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Entre mucho y demasiado

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Mauricio Liévano

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DISLATTES

Ese sábado me pasé la rasuradora por la cabeza porque creía que solamente me iba a encontrar con Emilio y Cleo, los gatos de Manuela. Sin embargo, la vida me tenía preparado otros planes. Como casi siempre. La había conocido hacía muy poco en Facebook y habíamos hablado dos o tres bobadas. De la nada, me escribió que qué planes tenía, que estaba desparchada, que si almuerzo tarde o un café.

Dije que sí al café, que es la propuesta más sobrevalorada del mundo. Se usa para una cita en Bumble, para firmar un acuerdo programático, para una cita de negocios. Para todo sirve. Quedamos de vernos a las cuatro en un nuevo Juan Valdez.

Caí en cuenta que mi cabeza estaba más calva que de costumbre y un sudor frío recorrió mi espalda como en mis días de colegio cuando iba un día después de haberme peluqueado. Ni modo. Hace rato acepté que los calvos no somos más que un punto de referencia en una fila. Una cachucha, unas gafas cool, mis tenis, mis miedos, mis ganas de volver al juego. De volver al fuego. Emilio y Cleo ni se dieron cuenta cuando me fui. Me gustan los gatos que callan porque están como ausentes.

Salí con tiempo. Estaba cerca. Tenía un tensionadito bacano como decía René Higuita. Llegué antes. Busqué un sitio donde pudiera ver la puerta. Había visto dos o tres fotos nada más. A los cinco minutos la vi por la ventana. No es que fuera otra pero tampoco una gota de agua. Era bella. Elegante. Apenas me vio, sonrío. Nos dimos un abrazo afectuoso. Nos miramos. En realidad, pareció más bien un escaneo rápido pero profundo. Era una mujer bella. Una mochila grande. Un reloj dorado gritando su finura en la muñeca izquierda y un anillo colorido en su mano derecha. Sus uñas cuidadas. Una sonrisa maravillosa inundó todo el lugar. Me habían dicho que era una mujer alternativa, pero el alterno resulté ser yo. Al mirar sus ojos me gustaron alternativamente entre mucho y demasiado. O tal vez fue su mirada.Pidió un tinto frío- sin azúcar por favor- y yo un granizado.

Hablamos de todo y de nada. Nos reímos, nos contamos media vida mientras ella me ojeaba con mirada penetrante. Tal vez no la vi pestañear. O sí. Es raro en este mundo que nadie sostiene la mirada. O tal vez un hechizo. O ambos. Un perro alcanzó a sacarla de quicio. Volvió a sonreír. O a hechizar. O ambos. Si alguien nos viera- y nos vieron- pensarían que no queríamos que el momento se acabara, pero se acabó el pan de doscientos y la Kiss de limón, como no se iba a acabar ese café.

La acompañé hasta el parqueadero y nos dimos un beso en la mejilla y un abrazo afectuoso. Quedamos de volver a hablar, pero me quedó la sensación que para que eso pasara yo tendría que pedalear bastante. Lo que no quería. Lo que no debía. Quizá algunas historias avanzan solas mientras uno duerme. Quizá otras se quedan para siempre sentadas en una mesa, tomando un café que nunca termina de enfriarse.

No se si me pasó o simplemente quiero que me pase.

En todos estos cuentos suelo ser el tipo bueno, el yerno que todos quieren, una amiga más, pero a veces quisiera ser el malo, el hombre que llega con cicatrices en vez de explicaciones. Alguien capaz de despertar curiosidad antes que confianza, aquel que tiene alguna historia oculta que contar, aquel al que esa mujer le diga, arráncame la ropa.Y, sin embargo, mientras pensaba en todo eso, empecé a sospechar que tal vez las cosas importantes ocurren precisamente cuando uno deja de forzarlas.

Volví a casa. Emilio y Cleo tampoco se dieron cuenta de que había llegado. O tal vez sí.Los gatos saben cosas que jamás cuentan.Y mientras ellos fingían dormir sobre el sofá, yo me quedé pensando en aquella mujer, en su mirada, en su sonrisa, en la forma en que el tiempo se había doblado durante tres horas y media.

Pensé que quizá volvería a verla. Pensé que quizá no.Y entre esas dos posibilidades, tan parecidas y tan distintas, pasó la noche.

 

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