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ATARDESCENTES

El caso Pelicot

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“Me gustan los juegos de palabras. En realidad más los juegos que las palabras”. Fundador de Atardescentes

Gisèle Pelicot tenía 73 años cuando decidió que el mundo vería los videos. No los fragmentos suavizados que suelen circular en los noticieros, sino los reales, los de ella dormida —comatosa, más bien— mientras desconocidos entraban a su cuarto a hacer lo que su marido les había dado permiso de hacer. Dijo que no quería anonimato. Dijo que la vergüenza tenía que cambiar de bando, y lo dijo con esa serenidad que se parece al coraje pero que en el fondo es algo más complicado: la resolución de alguien que ya no tiene nada que perder ocultando.

Dominique Pelicot, su esposo de cincuenta años, le trituraba pastillas en la comida. Lorazepam, Temesta. Le apagaba la conciencia como quien baja un interruptor y luego publicaba en foros de internet que su mujer estaba lista. Llegaron 83 hombres. Electricistas, enfermeros, policías, un periodista, un panadero. Gente con vecinos y cumpleaños y perfiles de Facebook. Ningún monstruo con cuernos. Todos con cara de nada.

Lo descubrieron por accidente en noviembre de 2020. Dominique grabando bajo las faldas de mujeres en un supermercado de Carpentras. Cuando le revisaron los discos duros encontraron más de veinte mil archivos organizados en carpetas con nombres. El horror tenía estructura, casi tenía índice.

Gisèle se enteró de su propia historia por boca de la policía. Más de una década de matrimonio convertida en algo que ella no podía recordar porque nunca había estado consciente para vivirlo. Durante años había ido al médico quejándose de lagunas, de cansancio, de un cuerpo que no le respondía. Le dijeron que era ansiedad. Le dijeron que quizás era Alzheimer temprano. Su marido la acompañaba a las citas y les contaba a los doctores lo que ella sentía.

Cuando el juicio empezó en Aviñón, en septiembre de 2024, Gisèle pidió que las puertas estuvieran abiertas. Los abogados de los acusados protestaron. Argumentaron que ella misma saldría lastimada. Ella insistió. Y el mundo que entró a esa sala tuvo que sentarse frente a la pregunta incómoda que el caso ponía sobre la mesa: ¿cómo es posible que hombres tan ordinarios hayan hecho algo tan extraordinariamente atroz?

La defensa de casi todos ellos siguió el mismo guion: creyeron que era un juego. Creyeron que ella fingía el sueño. Creyeron que el marido tenía autoridad para consentir en nombre de su esposa. Los videos mostraban a una mujer que roncaba, inerte, con el cuerpo sin ninguna respuesta. El argumento no se sostenía ni en el papel, pero lo intentaron.

El 19 de diciembre de 2024, Dominique recibió veinte años —el máximo posible—. Los otros 47 que fueron hallados culpables de violación se llevaron entre tres y quince. Seis salieron ese mismo día porque ya habían cumplido el tiempo en prisión preventiva. Hubo quienes creyeron que eso era justicia. Hubo quienes creyeron que era un descuento inaceptable.

Diecisiete dijeron que apelarían. Dieciséis terminaron retirando el recurso. Quedó uno: Husamettin Dogan, exobrero de construcción, que llegó a Nimes en octubre de 2025 con la teoría de que él también era una víctima de Dominique. Que lo habían manipulado. Que no era un violador sino un engañado.

Gisèle volvió a pararse frente a un tribunal. Le dijo que el único estatus de víctima en esa sala era el suyo. El tribunal de Nimes le subió la condena de nueve a diez años. Fue una forma de decirle al resto: la apelación no es una puerta de atrás.

Francia reescribió sus leyes. En noviembre de 2025, el Artículo 222-22 del Código Penal incorporó por fin una definición de violación construida alrededor del consentimiento y no alrededor de la resistencia. Ya no hace falta demostrar que hubo pelea. Hace falta demostrar que hubo un sí, libre, previo, específico, revocable. El silencio no cuenta. La inconsciencia no cuenta. Llevar cincuenta años casada no cuenta.

En enero de 2026, el Código Civil fue a lo mismo pero desde otro ángulo: el matrimonio ya no implica ninguna obligación de sostener relaciones sexuales. La frase la leen ahora los notarios durante las ceremonias. Es un detalle pequeño con un peso enorme, porque durante siglos esa obligación tácita fue el argumento con el que el abuso conyugal se hacía invisible.

En febrero de 2026, Gisèle publicó sus memorias. Las tituló Un himno a la vida y las tradujo simultáneamente a 22 idiomas. No es el libro que uno esperaría de alguien que pasó por lo que ella pasó. No es solo horror. Es una mujer reconociéndose a sí misma en los pedazos que quedaron: su infancia, la madre que perdió a los nueve años, los cincuenta años que creyó conocer a un hombre que en realidad nunca existió.

Lo que más la perturba, dice, no es la maldad de Dominique sino su perfección exterior. El abuelo que todos adoraban. El marido atento. La fachada sin grietas. Ahora lo llama “el señor Pelicot” y en esa distancia hay algo que es a la vez duelo y autodefensa.

Camina por la playa, escucha música clásica, y se enamoró de nuevo, de Jean-Loup, un asistente de vuelo jubilado que llegó al final del proceso y se quedó. Dice que es posible tener varias vidas dentro de una misma vida. Que la felicidad no le pertenece solo a quien no ha sufrido.

Hay una herida que no cierra: unos veinte hombres que aparecen en los videos siguen sin ser identificados. Están en libertad. Tienen vecinos y cumpleaños y perfiles de Facebook. El caso Pelicot cerró casi todo, pero no eso.

Y está Caroline, la hija menor, que cree que su padre también la drogó a ella. Que hay fotos en esos discos duros que la muestran dormida de una manera que no tiene otra explicación. No hay condena por eso. Solo la sospecha y la foto y el infierno de no saber con certeza. Gisèle dice que el sufrimiento de su hija la destroza. Que su relación se rompió primero y se fue reconstruyendo después, ladrillo a ladrillo, en la trinchera compartida.

Hay casos que revelan algo que ya estaba ahí, quieto, esperando que alguien lo nombrara. El caso Pelicot no inventó la cultura que hizo posible que 83 hombres creyeran —o fingieran creer— que entrar al cuarto de una mujer inconsciente era aceptable. Esa cultura ya existía. Lo que hizo Gisèle fue negarse a ser enterrada junto con el secreto, pararse frente a las cámaras con nombre y apellido, y decirle a Francia entera que la vergüenza estaba en el lugar equivocado.

Funcionó. Las leyes cambiaron. El idioma legal cambió. Algo en el aire, quizás, también cambió, aunque eso es más difícil de medir.

Lo que no cambia es que ella tenía 73 años y decidió no esconderse. Y que esa decisión, tomada en silencio dentro de un despacho de abogados en Aviñón, terminó siendo una de las más ruidosas de la década.

“Me gustan los juegos de palabras. En realidad más los juegos que las palabras”. Fundador de Atardescentes

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“Me gustan los juegos de palabras. En realidad más los juegos que las palabras”. Fundador de Atardescentes