En Colombia uno no crece: uno sobrevive a una enciclopedia de medicina artesanal, superstición afectiva y ciencia experimental hecha en la cocina. Aquí las abuelas tenían soluciones para todo, aunque muchas veces el paciente terminara oliendo a café, sábila y Vick Vaporub al mismo tiempo.
El hipo, por ejemplo, no era un asunto respiratorio sino espiritual. Bastaba con que alguien mojara el dedo con saliva y le dibujara una cruz fría en la frente para que el cuerpo “se acordara” de respirar bien. Nadie preguntaba por qué funcionaba. Funcionaba porque sí. O porque el asco distraía el diafragma.
Las heridas pequeñas no necesitaban hospital: necesitaban café. Café molido directamente sobre el raspón. El colombiano promedio pasó la infancia convencido de que Juan Valdez también era traumatólogo. Uno salía de la bicicleta sangrando y la abuela decía: “quieto, que eso con café seca”. Y sí secaba: el alma, porque la herida quedaba pareciendo un tiramisú.
La sábila servía para todo menos para hacer felices a los niños. Había una mata de sábila en cada casa colombiana, siempre amarrada con una cinta roja para espantar las malas energías y atraer la plata. Era mitad planta medicinal, mitad vigilante espiritual. Uno no sabía si estaba entrando a una casa o a un consultorio esotérico.
El Vick Vaporub tenía más usos que una navaja suiza. Servía para la gripa, el dolor muscular, la tos, el estrés, el insomnio y posiblemente para reparar motores de buseta. En muchas casas colombianas el tratamiento médico consistía en embarrarlo a uno de Vick hasta quedar convertido en un tamal mentolado y luego envolverlo en cobijas hasta sudar el pecado original.
Y qué decir del “sereno”. El sereno era un enemigo invisible, una especie de asesino climático que atacaba después de las seis de la tarde. “Métase que le cae el sereno”, gritaban las mamás, como si afuera estuviera descendiendo una radiación soviética. Uno creció pensando que la noche colombiana era una mezcla entre humedad y brujería.
Pero ninguna creencia colombiana generó más angustia que la prohibición de meterse al agua después del almuerzo. Había que “reposar”. Media hora. A veces una hora completa. Uno podía correr, pelear con el primo, subirse a un árbol o perseguir una gallina, pero jamás tocar una piscina porque el cuerpo supuestamente entraba en conflicto diplomático entre el arroz y el agua. Las mamás hablaban de “cortarse la digestión” con el mismo tono con el que hoy se habla de un apagón nuclear. Así crecimos: viendo la piscina desde lejos, sudando bajo el sol, esperando que el almuerzo obtuviera permiso migratorio para bajar al estómago.
También estaba el misterio del empacho. Si un niño comía mucho, no bastaba con dejarlo descansar: había que “sobarlo”. Siempre aparecía una señora con cara de chamana administrativa que le halaba el cuero de la espalda hasta producir un “crack” que supuestamente reorganizaba los órganos. La medicina tradicional colombiana tenía algo de quiropráctica y algo de amenaza.
Y las materas. Ah, las materas. Si la mata se secaba, alguien estaba cargado de mala energía. Si florecía, venía plata. Si se moría el helecho, probablemente había una envidia rondando el apartamento. En Colombia hasta las begonias tenían funciones de inteligencia emocional.
La infancia colombiana fue una mezcla hermosa entre remedios caseros, miedo colectivo y fe absoluta en la vecina que “sabía”. Y aunque hoy existan tutoriales médicos, inteligencia artificial y relojes que miden el sueño, todavía hay algo profundamente tranquilizador en escuchar a una tía decir: “póngase una bolsita de manzanilla que eso le baja”.
Porque en el fondo, más que curar el cuerpo, todas esas creencias curaban otra cosa: el miedo de sentirse solo cuando algo dolía.











