Dicen que jubilarse es descansar. No siempre es así.Cuando la decisión no la toma uno, retirarse puede sentirse más bien como si, en pleno vuelo, alguien cortara de repente las alas. Después de cuarenta y cinco años dedicados al trabajo —muchos de ellos a la noble y obstinada tarea de enseñar— el vértigo del tiempo libre aparece sin aviso. Diez horas diarias de rutina, de aulas, de voces y de cuadernos, se convierten de pronto en silencio.
Caída libre.Sin botón expulsor.Sin paracaídas.Es entonces cuando surge la necesidad de reinventarse. De reiniciar el sistema. De abrir ese viejo baúl donde uno ha ido guardando, con paciencia y resignación, los proyectos que siempre quedaron para después: dedicarle más tiempo a la fotografía, regresar a la música —quizá incluso aprender a interpretarla— o sentarse, sin demasiadas pretensiones, a escribir sobre la vida. Sobre la vida vivida, que es la única que realmente conocemos: llena de recuerdos, de pequeñas historias, de momentos que esperan pacientemente convertirse en relato.
Pero incluso en ese intento aparece el enemigo silencioso: la rutina diaria. La cotidianidad, que a veces se levanta como un monstruo enorme que agita sus garras y exhala su aliento de fuego. Entonces cada día se vuelve una pequeña batalla: encontrar, en el detalle más simple —una taza, una ventana, una estufa—, una forma de resistir.O, mejor aún, una forma de mirar.Porque la mirada, cuando se entrena, descubre cosas inesperadas.
Aquí un relato
Cualquier día —uno cualquiera— me encontraba librando mis habituales batallas hogareñas: organizando esto, acomodando aquello, limpiando aquí, restregando allá. Nada extraordinario. Lo de siempre.Hasta que ocurrió.
Apareció de repente, como si alguien hubiera decidido colar una obra de arte en medio del fregadero. Una presencia oscura y profunda comenzó a dibujarse sobre el cristal. Yo, incrédulo, me quedé mirándola.Era, sin duda, una aparición.Sí, como las de la mamá de Chucho.
Ondulante, viva, dotada de una sinergia extraña. Su forma se movía con un ritmo propio, casi musical: un ir y venir en dos tiempos, interrumpido apenas por el limpio deslizar de la espuma que corría sobre el vidrio.En ese instante pensé —no sé por qué— en aquel pintor famoso, el de una sola oreja. Aquella mancha oscura tenía algo de pintura viva, algo de trazo improvisado en duotono.
Duró muy poco.Las apariciones, ya se sabe, son caprichosas.Justo cuando estaba a punto de disfrutarla un poco más, una voz atravesó la cocina como un rayo:
—¡Mijo, no pierda tanto tiempo limpiando la estufa!
Y así, sin ceremonia alguna, la obra desapareció.
Pero quedó la lección: a veces el arte aparece en los lugares más inesperados… y lo único que necesita es que alguien lo esté mirando.



