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El arte de no encajar

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Elena Villalba

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Hay veces que por más que lo intentas, tu forma de ser, de pensar, de amar no encaja en el de nadie y antes que termines siendo una molestia o tus relaciones terminen siendo un campo de batalla diario, lo mejor es vivir la vida en solitario, que no es lo mismo que estar solo.

El español tiene la culpa de buena parte de esta confusión. A diferencia del inglés, que distingue con precisión quirúrgica entre isolation, loneliness y solitude, el castellano metió todo en una sola bolsa: “soledad”. Ahí conviven, revueltas, la reclusión forzosa de alguien que no tiene con quién hablar, la angustia del que se siente abandonado en medio de una fiesta llena de gente, y el estado sereno de quien elige su propio silencio y lo disfruta como quien disfruta un aguardiente bien servido: despacio y sin culpa. El catalán, dicho sea de paso, sí conservó la palabra “solitud” con toda su dignidad intacta. Nosotros la dejamos morir en el diccionario, empolvada, catalogada como “en desuso”.

Rescatarla no es un capricho filológico. Es, según plantea el escritor español Borja Vilaseca en su libro Ama tu soledad, la única forma de entender que el problema nunca ha sido estar solo. El problema es no saber estarlo.

La nicotina social y el mendigo emocional

Vilaseca tiene una manera brutalmente honesta de nombrar lo que casi nadie se atreve a admitir: que gran parte de la vida social contemporánea funciona como una adicción. La llama “nicotina social” y la describe como esa necesidad compulsiva de estar rodeado de gente, no por amor genuino a esa gente, sino por terror a quedarse a solas con uno mismo. El síntoma es conocido por su sigla en inglés, FOMO, ese pavor a perderse algo que obliga a llenar la agenda de planes que ni siquiera provocan ganas. Y cuando el plan se cae y el teléfono no suena, llega el “mono” relacional: esa opresión en el pecho que la persona interpreta como soledad, cuando en realidad es la evidencia de que no sabe hacerse compañía.

Este mecanismo, dice Vilaseca, se aprende temprano. Quien creció en un hogar donde el afecto llegaba a cuentagotas, o donde había que ganárselo con buen comportamiento, entra a la vida adulta convertido en lo que él llama, sin anestesia, un “mendigo emocional”: alguien que busca pareja o amistades no para compartir, sino para tapar un hueco que viene de mucho antes. Ese hueco nunca lo llena el otro. Lo llena uno mismo, el día que decide reparentalizarse, es decir, convertirse en el adulto que su niño interior nunca tuvo.

Ahí está el giro que interesa a quien ya pasó los cincuenta y descubre que su vida no calza con el molde que le vendieron: pareja estable, casa llena, nietos cada domingo. Cuando el proyecto de vida no coincide con el de nadie más —porque  no cabes en la vida de los otros—, la solitud deja de ser un accidente lamentable y se convierte en territorio propio. Y ese territorio, bien habitado, rinde frutos que la vida en manada rara vez ofrece.

Cuatro filósofos que ya lo sabían

No hace falta esperar a un libro de autoayuda para confirmar esto. Hannah Arendt, mientras pensaba en las raíces del totalitarismo, distinguió la soledad desolada —esa sensación de no tener cabida en el mundo ni siquiera consigo mismo— de la solitud fértil, ese diálogo silencioso que ella llamó “dos-en-uno”: el sujeto que se piensa, se contradice y se juzga a sí mismo sin necesidad de testigos. El teólogo Paul Tillich fue más lírico todavía: dijo que el idioma inglés supo separar la herida (loneliness) de la gloria (solitude) de estar solo, y que esa gloria es, ni más ni menos, la prueba de que cada persona es un centro irreductible del universo.

El psicoanalista Donald Winnicott aportó una idea que a más de uno le va a sonar familiar sin saberlo: la capacidad de estar solo en la adultez nace de haber podido, de niño, estar solo en presencia de la madre, sabiendo que ella estaba ahí sin invadir. Quien tuvo ese respaldo temprano puede después habitar el silencio sin que se le venga el mundo encima. Y el psiquiatra Anthony Storr remató el argumento con nombres propios: Kant, Beethoven, Newton, Wittgenstein. Ninguno vivió pegado a nadie. Todos cambiaron el curso de la civilización desde su propio rincón.

Vivir el proyecto que a nadie más le sirve

La generación atardescente tiene, en este punto, una ventaja que pocas veces se reconoce: ya no necesita pedirle permiso a nadie para diseñar una vida a su medida. Ni el reloj biológico, ni el qué dirán, ni la obligación de encajar en el plan del vecino. Se puede escribir, viajar sin itinerario ajeno, dedicar la tarde entera a una afición que a nadie más le interesa, y hacerlo sin la sensación de estar fallándole a algo o a alguien. Esa es, en el fondo, la “solosofía” de la que habla Vilaseca: el gozo consciente de desmarcarse del ruido, el JOMO frente al FOMO, la alegría de perderse lo que ya no vale la pena perseguir.

Nadie está proponiendo el retiro monástico ni la vida de ermitaño. Se trata de otra cosa: de dejar de medir el propio proyecto de vida con la regla de los demás y empezar a construirlo con las herramientas que solo la solitud entrega —introspección, silencio, pensamiento propio y creatividad—. El resultado, contra todo pronóstico, no es aislamiento. Es una persona más entera, con menos hambre emocional, capaz de relacionarse desde la abundancia y no desde la carencia.

La invitación es sencilla y directa: la próxima vez que alguien pregunte con lástima si está solo, la generación atardescente tiene el argumento y la evidencia para responder que no está sola, que se tiene a sí misma, y que ese, precisamente, es el proyecto de vida que eligió.

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