Mis primeros recuerdos de un lugar tan emblemático de Bogotá se remontan a mi época de colegial. En ese entonces yo era vecino del Gimnasio Moderno. Estudiaba en un gran colegio ubicado en lo que hoy es la segunda manzana en importancia del sector comprendido entre la carrera 11 y la 10ª, y entre las calles 73 y 72: el entonces Centro Comercial Granahorrar, hoy modernizado y rebautizado como Centro Comercial Avenida Chile.
Corrían los años sesenta y la carrera 11 era, increíblemente, de doble vía. Nos movilizábamos en los “municipales”, los transmilenios de la época. Caminar desde el Polo Club, subir por la calle 85 hasta la carrera 11 y luego girar hacia el sur hasta la 73 era toda una aventura. Al pasar frente a los pinos del Moderno, la envidia se apoderaba de mí. Una envidia de la buena.
Aunque mi alma mater era un monumento al concreto —con capilla y vitrales incluidos—, carecía del esplendor de los urapanes, yarumos, robles y eucaliptos, y del verde prado que caracterizaba a ese alcázar de ilusión. Miraba de reojo, entre rama y rama, la fortaleza de pinos. Veía a los estudiantes correr, saltar, caerse, reír y llorar en medio de aquel paisaje generoso. “Qué envidia no estudiar allí”, pensaba. Tal vez —me decía— habría sido más feliz de lo que ya era.
Sin embargo, en dos o tres oportunidades pude entrar y pisar esa grama. Ser vecinos y no retar a un partido de fútbol a los del Moderno —blazer y media blanca en esa época— habría sido imperdonable. Si la memoria no me falla, nos ganaron dos de los tres partidos. También recuerdo la sensación de hipotermia, ese frío penetrante, casi polar, que sentí la única vez que, gracias a la cercanía entre colegios, nos permitieron nadar en su piscina. Era de concreto, al aire libre, profunda y con trampolín. Sus aguas tenían un color verde indescriptible, acentuado por los dos o tres metros de profundidad y por el manto de hojas que caían, inermes, sobre su superficie helada.
No puedo olvidar tampoco los lunes —y los martes, y casi cualquier día de la semana— cuando a la salida nos encontrábamos con los del Moderno. No para formar clubes de pelea, sino para compartir la caminata de regreso a casa o un asiento en el municipal. En una de esas tardes conocí a los Turriago —Turriago-Posada, para ser más exactos—, hijos de “Chapete”, uno de los mejores caricaturistas del país, crítico de la dictadura de “Gurropín” y buen amigo de don Agustín. Desde entonces, y hasta hoy, los “Chapetes”, como cariñosamente los llamamos, son de los mejores amigos que me ha dado la vida.
El tiempo pasó. La carrera 11 dejó de ser de doble vía y el municipal quedó archivado en la memoria, junto con tantas cosas que creíamos permanentes. Lo que nunca imaginé fue que aquel muchacho que miraba con envidia —de la buena— los pinos del Moderno terminaría cruzando ese mismo prado todos los días.
Primero fue la curiosidad. Después, la cercanía. Y, casi sin darme cuenta, la vida me fue metiendo adentro. Lo que comenzó como vecindad terminó siendo vocación. Durante 35 años atravesé el verde del colegio cada mañana: bajo la neblina fría, bajo el sol limpio, bajo la lluvia persistente. Saludé los mismos árboles —cada vez más altos, cada vez más sabios— y vi generaciones de chinos correr, caer, levantarse, reír y llorar en los mismos prados que un día miré desde afuera. Trabajé allí. Viví allí. Crecí allí.
El Moderno dejó de ser el paisaje que envidiaba para convertirse en mi refugio, en mi casa, en mi lugar. La piscina ya no es aquella de aguas verdes y hojas inertes; ahora es clara y tibia, como la memoria cuando se aquieta.
Hoy, ya retirado, sonrío al recordar al muchacho que, desde la acera de enfrente, soñaba con estar allí.Ya no siento envidia. Fui feliz.Estuve adentro.
Y eso, después de tanto tiempo, es un privilegio.



