

Isabel y Julia vieron la luz por primera vez en San Jacinto, allá en las faldas de los Montes de María. Isabel era de carácter recio y fuerte. Julia, en cambio, se mostraba inocente y tierna. Ambas crecieron bajo el amparo de su abuela materna, una matrona costeña llena de sabiduría mágica y una enorme sensibilidad culinaria. Desde que eran muy pequeñas, la anciana les inculcó el respeto y el amor por los sabores, los aromas y las propiedades de los frutos de la naturaleza. Frente a su fogón de leña, las dos pequeñas crecieron apreciando el olor del níspero, la guayaba y, especialmente, el incomparable aroma a rosas que expedía la Pomarrosa, acompañado del misterioso y delicioso sabor del icaco, todos ellos convertidos en exquisitos manjares.
Sus recuerdos más inocentes estuvieron relacionados con los calurosos días en los que jugaban alrededor del árbol de Pomarrosa, mientras se protegían bajo su tupida sombra, encantadas por ese atractivo, seductor y misterioso aroma de rosal. Era imposible no recordar las travesías que hacían en compañía de la abuela por los senderos camino al mar, donde recogían el preciado Icaco de los arbustos silvestres. Poco a poco, las hermanas fueron aprendiendo de la abuela los secretos, la magia y el encanto de la cocina; aquella que se hacía con dedicación, paciencia y mucho amor.
Fueron años felices. Sin embargo, un día al despertar, notaron la ausencia de la abuela; había partido, como Remedios la Bella, hacia los cielos. Seguramente su viaje obedeció a un llamado celestial para deleitar los paladares divinos. Frente a la soledad y al desamparo, las dos muchachas no tuvieron más remedio que emigrar. Por lo tanto, recogieron sus pocas pertenencias, algunos ahorros de la abuela y, especialmente, el tesoro más preciado de su herencia y legado: una carpeta de cuero viejo y curtido que guardaba celosamente las recetas de la anciana.
Así, emprendieron el viaje hacia su destino en la capital. Tomaron el “Expreso del Sol”, único transporte ferroviario de la época, y, luego de una larga travesía, llegaron a la Estación de la Sabana en la gran ciudad. La capital las recibió con un viento helado que les tocó todos los huesos, un frío gris y desconocido que jamás habrían imaginado bajo la sombra del pomarroso en San Jacinto. Tuvieron que cambiar,entonces, la ligereza de sus ropas caribeñas por pesadas ruanas de lana que les prestó un paisano generoso.
Con el tiempo, la ciudad las curtió. Nadie entendía de nostalgias caribeñas, y los primeros meses representaron una prueba de fuego para el temple de Isabel y el tierno carácter de Julia. Pero el hambre y la determinación no dan espera. Una madrugada, Isabel miró a Julia y supo que era el momento de utilizar los tesoros culinarios de la abuela. Con los últimos pesos, recorrieron las plazas de mercado del centro de la ciudad buscando, casi como un milagro, frutas que les recordaran a su tierra.
Para su sorpresa, encontraron pomarrosas e icacos en la plaza de La Concordia. Fue así como, en una pequeña estufa de un solo puesto, las recetas de la abuela empezaron a cobrar vida. El olor a rosas de la pomarrosa comenzó a filtrarse por debajo de la puerta de madera de su habitación, atrayendo a los vecinos curiosos con un perfume tropical que la capital jamás había respirado. Pronto, estos vecinos se convirtieron en sus comensales y descubrieron también el tesoro guardado en el interior de la pepa del Icaco, ya convertido en un exquisito dulce.
El éxito de aquellos primeros manjares fue solo el inicio de una gran transformación. Con el paso de los años, Isabel y Julia se convirtieron en dos prósperas empresarias que inundaron la gris capital con el color y la alegría de los mejores dulces caribeños. Lo que comenzó en una modesta estufa de un solo puesto se transformó, gracias a su esfuerzo inquebrantable, en una reconocida fábrica artesanal que endulzó los paladares de toda la ciudad. La gran especialidad de su negocio siempre fue el dulce de icaco y el de pomarrosa, recetas sagradas que mantuvieron vivo el legado de la abuela y que hacían viajar a los comensales directo a las faldas de los Montes de María con solo un bocado.
Así, al transformar la nostalgia en almíbar, Isabel y Julia lograron que el viento helado de la capital se rindiera para siempre ante el mágico perfume de San Jacinto, el aroma de la pomarrosa y el misterioso sabor del icaco.
Autor: Koco Liévano



