el martes y recibe noticias de ellas hasta el viernes. El cuerpo manda recordatorios. Buenos días. ¿Recuerda esas doce repeticiones que hizo hace 48 horas? Cada escalera se convierte en evidencia. Sentarse requiere planificación. Pararse vuelve a ser un ejercicio. Y ahí aprende uno que el entrenamiento no termina cuando sale del gimnasio. El entrenamiento continúa cada vez que intenta bajarse del inodoro. Eso sí es funcional.

Pero también debo reconocer que hay algo maravilloso en empezar a entrenar a esta edad. Uno llega con menos ego. Ya no necesita demostrar demasiado. Aprende que no pasa nada si al muchacho de al lado le sobran veinte kilos en la barra que uno ni siquiera intenta mover. Que descansar entre series no es cobardía. Que bajar el peso puede ser una decisión inteligente y no una derrota moral. Y que una lesión por orgullo a los cincuenta no tiene absolutamente nada de heroico.

A los veinte uno decía: “Sin dolor no hay ganancia.” A los cincuenta esa frase suena como una pésima recomendación médica. Hoy, si duele, uno para. Pregunta. Revisa. Y luego sigue con otra cosa.

Eso, aunque no parezca, también es progreso. Porque ir al gimnasio después de los cincuenta tiene menos que ver con pelear contra la edad y más con llegar a un acuerdo razonable con ella. No se trata de intentar recuperar el cuerpo de los veinticinco. Ese señor ya se fue. Probablemente está en alguna foto vieja, flaco, con pelo y tomando decisiones que explican buena parte de nuestros problemas actuales. Se trata de cuidar el cuerpo que tenemos ahora. De conservar fuerza. Movilidad. Equilibrio. Energía. Y sí, también de tratar de que la barriga no avance demasiado en su proyecto expansionista.

Porque tampoco nos volvamos espirituales de repente. La vanidad sigue ahí. Solo maduró un poco. Uno dice que entrena “por salud”, que es verdad. Pero cuando la camiseta empieza a quedar mejor, tampoco se deprime. Hay límites para la evolución.

Así que ahora voy al gimnasio con una filosofía mucho más sencilla. No necesito levantar más que todos. No necesito parecer de treinta. No necesito subir una foto cada vez que termino una rutina. Solo quiero seguir fuerte, moverme bien, sentirme vivo y llegar a viejo pudiendo agacharme a recoger algo sin tener que evaluar primero si realmente vale la pena.

Porque a esta edad el gimnasio ya no es un templo del músculo. Es una póliza de seguro con mancuernas. Y si además en el proceso uno logra perder un poco de barriga y recuperar algo de dignidad frente al espejo… pues tampoco vamos a reclamar.

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