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Amor atardescente: ¿novios o esposos?

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Elena Villalba

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Hay una edad en la que uno deja de enamorarse de las posibilidades y empieza a enamorarse de las realidades.No porque haya perdido la capacidad de soñar, sino porque ya aprendió que los sueños también tienen letra pequeña.A los veinte uno se enamora de alguien y se imagina una vida. A los treinta todavía cree que tiene tiempo de sobra para corregir el rumbo. A los cuarenta comienza a entender que una pareja no se sostiene solamente con deseo, complicidad y fotografías bonitas. Y después de los cincuenta aparece una pregunta que puede resultar bastante incómoda:

¿Qué queremos hacer realmente con este amor?Porque a esta edad ya no llegamos solos a ninguna parte.Llegamos con divorcios, hijos, muertos, ex, costumbres, manías, cuentas bancarias, muebles, fotografías escondidas en cajones, heridas que a veces todavía duelen cuando llueve, domingos difíciles, amigos que conocen nuestra historia y una colección bastante respetable de errores sentimentales.Llegamos, incluso, con una vida armada.

Y quizá por eso el amor después de los cincuenta tiene una dificultad que no tenía el amor de los veinte: hay que hacerle espacio.No solamente en la cama.En la vida.Hay parejas que se quieren mucho y, sin embargo, permanecen indefinidamente en el territorio de los novios.Se aman.Se desean. Se acompañan.Viajan juntos.Duermen juntos.Se cuentan sus problemas.Se preocupan cuando el otro está enfermo.Se compran regalos.Se extrañan.Se hacen falta,pero cuando aparece la palabra compromiso, algo se descompone.

“Somos novios”.Y esa frase puede ser absolutamente legítima.No todas las parejas tengan que casarse. Ni que un papel firmado convierta a dos personas en pareja. Tampoco creo que el matrimonio sea la estación final de ningún amor,pero hay una diferencia entre no querer casarse y no querer comprometerse.Son cosas distintas.Una pareja puede no necesitar matrimonio y, sin embargo, tener un compromiso profundo.Y otra puede estar casada y vivir como dos desconocidos que comparten recibos.El problema, entonces, no es la palabra “esposos”.El problema es la palabra nosotros.

El amor atardescente tiene una particularidad: ya no estamos buscando a alguien que nos complete.A estas alturas, si algo hemos aprendido, es que nadie viene a completarnos.Venimos bastante completos.A veces demasiado.Venimos con nuestros defectos perfectamente entrenados.Con nuestras rutinas.Con nuestras obsesiones.Con nuestras pequeñas tiranías domésticas.Con esa forma insoportable de dejar el vaso donde no debe ir.Con los silencios.Con las heridas.Con la necesidad de tener la razón.Con los fantasmas de relaciones anteriores que, aunque ya no estén físicamente, siguen teniendo una habitación alquilada dentro de nosotros.

Y entonces aparece alguien.Alguien que también viene de sobrevivir.Y ocurre el milagro.Nos enamoramos.Pero enamorarse no es todavía construir una pareja.Es apenas abrir la puerta.Después viene lo difícil.Decidir si vamos a vivir juntos la vida que nos queda o solamente algunos buenos momentos de ella.Porque una cosa es compartir tiempo y otra compartir proyecto.Una cosa es dormir juntos y otra preguntarse qué hacemos si mañana uno de los dos se enferma.Una cosa es viajar juntos y otra pensar cómo queremos vivir dentro de cinco años.

Una cosa es decir “te quiero” y otra decir:“Estoy dispuesto a tenerte en cuenta cuando tome las decisiones importantes de mi vida”.Ahí empieza el compromiso.No en las promesas grandilocuentes.No en las flores.No en el “para siempre”, palabra peligrosa después de los cincuenta porque ya sabemos que la vida tiene un sentido del humor bastante particular.El compromiso aparece en cosas mucho menos románticas.En preguntar.En negociar.En ceder.En incluir.En avisar.En cuidar.En estar.En modificar alguna costumbre porque sabemos que al otro le duele.En aprender a discutir sin amenazar con desaparecer.En dejar de utilizar el pasado como arma.En entender que una pareja no puede construirse mientras cada uno conserva un pie estratégicamente ubicado en su vida anterior.Hay algo que me parece fundamental en el amor atardescente:no podemos pedirle al otro que pague las deudas emocionales de quienes estuvieron antes.Si alguien nos fue infiel, no significa que la persona que llega después tenga que demostrar durante diez años que no lo será.Si alguien nos abandonó, no significa que el nuevo amor tenga que vivir permanentemente rindiendo examen de permanencia.Si alguien nos controló, no significa que cualquier pregunta sea una amenaza.Si alguien nos hizo daño, tenemos derecho a ser prudentes.Pero la prudencia no puede convertirse en una cárcel para quien no tuvo nada que ver con nuestra historia anterior.

