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El cura que se fue a la guerra

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Hay muertos que pesan más que otros. Camilo Torres Restrepo es uno de esos. Lleva sesenta años enterrado quién sabe dónde, convertido en bandera, en consigna, en esa clase de símbolo que se invoca cuando conviene y se olvida cuando incomoda. Ahora, en pleno enero de 2026, su cadáver —o lo que queda de él— vuelve a ser noticia. Este viernes, a poco más de tres semanas de cumplirse 60 años de la muerte en combate del sacerdote guerrillero Camilo Torres Restrepo, un grupo de forenses ha confirmado el hallazgo y la identificación de sus restos, desaparecidos desde el momento mismo de su muerte en San Vicente de Chucurí (Santander), el 15 de febrero de 1966.

Torres nació en cuna de oro, hijo de pediatra prestigioso y madre progresista, educado en Europa, bachiller del Liceo de Cervantes. Todo lo tenía para ser un diplomático elegante o un abogado de esos que cobran por hora. Pero algo se torció en el camino. O quizás se enderezó, depende de cómo se mire. A los 18 dejó la Facultad de Derecho y se metió al seminario. Sus amigos pensaron que era una locura pasajera. No lo era.

Se ordenó sacerdote en 1954, pero no era de los que se conforman con decir misa y repartir hostias. Se fue a Lovaina, a estudiar sociología, porque intuía que la caridad tradicional era un parche inútil sobre una herida gigante. En Bélgica aprendió a mirar la pobreza con otras gafas: las del método científico, las del análisis de clase. Volvió a Colombia en 1958 convertido en una rareza: un cura con estadísticas.

Junto a Orlando Fals Borda fundó la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional. Enseñaba a Weber y Parsons, pero también llevaba a sus estudiantes a Tunjuelito, a meter las manos en el barro. Para él, la academia valía un carajo si no servía para cambiar la realidad. Y la realidad colombiana de esos años —la del Frente Nacional, la del campo ensangrentado, la de la violencia como deporte nacional— necesitaba más que análisis. Necesitaba dinamita.

Torres escribió cosas que todavía duelen leer. Dijo que la violencia en Colombia no era un problema de odios irracionales entre liberales y conservadores, sino de estructuras podridas que bloqueaban cualquier camino de ascenso social. Que el campesino se mataba por colores políticos porque no tenía conciencia de clase. Que la única movilidad posible en este país era la del bandolero o la del muerto. Lo dijo con números, con tablas, con la frialdad del sociólogo. Pero por dentro le hervía la sangre.

Inventó el concepto del “amor eficaz”. Suena bonito, pero es brutal cuando lo desempacas: amar al prójimo no es darle una moneda ni rezarle un rosario. Es quitarle el poder a quien lo tiene y dárselo a quien no lo tiene. Punto. El Cardenal Luis Concha Córdoba no tardó en verlo como lo que era: un problema. En junio de 1965, Torres pidió ser reducido al estado laical. No renunció a ser cura —juró que volvería a celebrar misa cuando ganara la revolución—, pero sí renunció a la comodidad de la sotana.

Fundó el Frente Unido del Pueblo, un proyecto delirante y hermoso: juntar a la ANAPO, al MRL, a los comunistas, a los cristianos de izquierda, a todo el que estuviera hasta la coronilla de la oligarquía. Sacó un periódico que se vendía como pan caliente. Llenaba plazas. Hablaba como profeta del Antiguo Testamento pero pensaba como Lenin. La combinación era explosiva.

Después llegó a la conclusión de que todo eso no servía para nada. Que la vía legal estaba cerrada, que la oligarquía jamás entregaría el poder porque sí, que lo iban a matar antes de dejarlo llegar a cualquier lado. En octubre de 1965 se esfumó. En enero del 66 publicó su famosa proclama: se había ido para la montaña, al ELN, a hacer la revolución con las armas.

Duró cuatro meses. El 15 de febrero de 1966, en un sitio llamado Patio Cemento, intentó quitarle el fusil a un soldado caído durante una emboscada. Lo mataron ahí mismo. Primer y último combate. Tenía 37 años, una pipa en el bolsillo y un revólver que probablemente nunca disparó.Lo que vino después es puro folklore macabro. El coronel Álvaro Valencia Tovar —que lo conocía, que era hasta pariente lejano— ordenó esconder el cuerpo. No quería santuarios revolucionarios, no quería que la tumba se llenara de flores rojas y puños en alto. Los restos desaparecieron. Valencia Tovar contó versiones contradictorias hasta morirse: que los llevó a Bucaramanga, que se los entregó a la familia, que nunca supo nada. Nadie le creyó del todo.

Sesenta años después, el cuento sigue. El ELN acaba de anunciar que encontró el cuerpo y que verificó su autenticidad. No dicen cómo, no muestran pruebas, solo lanzan el comunicado como quien tira una granada en medio de la mesa de negociación. La Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), entidad estatal creada por el Acuerdo de Paz con las FARC, coordinará la entrega de los restos a sus familiares y a personas cercanas en un acto que, por ahora, será privado. La universidad pública más importante de Colombia, que ha adoptado la imagen del Che Guevara como símbolo de la lucha estudiantil, ahora construirá un mausoleo en memoria de Camilo Torres.

Todo esto suena a teatro. Un teatro necesario, tal vez, pero teatro al fin. Porque la verdad es que a Camilo Torres lo mataron hace seis décadas y desde entonces lo han enterrado mil veces más: en consignas, en camisetas, en discursos de ocasión. Lo han usado los guerrilleros para justificar la guerra y los gobiernos para justificar la paz. Lo han citado los teólogos de la liberación y los sociólogos comprometidos. Lo han convertido en todo menos en lo que era: un tipo brillante, contradictorio, desesperado, que creyó que podía cambiar un país con ecuaciones sociales y que terminó creyendo que solo podía cambiarlo con fusiles.

Lo que pasa ahora con sus restos es solo el último capítulo de esa disputa interminable. ¿A quién pertenece Camilo Torres? ¿Al ELN que lo recluta como trofeo? ¿A la Universidad Nacional que lo formó? ¿Al Estado que lo mató? ¿A la Iglesia que lo expulsó? ¿A los movimientos sociales que lo invocan?Probablemente a nadie. Y probablemente a todos.

 

 

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