

La inmensidad del azul, en conjugación con la cálida geometría lineal, iba en absoluta proporción a sus temores e inseguridades… a su acrofobia. Evaristo fue siempre un soñador. Parecía no tener la cabeza soportada por sus hombros ni sus pies perpendiculares a la tierra. Nació en Santa Cruz de Lorica, una de las poblaciones caribeñas más hermosas y autóctonas, la tierra de Sánchez Juliao. Se destacó siempre por su buena, incansable y amena cháchara. Era simpático, enamoradizo y exitoso con las damas. De contextura delgada y tez amorenada por el sol, gozaba de una envidiable estatura que, de alguna manera, contradecía su fobia por las alturas. ¡Qué ironía!
Dueño de una innegable y embrujadora simpatía que hacía que la gente lo adorara, no se podría afirmar que hubiese una amena tertulia costeña a orillas del Sinú sin que el protagonista fuese el “viejo Eva”, como solían decirle sus contertulios con un profundo cariño. Como buen loriquero, tenía pocos caminos y oportunidades para resolver su futuro: ser boxeador, jugador de béisbol en la selección cordobesa, clarinetista de algún grupo de porro o, sencillamente, un “don alguien”. Para boxeador era un fracaso total, pues Evaristo no peleaba con nadie, ni con su sombra; era un pacifista a más no poder. Para beisbolista, se caracterizaba por poseer una pachorra divina: no corría ni porque el mundo se cayera a sus pies… entonces? Para clarinetista imposible, si nunca le sonó ni una flauta; a duras penas le sonaba su viejo transistor Sanyo de cuatro bandas y pilas popochas del que, eso sí, nunca se despegaba, especialmente durante las transmisiones de las series mundiales o locales de béisbol, las peleas de boxeo y las parrandas musicales los sábados en la noche. Todo ello era gracias a la inolvidable Radio Lorica, la única emisora con buen repertorio en su programación.
En conclusión, no tuvo más remedio que ser un “don alguien”, y por supuesto que lo logró, sin querer o queriéndolo. Se dedicó entonces al maravilloso mundo de la arquitectura rural, ese mundo que se hace día a día pegando un ladrillo tras otro, un bloque tras otro, allá en su pueblo natal. Entre otras cosas, diseñaba las casas por encargo y las planeaba en medio de uno que otro ron “trompá”. Sin embargo, su aspiración nunca superó una construcción de más de cuatro metros de altura, debido a su fobia por todo aquello que superara ciertas elevaciones. Fue tal su éxito que, en plenas fiestas de corraleja un 20 de enero, y gracias a la invitación hecha por un turista cachaco —de esos blancos como la nieve y de mirada y presencia muy encopetada—, se vino para Bogotá a practicar su oficio. Con lo que no contaba Evaristo Pretelt Pitalúa era que, de arquitecto rural, pasaría a ser simplemente un oficial albañil. Tampoco calculó que su labor debía ejecutarse a una considerable altura, y entonces… ¿qué pasaría con su acrofobia?
El día temido llegó en medio de la rutina bogotana. Evaristo se plantó frente a una monumental estructura de tubos, tablas y arneses que parecía arañar las nubes; le tocaba, por primera vez, subir al andamio. Con las piernas hechas una gelatina y el corazón repicando como tambor de comparsa en pleno carnaval, trepó peldaño a peldaño en un esfuerzo sobrehumano, desafiando la gravedad y sus propios demonios. Una vez arriba, suspendido en aquella metálica inmensidad y con el vacío respirandole en los talones, buscó desesperadamente un salvavidas para su mente: encendió su viejo transistor Sanyo, lo acomodó a un lado de su arnés y se sintonizó en el juego. Sonaba una emocionante transmisión de béisbol. El viejo Eva se transportó de inmediato al Caribe, olvidándose por completo de la altura mientras el narrador, Mike Schmulson, cantaba jugada tras jugada con pura adrenalina. De repente, la voz del locutor estalló en el parlante: «¡La bola se va, se va y… jonrón, jonrón por todo el jardín central!». Preso de la euforia y con el alma loriquera desbordada, Evaristo soltó las manos para celebrar el batazo, perdiendo en un segundo el frágil equilibrio de sus pies. El cielo azul se le vino encima en un parpadeo y el cuerpo delgado del arquitecto rural terminó cayendo al vacío.
Por fortuna, el arnés de seguridad hizo su milagro y Evaristo quedó flotando a mitad de camino, colgado como tira de butifarra en tienda de barrio y balanceándose al ritmo del viento bogotano. Con el corazón en la boca, pero sin soltar el transistor Sanyo que aún chillaba con la celebración del partido, miró hacia abajo y vio al capataz de la obra gritándole furioso desde el suelo. Evaristo, recobrando la cháchara y con el desparpajo que solo da el haber nacido a orillas del Sinú, le gritó de vuelta: «¡Ajá, maestro, no se altere! ¿Acaso no vio que me tocó barrerme a segunda base para que no me pusieran out?»
a Chico Buarque. Contruçao
Autor: Koco Liévano



