Hay cosas que no necesitan presentación en Colombia. El aguacate de los viernes. El partido del vecino que se oye desde tres casas. Y la Jet, esa tableta café oscuro envuelta en papel amarillo y azul que durante más de seis décadas ha vivido en los bolsillos de los niños, en los cajones de las abuelas y en esa parte de la memoria que no distingue bien entre el recuerdo y el mito.
Corría 1961 cuando la Compañía Nacional de Chocolates, hoy parte del Grupo Nutresa, lanzó al mercado una chocolatina que tomó prestado el nombre de los aviones que por entonces volvían locos a los colombianos: los jets de Avianca, esas máquinas de aluminio y ruido que hacían sentir al país como si estuviera llegando al futuro. La receta la desarrolló un técnico italiano llamado Cenciarelli, bajo la dirección de Samuel Muñoz Duque, en Medellín. Licor de cacao, manteca, azúcar, leche en polvo, esencias. Nada del otro mundo, y sin embargo algo salió de esa combinación que resultó imposible de imitar, o al menos de desalojar del afecto popular.
Hoy se producen más de un millón de unidades por día. Al año, entre 200 y 365 millones de chocolatinas. A unos mil pesos cada una. El dulce más vendido del país, sin campaña de marketing que alcance a explicar del todo por qué.
Pero si la chocolatina fue el anzuelo, los álbumes fueron la historia.En 1962, un año después del lanzamiento, apareció el primero: La Conquista del Espacio, 250 láminas sobre aeronáutica que había que recortar, juntar y pegar con colbón o goma, porque todavía no existía el autoadhesivo. Era un trabajo de paciencia. De familia reunida alrededor de la mesa. De hermano mayor que terminaba doblando las esquinas porque era el único que sabía hacerlo bien.
Vinieron más. Auto-Jet en 1963, con la evolución del automóvil. Banderas y Uniformes en 1964, que le enseñó a más de un niño colombiano que existían países con nombres impronunciables. El Hombre y el Mar en 1965. Y luego, en 1968, el que para muchos lo cambió todo: Historia Natural, 512 láminas sobre eras geológicas, astronomía y vida animal que se reeditaría varias veces a lo largo de tres décadas, corrigiendo datos, actualizando hábitats, añadiendo el alunizaje que nadie había anticipado cuando se diseñó la primera versión. Ese álbum fue cátedra. Fue, para una generación que no tenía internet ni Discovery Channel, la primera ventana hacia la idea de que el mundo era más grande y más raro de lo que cabía imaginar.
Lo que siguió fue, como toda buena historia colombiana, una mezcla de nostalgia y reinvención. En 2007 llegaron las primeras láminas autoadhesivas con El Mundo de los Animales. En 2011, dinosaurios troquelados y metalizados. En 2013, el primer álbum horizontal a todo color, Planeta Sorprendente, con ecosistemas de los cinco continentes. En 2017, una colaboración con National Geographic para retratar los 34 parques nacionales de Colombia. Y en 2021, Colombia Sorprendente, con realidad aumentada, códigos QR y un álbum virtual que puso a convivir en la misma página al bisabuelo que pegaba con colbón y al nieto que escaneaba con el celular.
En total, más de 24 millones de álbumes distribuidos. Diez mil millones de láminas. Una cifra que, dicha así, suena a estadística, pero que en realidad es otra cosa: es el equivalente en papel brillante de una educación paralela que ningún ministerio financió y que sin embargo funcionó.
Hay un detalle que merece una pausa. Los primeros álbumes ofrecían premios en efectivo para quien los completara. Hasta 250 pesos en 1968, que no era poca cosa. Eso dice algo sobre cómo se entendía entonces la relación entre el consumidor y la marca: no como un cliente al que fidelizar con puntos, sino como un estudiante al que había que motivar para que terminara la tarea. El premio no era por comprar más chocolatinas, sino por aprender. Por llegar hasta la última lámina.Esa lógica, anticuada por definición, resulta extrañamente refrescante vista desde hoy.
Los álbumes más raros, los de las primeras ediciones, los mal conservados o los que por algún capricho de la historia terminaron siendo escasos, se consiguen ahora en mercados de coleccionistas por más de dos millones de pesos. Hay grupos de Facebook donde adultos negocian láminas repetidas con la misma seriedad con que otros transan acciones. Hay quien todavía tiene su álbum de Historia Natural guardado en una bolsa plástica, sin doblar, como si fuera un documento oficial.
Eso es lo que hace la Jet desde 1961: convertir algo tan mundano como una chocolatina barata en un objeto con historia. En un cable que conecta generaciones sin que ninguna de las dos tenga que hacer demasiado esfuerzo.
La tableta amarilla sigue ahí, en la tienda de la esquina, al lado de los chicles y las papas. Cuesta mil pesos. Pesa poco. Y sin embargo carga con décadas de láminas, de premios, de colbón en los dedos, de tardes en familia y de nombres de países que nadie hubiera aprendido de otra manera.