Si mi papá viviera hoy estaría perdido. No por falta de inteligencia. Al contrario. Era de esa generación capaz de arreglar una llave, cambiar una llanta, negociar una deuda, orientarse sin GPS y encontrar una dirección preguntándole a tres desconocidos y a un señor de una tienda.
Pero póngalo hoy a pedir un café con un código QR y lo perdemos.¿Dónde está la carta? Ahí, papá. ¿Dónde? En el cuadrito. ¿Cuál cuadrito? El QR. ¿Y eso se come?Y ahí arrancaría su primer conflicto con la modernidad. Porque nosotros hemos logrado algo admirable: convertir las cosas más sencillas de la vida en procesos que requieren contraseña.
Antes uno llegaba a un restaurante, pedía la carta, escogía y comía. Hoy uno saca el celular, escanea un código, acepta cookies, amplía la pantalla con dos dedos, busca dónde carajos pusieron las entradas y, cuando por fin encuentra la hamburguesa, ya perdió el apetito y 17% de batería.
Mi papá habría pedido hablar con el gerente. Y probablemente tendría razón.
Tampoco entendería el teléfono. Para él un teléfono servía para llamar. Qué concepto tan primitivo. Hoy el teléfono sirve para trabajar, pagar, ver televisión, pedir comida, enamorarse, terminar relaciones, discutir con desconocidos, guardar fotos que nunca volvemos a mirar y recibir mensajes de bancos advirtiéndonos que jamás compartamos una clave que ellos mismos nos piden tres pantallas después.
Intentaría hacer una llamada y terminaría abriendo Instagram. ¿Por qué me están saliendo videos de un señor bailando? Porque el algoritmo cree que te gusta. ¿Quién es el algoritmo? Buena pregunta, papá. Todavía no estamos del todo seguros.
Y ni hablar del banco. Mi papá iba al banco porque para eso existían los bancos. Se paraba frente a una persona, entregaba un papel y resolvía el asunto. Hoy uno intenta entrar a su propia cuenta y el banco lo trata como principal sospechoso. Usuario. Clave. Token. Código enviado al celular. Reconocimiento facial. Pregunta de seguridad. Confirme que usted no es un robot. Después de quince minutos uno ya tampoco está seguro.
Mi papá habría llegado a la sucursal indignado: ¡Mi plata está ahí y no me dejan entrar! Y un muchacho de veintidós años le habría respondido: Señor, eso solo se puede hacer por la app. Ahí se habría acabado la paz nacional.También descubriría que ya prácticamente no somos propietarios de nada. Antes compraba un disco y el disco era suyo.
Compraba una película y era suya.Compraba un programa y podía usarlo hasta que el computador muriera con dignidad. Ahora todo es suscripción. Música: mensualidad. Películas: mensualidad. Software: mensualidad. Almacenamiento: mensualidad. Dentro de poco habrá que pagar una suscripción para conservar los recuerdos. Y lo peor es que tenemos cinco plataformas para ver televisión y aun así pasamos cuarenta minutos diciendo: No hay nada que ver. Mi papá habría contemplado esa escena en silencio y habría preguntado: ¿Y entonces para qué pagan?Otra pregunta incómoda.
El carro también habría sido un problema. En su época uno se montaba, metía la llave, prendía y arrancaba. Ahora un carro parece la cabina de un avión. Pantallas. Sensores. Cámaras. Alertas. Asistentes. Botones que ya no son botones. El otro día intenté subirle el aire a uno y terminé cambiando la iluminación ambiental. Mi papá habría buscado la perilla durante veinte minutos. ¿Cómo se baja la temperatura? En la pantalla. ¿Y por qué? No sé, papá. Porque aparentemente una perilla era demasiado eficiente.
También tendría que aprender que ya no se pregunta una dirección. Eso sería casi ofensivo. Antes alguien decía: Eso queda después del puente, pasando la bomba, donde antes estaba el Ley. Y uno llegaba. Hoy sin Waze somos incapaces de encontrar la panadería que lleva quince años al lado de la casa. El GPS dice “gire a la derecha” y giramos aunque estemos viendo perfectamente que hay un lago.
La tecnología nos hizo independientes de la gente y completamente dependientes del cargador. Pero creo que lo que más lo desorientaría sería nuestra manera de comunicarnos. Mi papá conoció una época donde “jajaja” significaba que alguien se estaba riendo. Hoy puede significar cualquier cosa. “Jajaja” puede ser risa.
Puede ser incomodidad. Puede ser “no tengo nada más que decir”. Puede ser “no me vuelvas a escribir”. Y si alguien responde solamente con pulgar arriba, uno puede pasar toda la tarde intentando determinar si está bravo.
Mi papá habría llamado. Sí. Llamado. Esa práctica invasiva que hoy produce terror. Ahora antes de llamar preguntamos por WhatsApp: ¿Te puedo llamar? Una generación completa creció levantando el teléfono sin autorización previa y, milagrosamente, sobrevivimos.
Después está la inteligencia artificial. Eso sí habría sido interesante. Papá, ahora uno puede preguntarle cualquier cosa a una máquina y la máquina responde. ¿Todo? Casi todo. ¿Y piensa? Más o menos. ¿Y para qué piensan ustedes entonces?
Lo más curioso de todo es que nosotros miramos a las generaciones anteriores y pensamos que vivían en un mundo complicado porque no tenían tecnología. Y tal vez era exactamente al revés. No podían pedir comida desde el sofá, pero podían llamar directamente al restaurante. No tenían Google Maps, pero sabían dónde estaban. No tenían quinientos contactos, pero conocían a sus amigos. No tenían cinco mil fotografías, pero las que tenían las miraban.
No tenían inteligencia artificial, pero cuando algo se dañaba trataban de entender cómo funcionaba.
Tampoco quiero romantizar el pasado. Había cosas muchísimo peores. Había filas, trámites eternos, mapas imposibles, teléfonos ocupados y televisores que había que golpear para que recuperaran la señal. Pero había una cierta lógica. Un botón hacía una cosa. Un teléfono llamaba. Una llave abría. Una foto era una foto y no contenido.
Hoy tenemos herramientas extraordinarias para ahorrar tiempo y hemos conseguido estar más ocupados que nunca. Eso probablemente sería lo que más desconcertaría a mi papá. Le mostraríamos orgullosos todo lo que hemos inventado para hacer la vida más fácil y él, después de mirarnos un rato corriendo con el teléfono en la mano, intentando recordar doce contraseñas y buscando un enchufe desesperadamente, probablemente preguntaría: ¿Y ustedes están seguros de que la vida es más fácil? Y ahí sí no sabría qué contestarle.
Y pensándolo bien, tal vez mi papá no estaría tan perdido. Probablemente aprendería a escanear el QR, usaría Waze, terminaría mandando audios por WhatsApp y hasta descubriría para qué sirve la inteligencia artificial. El problema es que llevo todo este artículo usándolo de excusa para quejarme de cosas que, en realidad, me molestan a mí. Porque quizá el señor que no quiere descargar otra aplicación, que extraña las perillas, que no entiende por qué hay que pedir permiso antes de llamar y que todavía quisiera pagar un café sin entregar sus datos personales… ya no es mi papá. Soy yo.



