Diana Trujillo llegó a Miami con trescientos dólares en el bolsillo y un inglés que apenas le alcanzaba para pedir direcciones. Hoy, desde las salas de control de la NASA, maneja robots que caminan por Marte como si fueran mascotas obedientes. Entre esos dos puntos hay una historia que suena a cuento de hadas, pero con callos en las manos y noches sin dormir.
La caleña nació en 1983.Creció viendo cómo sus padres se destrozaban en un divorcio eterno y cómo su mamá, que había dejado medicina por cuidarla, se las arreglaba para estirar los pesos hasta fin de mes. A los diecisiete, Diana tomó la decisión que cambiaría todo: se montó en un avión rumbo a Estados Unidos con la determinación de quien no tiene plan B.
Los primeros años fueron de esos que marcan. Mientras estudiaba inglés en Miami Dade College, limpiaba casas para poder comer. No es que lo diga con vergüenza. Al contrario, habla de esa época como quien recuerda una medalla de honor. «La dignidad del trabajo no está en lo que haces, sino en para qué lo haces», dice ahora desde su oficina en el Jet Propulsion Laboratory.
El momento que le cambió la vida llegó en una sala de espera cualquiera. Hojeando una revista, se topó con un artículo sobre mujeres astronautas. Ahí, viendo esas fotos, se le prendió el bombillo: si ellas podían tocar las estrellas, ¿por qué ella no? Se inscribió en ingeniería aeroespacial en la Universidad de Florida y luego se transferirá a Maryland, donde conocería a Brian Roberts, el mentor que la conectaría definitivamente con la NASA.
En 2007 se graduó y de una vez la NASA la fichó. Sus primeros proyectos ya mostraban de qué pasta estaba hecha. Le encargaron desarrollar una «herramienta de remoción de polvo» para el rover Curiosity —básicamente, un cepillo espacial para limpiar rocas marcianas—. Se tomó seis meses perfeccionándola, con la obsesión de quien sabe que en el espacio no hay segunda oportunidad.
De ahí para arriba todo fue meteórico. En 2014 ya era Jefa de Misión del Curiosity. Pero el momento que la catapultó al estrellato mundial llegó el 18 de febrero de 2021, cuando co-presentó en español la transmisión del aterrizaje del Perseverance en Marte. «#JuntosPerseveramos» se volvió trending topic y Google colapsó de gente buscando «mujer colombiana NASA».
No era solo traducir tecnicismos al español. Era abrir una puerta que había estado cerrada con candado para millones de latinos que por primera vez veían reflejados sus sueños en una misión espacial. Diana lo sabía porque ella había estado del otro lado, cuando el idioma era una muralla y la ciencia parecía cosa de otros.
Hoy maneja el brazo robótico del Perseverance como si fuera una extensión de su propio brazo, supervisa equipos, planifica secuencias de misión y hasta sirve como directora de vuelo. Pero quizás su trabajo más importante lo hace fuera de las naves espaciales: a través de la Brooke Owens Fellowship busca a las próximas Diana Trujillo, esas muchachas que todavía no saben que pueden llegar a Marte.
Los premios llueven: el Bruce Murray en 2017, el Cafam a la Mujer en 2021, la orden Policarpa Salavarrieta del Congreso colombiano. Cada reconocimiento es un recordatorio de que su historia trasciende la ingeniería. Es la prueba de que los sueños no entienden de fronteras, idiomas o cuentas bancarias.
«Necesito convertirme en esa mujer latina que tendrá la vida que mi madre, mi bisabuela merecían», dice Diana con esa mezcla de orgullo y responsabilidad que carga en los hombros. Su historia no es solo suya; es de todas las madres que dejaron medicina, de todos los hijos que llegaron con trescientos dólares, de todas las manos que limpiaron casas soñando con tocar las estrellas.
Desde Cali hasta Marte hay 225 millones de kilómetros. Diana Trujillo los recorrió limpiando, estudiando, construyendo y, sobre todo, creyendo que el espacio también es nuestro.