Porque también existe una forma bastante sofisticada de injusticia sentimental:castigar al presente por los errores del pasado.Y eso ocurre mucho después de los cincuenta.Quizás porque a esta edad tenemos más pasado que futuro.Y el pasado pesa.Hay personas que dicen:“Yo ya no vuelvo a depender de nadie”.Y lo dicen como si el amor fuera una enfermedad de la que finalmente lograron recuperarse.

Después de ciertas experiencias uno aprende a protegerse,pero una cosa es la independencia y otra la incapacidad para construir intimidad.Yo puedo vivir solo.Tú puedes vivir sola.Perfecto.Ahí tenemos una buena noticia,porque entonces, si decidimos estar juntos, no lo hacemos por necesidad.Lo hacemos por elección.Y eso me parece muchísimo más poderoso.No te necesito para sobrevivir. Te elijo para vivir.Ahí empieza, quizá, el amor adulto.

Cada uno tiene su casa.Su dinero.Sus vacaciones.Sus amigos.Sus planes.Sus problemas.Sus decisiones.Y cuando pueden, se encuentran.El living apart together,puede funcionar.De hecho, puede funcionar maravillosamente para algunas parejas.,pero también puede convertirse en una manera elegante de no mezclarse demasiado.De mantener el amor a una distancia en la que nunca llegue a interferir con la vida.Porque amar de verdad tiene una pequeña inconveniencia:interfiere.No necesariamente invade.No necesariamente controla.Pero sí modifica.Si mi vida no cambia absolutamente nada porque tú llegaste, quizá habría que preguntarse qué lugar ocupas realmente en ella.

Porque una pareja no debería ser solamente una persona con la que uno pasa buenos momentos.Debería ser alguien cuya existencia empieza a formar parte de nuestras decisiones.El compromiso no significa perder libertad.Al contrario.Puede ser la forma más adulta de ejercerla.Después de cierta edad ya no necesitamos que nadie nos diga con quién salir, dónde ir, qué hacer o a qué hora llegar,pero si elegimos una pareja, tenemos que entender que nuestras decisiones tienen consecuencias sobre otra persona.Eso es compromiso.No pedir permiso.Dar consideración.Hay una enorme diferencia.

Yo no necesito autorización para viajar,pero si tengo una pareja con la que estoy construyendo una vida, probablemente debería hablarlo.No porque me lo prohíba.Porque me importa.Y quizás ahí está una de las palabras más olvidadas del amor contemporáneo:consideración.

También hay que hablar de los hijos.Porque a esta edad casi nunca somos solamente dos.Hay hijos de matrimonios anteriores.Hay nietos.Exparejas.Familias.Amigos.Historias.Y los hijos tienen derecho a seguir siendo hijos.Pero una cosa es respetar los vínculos anteriores y otra convertirlos en una especie de frontera internacional que impide construir una nueva pareja.Los hijos no deberían decidir quién ocupa el corazón de sus padres.Tampoco deberían ser utilizados como escudo para evitar conversaciones incómodas.

Después de los cincuenta no deberíamos tener que pedir disculpas por enamorarnos.Ni por querer compañía.Ni por querer dormir abrazados.Ni por querer una casa compartida.Ni siquiera por querer casarnos.Y tampoco deberíamos tener que justificar que preferimos vivir cada uno en su casa.La libertad consiste precisamente en poder elegir.Pero elegir significa también hacerse responsable de la elección.Quizá por eso el amor atardescente debería tener una conversación que muchas parejas evitan.

Una conversación sin velas, sin vino y sin música de fondo.Una conversación bastante menos sexy.Preguntarnos:¿Qué somos?No para ponerle una etiqueta al amor.Sino para saber qué estamos construyendo.¿Somos novios?¿Somos pareja?¿Somos compañeros?¿Somos amantes?¿Somos una amistad con beneficios?¿Somos dos personas que se quieren mientras cada una conserva intacta su vida?¿O estamos construyendo una vida común?No hay una respuesta correcta.La respuesta correcta es la que los dos conocen y aceptan.

El problema comienza cuando uno cree que está construyendo una casa y el otro piensa que está alquilando una habitación por temporadas.Hay una frase que puede parecer muy romántica pero que, pensándolo bien, es bastante dura:“Yo te quiero, pero no quiero cambiar nada de mi vida”.A veces significa:“Te quiero mientras no me pidas demasiado”.Y eso puede ser perfectamente válido,pero entonces hay que decirlo,porque el amor también necesita honestidad contractual, aunque no exista contrato.

