Mis estados de ánimo

Cambiar de estado de ánimo no me hace bipolar. Si acaso ciclotímica. O parchuda. Y no es que tenga enredado lo que deseo, porque no. Lo que pasa es que soy muy impaciente e intranquila. Sé a quien quiero, como y por donde.

Hay días en que amanezco con la malpa alborotada y quiero mandar todo al mismo infierno. No me soporto ni yo misma. Me miro al espejo y me regaño. No me calma ni siquiera una hora de ducha caliente que suele ser el mejor remedio para todo.

 

No seré Bukowsky, pero tengo derecho a cambiar de estado de ánimo

 

Otras veces, mi vida se llena de nostalgia. Los recuerdos me atropellan, lloro y maldigo mis errores. Leo, oro, medito, camino y vuelvo y lloro. El corazón me aprieta, las preguntas me derriban.

En algunas ocasiones soy alegre, no se crean. Amanezco recargada de energía, tal vez por mis sueños húmedos. Y otra vez a la ducha, esta vez a acariciarme. Y me encanta, porque recuerdo los detalles de las muchas veces que hicimos el amor. La felicidad me dura todo el día.

 

Cambio de ánimo como cambio de calzones. Y así voy por la vida viviendo día a día

 

La tranquilidad también toca mi puerta de vez en cuando. Siento paz en mi interior. Creo y tengo fe. Espero con paciencia el futuro, porque sé que tarde o temprano las cosas cambiarán y no me importa hacia donde sople el viento.

Tal vez muchos no me entiendan, tal vez muchos me critiquen. No importa. Me quiero bien y  eso generalmente me resulta suficiente. Estoy viva, mis contradicciones me dan el aire que necesito cada mañana y me chupan mi energía, tanto, que al final, puedo dormir.

Y así voy por la vida, deshojando margaritas, viviendo el día a día, viendo amaneceres y soñando con las noches, sintiendo como la oscuridad se convierte en madrugada, con el sol a plena intensidad o con la lluvia mojando las flores del jardín…

 

 

Flore Manfrendi

Ecléctica y bizarra. Codirectora y bloguera

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