Hubo un momento —no recuerdo exactamente cuándo, pero sí recuerdo que estaba en pijama y con el segundo vaso de vino— en que decidí que ya no iba a fingir que creía en cosas en las que no creía.
Fue liberador aproximadamente cuarenta y ocho horas.Después fue simplemente solitario.Gran parte de la vida social funciona sobre la base de fingir que uno cree más de lo que cree. En las instituciones, en las relaciones, en uno mismo. La fe como protocolo de cortesía. Como ese “bien, gracias” que uno dice aunque el martes haya sido un desastre antropológico.
El problema de volverse honesta a esta edad —y cuando digo honesta no digo brutal, que eso es otra cosa, eso es cobardía con buena prensa— es que de repente uno queda sin el andamiaje. Sin las certezas prestadas que sostenían la semana. Sin el guion.
Y ahí, en ese vacío que al principio parece libertad y después parece vértigo, aparece la pregunta que nadie quiere hacerse en voz alta porque suena demasiado a adolescente con diario íntimo: ¿en qué creo, entonces?Yo tardé más de lo que me gustaría admitir en darme cuenta de que esa pregunta no era el problema. Era el comienzo.
Creer, a los cincuenta, no se parece en nada a creer a los veintiocho.A los veintiocho uno cree con todo el cuerpo, con una intensidad que confunde con profundidad. Cree en personas específicas con una fe que raya en lo litúrgico. Cree en proyectos, en relaciones, en versiones futuras de sí misma que van a ser, definitivamente, mejores. Más sabias. Más tranquilas. Más todo.A los cincuenta uno sabe que esa versión futura nunca llegó exactamente como estaba planeada. Llegó algo distinto. Más raro. Más interesante, si uno es honesta. Pero distinto.
Y entonces creer ya no es ese salto al vacío con los ojos cerrados. Es más bien un paso pequeño, consciente, tomado con los ojos bien abiertos y sabiendo perfectamente que el piso puede no estar donde uno espera.Es, en el fondo, mucho más valiente. Aunque se vea mucho menos fotogénico.
Me cuesta creer en los discursos grandes. En las narrativas redondas donde todo tiene sentido y propósito y arco dramático. La vida no tiene arco dramático. La vida tiene miércoles.
Pero he aprendido —y esto me costó años y algunas relaciones que no voy a detallar aquí— que no creer en los discursos grandes no significa no creer en nada. Significa afinar. Significa aprender a creer en cosas más pequeñas y más reales.
Creo en las conversaciones que se extienden sin que nadie mire el teléfono. Creo en la gente que dice lo que piensa sin necesitar audiencia. Creo en el humor como forma de inteligencia, como termómetro moral, como el detector más confiable de si alguien vale la pena o no. Creo en los libros que uno no puede subrayar porque cada línea merece serlo. Creo en el deseo —ese que no pide disculpas ni explica sus razones. Creo en las amigas que te dicen la verdad aunque la verdad incomode, especialmente esas.
Creo, con cierta timidez que no voy a disimular, en el amor. Pero no en el amor como se vende. En el otro. En ese que no resuelve nada sino que complica todo de una manera que, inexplicablemente, uno elige.
Lo que más trabajo me costó entender es que volver a creer no es lo mismo que volver a ser ingenua.Durante un tiempo confundí escepticismo con madurez. Pensé que descreer era una forma de inteligencia. Que la ironía permanente era sofisticación. Que estar blindada era estar bien.No. Estar blindada era estar cómoda. Que no es lo mismo.
La comodidad de no creer en nada es real. Nadie te decepciona si no esperas nada. Nadie te falla si no confías. Es un sistema perfectamente eficiente y absolutamente estéril.Yo no quiero eso. Y eso también me costó admitirlo, porque suena a vulnerabilidad, y la vulnerabilidad todavía me pone nerviosa aunque sepa perfectamente que es la única puerta de entrada a cualquier cosa que valga la pena.
Volver a creer, entonces, no fue un momento. No fue una conversación reveladora ni un viaje transformador ni nada que pudiera contarse bien en una cena.Fue más silencioso que eso. Fue decidir, en algún martes sin importancia, seguir apostando. No porque tuviera garantías. Sino porque la alternativa —esa elegancia fría de quien ya no espera nada— se me antojaba, en el fondo, un desperdicio enorme.Y a esta altura de la vida, ya no tengo tiempo para desperdiciar cosas.



