Dicen que la tercera edad es un karma. Y sí, vista por encimita, argumentos no faltan: los achaques llegan sin invitación, dormir bien se vuelve un recuerdo de juventud, las citas médicas se multiplican y el cuerpo empieza a sonar como caja de cubiertos. Todo eso es verdad. Pero también hay que decirlo: culpar solo a la vejez es una forma muy cómoda de olvidar que todas las edades han sido un karma, solo que con distinto empaque.
La infancia, por ejemplo, se recuerda con una nostalgia sospechosa. Como si hubiera sido una temporada de libertad, risas y fantasía. Mentiras. Ser niño era depender de otros para todo. Le decían a uno qué comer, qué ponerse, a qué hora dormirse, cuándo hablar, cuándo callarse y hasta cómo saludar. La niñez era una dictadura, solo que con tareas y lonchera.
La adolescencia tampoco merece homenaje. Esa etapa fue un motín hormonal con uniforme. Uno no sabía quién era, pero ya sufría como si llevara tres divorcios y una hipoteca. El cuerpo cambiaba sin pedir permiso, la autoestima tenía menos estabilidad que la economía y cualquier comentario parecía un atentado contra la dignidad humana.
Luego llegaba la hora de decidir qué estudiar. Esa sí era una crueldad bien organizada. A los diecisiete años, cuando uno apenas estaba entendiendo su propia cara en el espejo, le exigían definir el resto de su vida. Escoger carrera, futuro, rumbo. Como si la mayoría no estuviera todavía improvisando la personalidad.
Y después venía otro golpe de realidad: salir de la universidad a buscar trabajo. Ahí el mundo le explicaba a uno, con gran delicadeza, que no servía porque no tenía experiencia. Pero tampoco podía conseguir experiencia porque nadie le daba trabajo. Muy joven para confiar, muy viejo después para empezar, muy algo siempre para encajar.
La adultez, que supuestamente era la etapa de la plenitud, resultó ser una oficina con deudas. Sí, uno gana libertad, pero también gana responsabilidades, cansancio, pagos, preocupaciones y una habilidad nueva para angustiarse por cosas tan emocionantes como el recibo de la luz o el dolor de espalda. La adultez no era la cima de la existencia. Era aprender a funcionar roto sin hacer mucho escándalo.
Y entonces sí, llega la tercera edad. Y todo el mundo la mira como si fuera el último castigo del universo. Que la soledad, que la salud, que la quietud, que ya no es lo mismo. Pues claro que no es lo mismo. Nunca fue lo mismo. Tampoco era glorioso tener quince, veinticinco o cuarenta. Solo que a cada etapa le tenemos una nostalgia selectiva bastante mentirosa.
El problema no es la edad. El problema es esa costumbre humana de creer que la vida buena siempre estaba en otra parte: cuando sea grande, cuando tenga trabajo, cuando tenga plata, cuando tenga tiempo, cuando los hijos crezcan, cuando me jubile. Y así se va uno, pateando la existencia hacia la siguiente estación, hasta que un día descubre que pasó por todas sin quedarse del todo en ninguna.
La verdad es más simple: todas las edades tienen su karma. Unas traen inseguridad, otras presión, otras cansancio, otras pérdidas. A veces duele el alma, a veces el ego, a veces las rodillas. Esa es la democracia del tiempo: reparte problemas para todos.
Por eso, más que pelear con la edad, habría que dejar de exigirle perfección. No existe una etapa ideal. Nunca existió. Lo que existe es la vida pasando, con sus ridiculeces, sus golpes, sus momentos buenos y su extraña costumbre de enseñarnos tarde casi todo.
Al final, la tercera edad no era el karma. El karma era pasar la vida entera creyendo que alguna edad se iba a salvar. Y no. Ninguna se salvó.


