Cuando murió Willie Colón el sábado pasado, a los 75 años en algún hospital de Nueva York, Rubén Blades escribió en sus redes algo que sonó más a deuda impagada que a despedida. “Acabo de confirmar lo que me resistía a creer”, dijo. Esa frase, con todo su peso, resume cincuenta años de una historia que el mundo de la salsa nunca terminó de digerir.
Porque esto no es el obituario de Willie Colón. Es la historia de dos hombres que se encontraron en el momento exacto, hicieron juntos la obra más importante de sus vidas, y después se pasaron veinte años sin poder mirarse a la cara.
Hay que entender lo que fue Siembra en 1978 para entender la magnitud de lo que se perdió después. Jerry Masucci, el hombre que manejaba Fania Records con esa mezcla de visión y avaricia que caracteriza a los fundadores de imperios, dudó del disco. Canciones de siete minutos, letras de barrio que mencionaban muertos en la acera, nada de eso cuadraba con lo que se suponía que debía ser la salsa. Colón y Blades lo grabaron de todas formas. Pedro Navaja terminó sonando en todas las radios del continente y el disco se volvió el más vendido en la historia del género. Todavía lo es.
La fórmula era sencilla de explicar e imposible de replicar: Colón ponía el músculo, Blades ponía el intelecto. El trombón del Bronx y la pluma de Panamá. Uno construía la arquitectura sonora, el otro la habitaba con personajes que eran reales aunque fueran ficticios. Pablo Pueblo era cualquier obrero latinoamericano aplastado por un sistema que no lo veía. Y la gente lo sabía.
Lo que nadie cuenta bien es que la ruptura no fue por culpa de ellos, al menos no al principio. En 2003, los llevaron a reunirse en Puerto Rico para celebrar los veinticinco años de Siembra. El Estadio Hiram Bithorn, miles de personas, el reencuentro que los fanáticos habían estado esperando. Y en la trastienda, un desastre administrativo que convirtió esa noche en el principio del fin.
La agencia que manejaba a Blades, Martínez, Morgalo & Associates, tenía un problema: uno de los socios estaba en Irak sirviendo en el ejército, y el otro, según Blades, había usado los ingresos del concierto para pagar deudas propias. Colón recibió 68.000 dólares de los 350.000 que movió el evento y consideró eso una traición personal. No un error contable. Una traición.
Cuatro años después interpuso la demanda. El caso duró hasta 2010, cuando Colón la retiró tras llegar a un acuerdo con Morgalo —no con Blades—. El juez terminó ordenándole a Colón que le pagara a Blades cerca de diez mil dólares en costas. En 2013, la agencia fue declarada responsable y condenada a pagar 133.000 dólares que, según se reportó, nunca fueron fáciles de cobrar.La justicia, en este caso, llegó tarde y mal.
Lo que sí fue culpa de ellos fue lo que vino después. Colón eligió la confrontación pública como idioma. Redes sociales, declaraciones, el rencor convertido en espectáculo. “Mi amistad con Blades se quedó en los tribunales y ahí morirá”, dijo en 2010 con esa contundencia que siempre lo caracterizó, que era la misma que lo hacía grande en el escenario y complicado fuera de él. Blades, por su parte, optó por el silencio clínico: reconocía el talento de Colón, negaba la posibilidad de volver a trabajar con él, y punto.
En 2024, cuando la versión regrabada de Siembra ganó el Grammy al Mejor Álbum Tropical, la cosa revivió. Colón salió con un video llamando al disco un “clon” de su trabajo. Blades respondió que regrabó el álbum para recuperar los masters que estaban en manos de multinacionales después del colapso de Fania, y que como autor de las canciones tenía todo el derecho legal de hacerlo. Los dos tenían razón en algo. Los dos estaban, también, peleando por el control de una historia que ya no les pertenecía solo a ellos.
Hay una petición en Change.org, de 2019, firmada por miles de personas que pedían una gira de despedida. Colón dijo públicamente que él estaba listo. “Pregunten al otro”, añadió. Blades no respondió.Ahora ya no hay nada que preguntar.
Con la muerte de Colón el 21 de febrero, la reconciliación que los fanáticos soñaban se volvió definitivamente imposible en lo físico, y quizás eso sea lo más triste de todo esto: que la historia de Willie Colón y Rubén Blades es una de las grandes historias del siglo XX latinoamericano, y terminó sin el capítulo final que merecía. Sin el abrazo en el escenario. Sin la última canción.
Lo que queda es Siembra. Y Metiendo Mano. Y Pedro Navaja muriéndose en una esquina del Bronx que ya no existe pero que todavía suena.Eso, al menos, nadie se lo pudo quitar a nadie.
“Me gustan los juegos de palabras. En realidad más los juegos que las palabras”. Fundador de Atardescentes
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