Yo te puedo querer muchísimo y no querer construir contigo.Y tú tienes derecho a saberlo.Lo que no parece justo es mantener al otro en una relación que para uno es un proyecto y para el otro apenas una experiencia agradable.Eso termina produciendo una de las formas más silenciosas de dolor:estar acompañado y sentirse solo.

No necesitamos otro amor perfecto.Necesitamos uno posible.Uno que pueda sobrevivir a nuestros malos días.A nuestras enfermedades.A nuestras familias.A nuestros silencios.A las diferencias políticas.A las cuentas.A los viajes que no salen bien.A los ronquidos.A las pequeñas decepciones.A la menopausia.A la próstata.A los medicamentos sobre la mesa de noche.A los amigos que se van.A los padres que mueren.A los hijos que se independizan.A la jubilación.A la vejez, incluso.Porque si el amor solamente funciona cuando todo está bien, no es amor de pareja.Es una buena temporada.

Hay algo más…

Para construir una pareja después de los cincuenta hay que cerrar algunas puertas.No todas.No tenemos que borrar fotografías, quemar cartas ni negar nuestra historia.El pasado no se elimina.Se acomoda.Eso es distinto.Yo no quiero una pareja sin pasado.Me parecería sospechoso.Quiero una mujer que haya vivido.Que haya amado.Que haya perdido.Que haya cometido errores.Que tenga cicatrices.Pero también quiero que sepa dónde termina lo que fue y dónde empieza lo que estamos construyendo.Nadie puede vivir simultáneamente en dos historias de amor.Puede recordar la anterior.Puede agradecerla.Puede incluso querer a personas que pertenecieron a ella.Pero para construir una nueva pareja hay que dejar de vivir emocionalmente en la casa anterior.No hace falta incendiarla.Hay que entregar las llaves.Quizás ese sea el verdadero desafío del amor atardescente.

No encontrar a alguien.Eso puede ocurrir.El verdadero desafío es hacerle espacio a alguien.Y hacer espacio significa renunciar a ciertas comodidades.A ciertas rutinas.A algunas certezas.A la fantasía de que nadie puede decirnos nada.A la idea de que nuestra vida ya está completamente terminada y solo necesitamos alguien que venga a decorarla.No.

A estas alturas no necesitamos decoración.Necesitamos construcción.Y construir implica ensuciarse las manos.Discutir sobre dónde va el sofá.Sobre quién paga qué.Sobre cuánto tiempo queremos pasar juntos.Sobre cuánto espacio necesita cada uno.Sobre qué hacemos con los hijos.Sobre las vacaciones.Sobre el dinero.Sobre el sexo.Sobre la salud. Sobre la soledad.Sobre los amigos.Sobre la familia.Sobre el futuro.Sobre la muerte.

Quizá la diferencia entre un novio y un compañero de vida aparece precisamente cuando uno puede preguntarle al otro:“¿Cómo quieres que te cuide si algún día no puedes cuidarte solo?”Eso ya no es una conversación de novios.Eso es amor con los pies en la tierra.

Entonces, ¿novios o esposos?Quizá ninguna de las dos palabras sea suficiente.Porque hay matrimonios que son solamente contratos y noviazgos que son verdaderos pactos de vida.Lo que sí sé es que una pareja atardescente no debería tener miedo de hablar del compromiso.Porque comprometerse no significa entregar la libertad.Significa elegir a alguien para compartirla.

No significa dejar de ser uno.Significa empezar a pensar, algunas veces, en plural.No significa abandonar nuestra historia.Significa dejar de permitir que nuestra historia decida por nosotros.No significa olvidar a quienes fuimos.Significa aceptar que todavía podemos convertirnos en alguien distinto.Y quizá esa sea una de las pocas ventajas de llegar hasta aquí:ya no tenemos que enamorarnos para demostrar nada.No tenemos que formar una familia porque toca.No tenemos que casarnos porque todos lo hacen.No tenemos que vivir juntos porque así manda el manual.Podemos elegir.Pero justamente porque podemos elegir, hay que hacerlo con honestidad.

Si te quiero para los domingos, dilo.Si te quiero para los viajes, dilo.Si te quiero para dormir juntos algunos días, dilo.Si quiero que seas mi compañero de vida, dilo también.Porque después de haber vivido tanto, quizá ya no deberíamos perder tiempo en relaciones que tienen miedo de llamarse por su nombre.

Y finalmente, dar de lo que se tiene, no de lo que nos sobra…

 

 

 

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