Cincuenta y ocho años después, la revuelta más romántica del siglo XX sigue siendo una paradoja incómoda: la izquierda puso el cuerpo, el mercado cobró la factura. Un movimiento que alcanzó a tocar a muchos atardescentes que de niños oyeron hablar de él. Hay una foto que resume bastante bien lo que fue el Mayo del 68: miles de jóvenes de negro y gris, puño en alto frente a la fábrica Renault de Boulogne-Billancourt, cantando La Internacional del otro lado de una reja de hierro que nadie abrió. Los obreros adentro. Los estudiantes afuera. La canción, compartida. La conversación, nunca.
Eso fue el 16 de mayo de 1968 en París. Y en esa imagen cabe casi toda la tragedia de aquella primavera que cambió el mundo, aunque no exactamente como sus protagonistas pretendían.
Francia llevaba una década creciendo sin pausa —los llamados Trente Glorieuses, treinta años gloriosos de expansión que llenaron los hogares de electrodomésticos y vaciaron las mentes de preguntas. Pero debajo del brillo del progreso había grietas: medio millón de desocupados, dos millones de trabajadores arañando el salario mínimo, y una universidad que había triplicado su matrícula en diez años sin cambiar un solo método pedagógico. El auditorio superpoblado como metáfora de todo.”No había Estado”, declaró Mitterrand el 28 de mayo. Tenía razón. Lo que no calculó es que De Gaulle iba a recuperarlo en cuarenta y ocho horas.
El detonador fue Nanterre, un campus de hormigón en las afueras de París, rodeado de bidonvilles —esas barriadas de chapas y cartón que nadie quería ver. Ahí estudiaba Daniel Cohn-Bendit, a quien llamaban “el Rojo” con algo de miedo y mucho de fascinación, y ahí empezó a gestarse lo que el sociólogo Raymond Aron llamaría, con su arrogancia habitual, un simple “psicodrama”. Aron era inteligente. Pero se equivocó en lo importante.
El 10 de mayo, la llamada Noche de las Barricadas convirtió el Barrio Latino en un campo de batalla. Las Compañías Republicanas de Seguridad —las temidas CRS— cargaron con una brutalidad que horrorizó a la opinión pública. Tres días después, nueve millones de trabajadores cruzaron los brazos. El país se detuvo. En Nantes, los comités de huelga tomaron el control de los precios en las tiendas, cortaron accesos y distribuyeron alimentos bajo su propia autoridad. Por unos días, alguien intentó que otra cosa fuera posible.
El gobierno negoció. Los Acuerdos de Grenelle prometieron un aumento del 35% al salario mínimo. Las asambleas obreras los rechazaron. Querían más que dinero, o quizás no sabían exactamente qué querían. Esa ambigüedad fue su fortaleza en las barricadas y su debilidad en la política.
El capitalismo asimiló la consigna de la autonomía individual, le quitó la solidaridad y la puso a producir.De Gaulle desapareció de París el 29 de mayo. Voló a Baden-Baden, donde las tropas francesas seguían estacionadas en Alemania Occidental, para asegurarse de que el ejército estaba con él. Regresó al día siguiente, disolvió la Asamblea Nacional y prometió defender la república frente a la “dictadura”. Funcionó. La “mayoría silenciosa” salió a la calle en su apoyo. En junio, los gaullistas ganaron las elecciones con una mayoría aplastante. El Partido Comunista pasó de 73 a 34 diputados. La izquierda quedó pulverizada en las urnas por la misma gente que unas semanas antes simpatizaba —según las encuestas— con los estudiantes.
Ahí comienza la paradoja que más incomoda. El pensador Régis Debray lo formuló sin anestesia: Mayo del 68 no fue un peligro para el capitalismo, fue su aliado involuntario. Las barricadas destruyeron las viejas trabas culturales —el padre autoritario, la Iglesia, la familia como institución cerrada— que frenaban el consumo. Al dinamitar ese conservadurismo, la generación del 68 abrió la puerta al mercado para que colonizara hasta los rincones más íntimos de la existencia. “Gozar sin trabas” terminó siendo el slogan de una tarjeta de crédito.
El filósofo Luc Ferry fue aún más severo: los intelectuales de referencia del movimiento —Foucault, Deleuze, Derrida— celebraban la “muerte del sujeto” mientras los manifestantes gritaban consignas profundamente humanistas. Esa contradicción dejó a la izquierda sin piso filosófico justo cuando más lo necesitaba.
Los protagonistas de aquellas semanas tomaron caminos muy distintos. Cohn-Bendit, expulsado de Francia en el 68, terminó como eurodiputado verde y en 2020 apoyó la transición ecológica de Macron —el mismo sistema que alguna vez quiso tumbar. Alain Geismar, que cofundó un movimiento maoísta y fue a la cárcel, terminó como Inspector General de Educación bajo los socialistas. Serge July fundó Libération con Sartre y lo convirtió en un diario comercial moderno. Benny Lévy, el dirigente maoísta que vivió en la clandestinidad, murió en Jerusalén estudiando la Torá.
La trayectoria más brutal la tuvo el movimiento mismo. Sus consignas sobre la autonomía individual, la creatividad y el rechazo al trabajo alienante fueron absorbidas por el capitalismo en los años setenta, cuando las empresas necesitaban justificar la flexibilización laboral. La retórica del emprendedor, la cultura del coaching motivacional, la obsesión con la “realización personal” en el trabajo: todo eso tiene ADN del 68, pero reescrito por el mercado para sus propios fines. El trabajador “libre” que negocia sus condiciones individualmente es, en buena medida, el hijo bastardo de aquellas barricadas.
Sus consignas sobre la autonomía y la creatividad fueron absorbidas por el capitalismo. El trabajador “libre” que negocia solo sus condiciones es, en buena medida, el hijo bastardo de aquellas barricadas.Y sin embargo. Hay reformas concretas que no existirían sin ese mayo. La Ley Faure reorganizó la universidad francesa y le dio voz a los estudiantes en los consejos de administración. En 1975, Simone Veil logró legalizar el aborto en Francia, una conquista que el movimiento feminista nacido al calor del 68 reclamaba desde las asambleas. La mayoría de edad bajó a 18 años. Nacieron cientos de radios libres.
El Mayo del 68, visto desde 2026, resulta ser exactamente lo que fue: una revolución que fracasó en lo que se propuso y triunfó en lo que no esperaba. No cambió el modo de producción. Sí cambió la moral, las costumbres, la forma en que los franceses —y buena parte del mundo occidental— se relacionan con la autoridad, el cuerpo, la sexualidad, la educación.Aron lo llamó psicodrama. Quizás lo fue. Pero los psicodramas también tienen consecuencias reales. Y a veces las consecuencias duran más que las certezas de loque se creyeron demasiado inteligentes para tomárselos en serio.












