Todos mis afueras, tienen mis adentros. Y es que lo que veo, lo que pienso, lo que digo, lo que amo, lo que deseo, lo que siento, lo que callo, lo que imagino, lo que temo, lo que recuerdo, lo que invento y lo que sueño, termina asomándose por alguna rendija del mundo. Porque mis afueras, al final, no son otra cosa que la larga lista de mis adentros buscando forma.
Nada de lo que pasa en mis afueras viene desde lejos, nace dentro de mí, desde mi aljibe más profundo o desde mis pensamientos más panditos. Desde mis miedos y mis rotos, desde lo que creo y lo que no, desde lo que sé y lo que ignoro, desde lo que tengo o me hace falta, desde mis rabias y también mis alegrías. Mi todo, mi nada, siempre es nada, siempre es todo porque un poco como decía Gonzalo Arango, “todo es mío en el sentido en que nada me pertenece”.
De lo de afuera, nada es mío, sólo pasa ante mis ojos, desfila, se ofrece bamboleante, sexy, sugestivo, atractivo, fascinante, sensual, coqueto, para que yo lo tome o lo deje pasar, lo haga mío o me importe poco, para que lo mire, lo dude, lo imagine, lo nombre, lo roce apenas o lo deje seguir su camino, como tantas cosas que cruzan la vida sin quedarse, esperando apenas un gesto mío para volverse historia o simple paisaje, tragedia o euforia, orgasmo o decepción.
Nada de lo que pasa en mis afueras es bueno, nada es malo. No tiene color ni forma, tal vez, ni tiempo ni espacio. No llega a joderme la existencia. Ni a alegrarla. Ni a quedarse ni a largarse. Ni las personas. Ni las cosas. Lo bonito o lo feo, el amor o el dolor, la lágrima o la risa, lo interesante o lo aburrido, lo que dure en mí y también la forma en que se queda o la manera en que se van. Cuándo, cómo, dónde, por dónde, quién y qué, incluso los porqués, todo lo pertenece a mis adentros, que no son más que los afueras que he tomado para mí. Cada cosa que aparece —una palabra, una sombra, una nostalgia, una persona que llega sin avisar— termina siendo una pequeña pista de mí mismo cuando estoy a punto de extraviarme. Lo de afuera me seduce, me cautiva, me absorbe, me atolondra a partir de otros afueras que me han seducido, cautivado, absorbido y atolondrado previamente.
Afuera el mundo fluye, desfila, discurre y marcha, pero en realidad todo pasa dentro para hacerlo a imagen y semejanza de mis sueños, de mis deseos. No lo necesito perfecto. Tal vez que sea un simple barquito de papel o tan solo un pequeño refugio donde pueda sonreír de vez en cuando adentro, aunque el afuera siga pasando cada día.…