Empiezo por confesar algo que debería ahorrarme problemas: Futbolatría no es un libro sobre fútbol. O sí lo es, pero de la misma manera en que Cien años de soledad es un libro sobre una familia. El fútbol está en todas las páginas, claro, pero como pretexto. Como la excusa perfecta para hablar de lo que de verdad me interesa: el amor que no resiste el desprecio, el genio que se autodestruye con elegancia, la nostalgia que llega sin avisar un domingo por la tarde mientras suena Joe Cocker.
Lo empecé sin saber muy bien lo que estaba haciendo. Eso, en mi experiencia, es buena señal.
El primer cuento que escribí fue el de Gabo. Llevaba años queriendo entender qué había pasado en esa tribuna del Romelio Martínez de Barranquilla, en junio de 1950, cuando un joven García Márquez fue al estadio a ver el debut de Heleno de Freitas y salió convertido en hincha. Él mismo lo contó, en sus propias palabras: “Resolví asistir al estadio. Era un encuentro más sonado que todos los anteriores”. Lo que me fascinó no fue el partido. Fue la frase que escribió después, esa en la que dice que toda su vida había cargado algo de lo que se ufanaba y que en esa tribuna le estorbó: el sentido del ridículo.
Eso es el fútbol. Un permiso para quitarse el sentido del ridículo.
Heleno de Freitas era un dandy, un conquistador, un tipo que salía a la cancha bañado en loción inglesa con una novela de Agatha Christie bajo el brazo. Bebía demasiado, amaba demasiado, lo perdió todo en un casino una noche. Contrajo sífilis y nunca quiso tratarse. Murió joven y arruinado. Gabo, viejo y sin memoria. Los dos, a su manera, pagaron el precio de vivir demasiado intensamente. Cuando terminé ese cuento entendí que el libro iba a ir por ahí: por los que brillan de manera insostenible.
Bukowski y George Best me parecen la misma persona en dos cuerpos distintos. Uno, poeta de Los Ángeles vía Alemania, bebedor de tiempo completo y escritor de medio tiempo. El otro, el mejor futbolista que jamás jugó para Irlanda del Norte, un tipo que ganó el Balón de Oro en 1968 y que Pelé describió como el mejor jugador que había visto en su vida. Los dos se destruyeron con la misma herramienta: el alcohol y una incapacidad congénita para ser felices en paz.
Los imaginé una noche en un bar de Memphis, en octubre de 1976, sin conocerse, con B.B. King sonando al fondo. No se habrían buscado. Pero el destino tiene ese humor oscuro de juntar a los que se parecen demasiado. La escena se escribió sola. Solo tuve que escuchar lo que cada uno tenía ganas de decirle al otro.
“En 1969 dejé las mujeres y la bebida —dice Bukowski, alzando el vaso—. Fueron los peores veinte minutos de mi vida.”
A veces uno no inventa nada. Solo acomoda las sillas.
El cuento que más me costó fue el de Manotas. No por las palabras, sino por lo que hay detrás de ellas. Es la historia de un hombre de pueblo, el mejor jugador de la región, que amanece borracho el día de la final más importante de su vida y se convierte en su propio enemigo. Le mete un autogol a los suyos. El pueblo lo desprecia. La mujer que amaba se fue a Bogotá. Y él termina en el río, como Alfonsina Storni, dejándose llevar por la corriente.
Yo conozco a ese hombre. No a ese exactamente, pero sí a varios parecidos. Hombres que cargaron el talento como si fuera una condena y que un día simplemente no pudieron más. El fútbol para ellos no fue redención sino espejo: les mostró todo lo que podían ser y todo lo que no iban a lograr ser. Eso duele de una manera muy específica.
Lo cerré con un verso de Alfonsina porque no había otra forma de cerrarlo. Algunas historias piden prestado el dolor de otros para poder decirse.
Joan Manuel Serrat y Johan Cruyff se reunieron en un café de Barcelona un jueves de abril de 1974, con lluvia catalana y todo. Lo que los unía, aparte del Barcelona, era la poesía de Miguel Hernández. Eso no lo inventé yo. Eso lo dijeron ellos, en entrevistas distintas, en años distintos. Lo que hice fue ponerlos en la misma mesa y dejarlos hablar.
Mandela y Weah se vieron en la isla de Robben, en julio de 2007, rodeados de Jimmy Carter, Peter Gabriel, Pelé y Desmond Tutu. Mandela llamó a Weah “el orgullo de África” y esas palabras, según el propio Weah, lo cambiaron todo. Nueve años después, Weah fue presidente de Liberia.
Una frase en el momento exacto puede reescribir una vida entera. Eso también es literatura.
Futbolatría tiene dieciséis cuentos. Dieciséis historias donde el balón entra y sale como un personaje secundario que cree que es el protagonista. Y tiene dieciséis podcasts, una versión en audio de cada cuento, pensada para escuchar de camino al trabajo o en esas noches en que uno no tiene energía para leer pero sí para dejarse llevar por una voz.
Es parte del sello Hook de Atardescentes, que existe para exactamente eso: para que la literatura quepa en el celular sin perder dignidad. Leer y escuchar desde donde uno está, sin necesidad de una biblioteca ni de un sofá especial. El libro de bolsillo del siglo veintiuno.
No sé si Futbolatría es un buen libro. Eso lo decide el que lo lee, o el que lo escucha. Lo que sí sé es que es honesto. Que cada uno de esos dieciséis cuentos tiene adentro algo que a mí me dolió o me alegró o me quitó el sueño una noche. Que Manotas existe de verdad en algún pueblo que prefiero no nombrar. Que Gabo sí dijo lo del sentido del ridículo. Que Bukowski y Best merecían encontrarse aunque sea en la ficción.
Y que el fútbol, como la literatura, como el blues en un bar de Memphis, no promete nada. Solo la verdad efímera de un instante. Un gol, un verso, un regate que nadie volvió a ver igual.
Con eso me alcanza.
Futbolatría es parte del sello Hook de Atardescentes. Dieciséis cuentos y dieciséis podcasts, para leer y escuchar en el celular.











