Intolerancia a la lactosa

 

A mí se me aplica la teoría del novio que se quiere ir: no eres tú, soy yo. En el tema espiritual, soy creyente consumado, pero en el tema político, soy ateo radical. La política me da asco, me produce náuseas, me causa malestar, me alborota la migraña y me genera arcadas. Algo así como la intolerancia a la lactosa.

Que hay políticos buenos, seguramente, pero que al final el sistema los corrompe, no me cabe la menor duda. Que no todos los políticos son malos, es cierto. Hay unos que son peores. Ningún político me ha decepcionado porque todos han hecho lo que siempre he pensado que harían: nada. Hoy, por ejemplo, no sé quién me da más miedo, si el narciso, el sibilino, el tonto o el loco.

Llevo cuarenta años votando. Siempre pensé que era mi deber y mi derecho, pero viendo lo que pasa, creo que he perdido el tiempo. He intentado ser buen ciudadano, cumplir las normas, seguir las reglas- incluso las que no me gustan- y no pasa nada, porque este desmadre no lo arregla nadie. Ni el narciso, ni el sibilino, ni el tonto, ni el loco.

 

En el tema espiritual, soy creyente consumado, pero en el tema político, soy ateo radical.

 

Estamos tan jodidos que le prendemos incienso a una deidad para que se apiade de nosotros y se tome la molestia de salvarnos, pero esta vez tampoco pasará, porque en esta bolsa de mimos, payasos y menjurjes no hay uno que le interese el bien común. Les interesa el poder. Unos para tenerlo, otros para no perderlo. Unos para decirse al espejo lo brillantes que ellos son. Otros para llenarse los bolsillos con la lotería de ser ungido por el dios en el ocaso y los demás para conservar el cutis fresco y el aire juvenil de su tibieza. Pura democracia pop de twitter y hashtag, de poses y fantoches, de alianzas y de pactos, de memes y de trampas, de frases y de arengas. Banalidad en estado puro.

 

Que no todos los políticos son malos, es cierto. Hay unos que son peores

 

Como dice Marx ( Groucho, por supuesto, no Carlos) “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.”. Por eso, odio hablar de política porque no creo tener los argumentos para convencer a quien sí cree, pero tampoco me gusta que me intenten inducir. Pelear por un político, menos, porque no creo que ninguno valga un argumento, ni una discusión. Al final, cada quien cree en lo que le venga en gana. Yo también. Muchos me dicen que vote por este o por aquel porque es preferible que suba este que el aquel, pero íntimamente en mis noches de insomnio, no creo que esa sea una tesis que me logre convencer ni me quite los desganos.

A mi edad me he convencido que hay muchas cosas inútiles en la vida y votar es una de ellas. Como ciudadano seguiré con una vieja tradición que me enseñaron en la casa: intentar ser buena persona, cumplir la ley y lo más importante: no joder a nadie.

No son ellos, soy yo. O tal vez mi intolerancia a la lactosa…

 

Mauricio Lievano

“Me gustan los juegos de palabras. En realidad más los juegos que las palabras”. Fundador de Atardescentes

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