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La epidemia silenciosa

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CULTURA

Mientras el país se debate entre crisis políticas y escándalos, una epidemia avanza sin hacer ruido por nuestras cocinas y platos

La estadística es brutal, pero pasa desapercibida entre tanto ruido mediático: uno de cada dos colombianos ya tiene exceso de peso. Mientras nos entretenemos con los chismes del Congreso y las peleas de Twitter, nuestro país engorda sin pausa, sin prisa, pero sin parar.Los números no mienten, aunque prefiramos ignorarlos. En 2010, el 51.2% de los adultos entre 18 y 64 años presentaban sobrepeso u obesidad. Era solo el 45.9% en 2005. Cinco años para que cinco millones más de colombianos cruzaran esa línea invisible que separa lo saludable de lo preocupante.Y lo más desconcertante: esta no es una epidemia de pobres. Todo lo contrario.Aquí viene la paradoja que desarma todos nuestros prejuicios de clase media ilustrada. Los niños de madres con educación superior tienen una prevalencia de sobrepeso del 26.8%. Los hijos de madres sin educación, apenas el 9.4%.¿Se imaginan? Mientras más educada la mamá, más gordo el niño. Mientras más alto el estrato, más libras de más. Las ciudades engordan más que el campo, los niveles altos del SISBEN más que los bajos.Es como si el progreso viniera empacado con azúcar refinada y entregado a domicilio por Rappi.La explicación es tan simple como incómoda: tener más plata significa comer más mierda. Más acceso a comida chatarra, más deliverys, más bebidas azucaradas que vienen disfrazadas de modernidad. El campesino sigue comiendo arepa con huevo; el ejecutivo de Chapinero se clava un frappuccino de 500 calorías antes del almuerzo.

Pero si hay una población que está pagando los platos rotos de esta epidemia silenciosa, son nuestros mayores de 50. Las cifras dan vértigo: el 84.1% de las mujeres entre 50 y 64 años tiene obesidad abdominal. Ocho de cada diez. Los hombres no se quedan atrás: 60.1%.Es la generación que vivió la transición. Los que conocieron la Colombia rural y se adaptaron a la urbana. Los que cambiaron el café tinto por el café con azúcar, la panela por el azúcar refinado, la caminada al trabajo por el carro particular.Y aquí está el drama: muchos siguen comiendo como a los 30, pero queman calorías como a los 60. El cuerpo cambió, el metabolismo se ralentizó, pero el plato sigue igual de lleno. A partir de los 50, perdemos entre 3% y 8% de masa muscular por década. Es decir, cada vez tenemos menos músculo para quemar lo que comemos, pero seguimos comiendo igual.El resultado: grasa visceral acumulada en el abdomen, esa que es metabólicamente activa y altamente peligrosa. La que aumenta exponencialmente el riesgo de diabetes, enfermedades cardiovasculares y muerte prematura.

Los costos de esta epidemia son astronómicos. Entre 2015 y 2020, el sobrepeso y la obesidad en mujeres gestantes, niños y adolescentes le costaron al país 2.4 billones de pesos anuales. No es un error de tipeo: 2.4 billones.Pero el dato que más duele está escondido en los detalles: cada familia afectada gasta de su propio bolsillo, en promedio, 2.5 millones de pesos al año. Medicamentos, consultas no cubiertas por la EPS, transporte a citas médicas, cuidadores.Es la crueldad del sistema: primero te enferman con comida barata y procesada, luego te cobran caro por curarte.

Los Culpables de Siempre

El azúcar añadido es el villano principal de esta historia. La OMS lo dice sin rodeos: por cada gramo de azúcar que reduces, pierdes peso. Por cada gramo que añades, lo ganas. Así de simple, así de dramático.Las bebidas azucaradas son cocaína líquida. Una Coca-Cola tiene 35 gramos de azúcar: casi toda la cantidad diaria recomendada por la OMS en un solo trago. Y los colombianos nos tomamos esa Coca-Cola como si fuera agua.Las harinas refinadas son el segundo enemigo. Ese pan blanco, esas galletas, esa pasta que nos encanta. Le quitan todo lo bueno (fibra, vitaminas, minerales) y nos dejan solo las calorías vacías. Es comida que no alimenta, que no sacia, que genera más hambre de la que quita.Y el alcohol. Ay, el alcohol. Una cerveza regular: 150 calorías. Un whisky: 100. Una piña colada: 380. Y eso sin contar que el trago nos afloja la disciplina. Después de dos cervezas, esa hamburguesa de madrugada parece una idea genial.

Colombia reconoció la obesidad como prioridad de salud pública desde 2009. Hace 15 años. Creamos leyes, declaramos días nacionales, hicimos campañas bonitas.¿El resultado? Seguimos engordando. La razón es simple: reconocer el problema no es lo mismo que solucionarlo. Declarar algo prioritario no es lo mismo que actuar. Y mientras los políticos se toman fotos inaugurando ciclovías, los colombianos siguen tomando gaseosa con el almuerzo.Bogotá tiene 440 kilómetros de ciclovías. Hermoso. Pero de qué sirven las ciclovías si seguimos comiendo como si fueran autopistas.

La solución no es fácil, pero tampoco es imposible. México implementó un impuesto del 20% a las bebidas azucaradas y redujo su consumo. Chile puso etiquetas de advertencia en los productos procesados y cambió los hábitos de compra.En Colombia hemos discutido estas medidas en el Congreso desde 2016. Las discutimos, las debatimos, las archivamos. Y mientras tanto, seguimos engordando.La obesidad no es un problema individual de falta de voluntad. Es un problema sistémico de un país que industrializó su comida sin pensar en las consecuencias. Que cambió la arepa por el pan industrializado, el agua por la gaseosa, la caminada por el carro.Es la historia de un país que confundió progreso con procesamiento, desarrollo con delivery, modernidad con McDonald’s.

Y mientras no entendamos que el problema no está en la falta de gimnasios sino en el exceso de azúcar, seguiremos siendo un país enfermo que se cree sano, gordo que se ve normal, adicto que se siente libre.Los números están ahí, fríos e implacables. Uno de cada dos colombianos tiene exceso de peso. El 84% de las mujeres mayores de 50 años tiene obesidad abdominal. Gastamos 2.4 billones de pesos anuales en consecuencias que se pueden prevenir.

La pregunta no es si podemos darnos el lujo de actuar. La pregunta es si podemos darnos el lujo de seguir sin hacer nada.Porque mientras debatimos, el país sigue engordando. Y los únicos que celebran son los que venden la enfermedad disfrazada de placer, la adicción empaquetada como felicidad, la muerte a cuotas vendida como vida moderna.

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